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Full text of "Lo que sé por mi (confesiones del siglo)"

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in 2010 with funding from 

University of Toronto 



http://www.archive.org/details/loquespormicon05carr 



LO QUE SE POR MI 



SERIE QUINTA 



CONTIENE CONVERSACIONES DEL CABALLERO 
AUDAZ CON PASTORA LA APASIONADA, LINARES 
RIVAS, MARÍA GÁMEZ, JOSÉ FRANCÉS, LOS CU- 
RAS POBRES, EDUARDO MARQUINA, LOS REME- 
ROS VASCOS, ERNESTO VILCHES, EL MAESTRO 
MORERA, EL DEMONIO EN MONTSERRAT, EDUAR- 
DO ZAMACOIS, LA GUERRA VISTA POR NUESTROS 
ESTRATEGAS (UN GENERAL INCÓGNITO), POMPE- 
YO GENER, PETIT SOU, EL CONDE DE GÜELL, LA 
ARTISTA DE LA MACARENA , EL MAESTRO 
SERRANO, EL CABALLERO DEL SOMBRERO DE 
PAJA, LA ESCUELA DEL HOGAR, IGNACIO IGLE- 

: : : : sias, vigente pastor. : : : : 





K 7 





1 



LO OUE SÉ POR Mí 





EL- CABALLERO -AUDAZ 
r Tose K\ttC\5 Cíxx'^'e.ttto" 

LO QUE 5É POR MÍ 

( Coníesioneá del Jiglo ) 
Sene quinfa. 




n^ t)(pl 



1 • M ^ '^i'b 

EDITORIAL- MUNDO-IATINO 
• MADRID • 






ES PROPIEDAD 

COPYRIGHT, 1922, 
BY JOSÉ MARÍA CARRETERO 



Típ. YagUes— Doctor Fourquet, 4.— Madrid.— Teléfono 30-76 M. 



PARA MI ENTRAÑABLE AMIGO 

FERNANDO MELGAREJO, 

El Caballiro Audaz. 




—Sentémonos, Pastora, sentémonos aquí. 

Pastora fué a dar la luz eléctrica. Por un 
momento lució la lámpara , de colgantes de 
cristal, y luimos escandalosamente inundados 
de luz rojiza, que molestaba a los ojos y qui- 
taba libertad a la expresión y los m_ovi- 
mientos. 

—Aun me parece que hay suficiente luz del 
día— indiqué yo. 

— Ah, ¿sí?— exclamó la artista, y automáti- 
camente volvió a apagar la lám-para eléc- 
trica. 

Moría la tarde; pero por el mirador, que cae 
sobre la calle de Alberto Aguilera, entraba to- 
davía una luz dulce, un poco boreada y como 
tamizada por un stot anaranjado. Con la ayu- 
da de ella se podía aún leer perfectamente, y 
hasta un pintor hubiese recogido con su paleta 



EL €.ABALLERO AUDAZ 

el tono verde de los bellos y extraños ojos de 
la ifentil artista gitana. 

—Mejor así— afirmé yo complacido—. Esta 
media luz tiene un encanto insustituible... Es 
la media luz del pecado, pero también lo es de 
las grandes sinceridades. . . Con ella las almas 
se sienten más expansivas, con más libertad, 
porque se creen solas..,, sin el estorbo y las 
miserias de los cuerpos . 

—Lleva usted mucha razón— asintió Pasto- 
ra—; se ve que usted también siente el arte. 

Y la «estrella» se expresaba con un delicioso 
acento andaluz que, cual una música escucha- 
da allá, traía a nuestra imaginación los patios 
sevillanos y las mos/Zas de Triana. Cerrando 
los ojos y oyéndola hablar, me sentía dentro 
del hotel que en la Alameda de Hércules tienen 
los Gallos^ y donde el cronista tuvo el gusto 
de pasar una feria . 

No exagero nada, lector, al decirte que la 
charla de Pastora Imperio suena a. guitarra y 
huele a jazmines, claveles y manzanilla. 

Y nos dejamos caer sobre un mullido diván 
turco cubierto con una magnífica piel y rocia- 
do de ricos almohadones bordados que había 
en un ángulo del gabinete. Al lado, el piano; 
sobre él, figulinas y retratos: María K®usne- 
zoff, Leopoldo Mazas, Peñalver y Pastora. 



LO Q U ñ SE POP M i 

Frente a nosotros, en el corredor— ele}?ante 
en su sencillez—, conversaban entre risas y 
alegrías la familia de Pastora— las bellísimas 
María y Gabriela, cuñada y prima de la artis- 
ta, y su hermano Víctor— con sus buenos ami- 
gos el novelista de moda Antonio de Hoyos, el 
conde de las Mazas y Pepe Campúa. 

Sobre la mesa del comedor había chatos de 
jerez, polvorones de Sevilla, claveles revento- 
nes. Y un detalle curioso: de la pared pendía 
un hermoso cartel anunciando la feria sevilla- 
na. La pintura representaba a Joselito el Gallo 
en el momento de ejecutar un magnífico pase. 

Pastora estaba un poquito inquieta. ¿Qué 
iría yo a decir de ella? Y la pobrecita me mira- 
ba lealmente, con esa expresión suya un poco 
dolorosa de mujer apasionada y buena, cuyo 
corazón se quedó hechizado para siempre de 
un amor quimérico. 

—Bien, Pastora; yo no pretendo arrancarle 
a usted juicios mortificantes sobre la compa- 
ñera Fulana. Usted es una artista tan graade 
y tan interesante, que no es preciso, para que 
una información de usted sea leída, descender 
a los sumideros del chismorreo. Vamos a ha- 
blar de su vida. Usted me va a contar... 

Pastora me interrumpió: 

—Yo, lo que usted quiera. 



EL CABALLERO AUDAZ 

—¿En dónde nació usted, en Sevilla? 

--En el mismito barrio de la Alfalfa y en la 
mismita casa del E.^ partero. 

—¿Su padre?... 

— ¡Uy!... Mi padie era un sastre muy cono- 
cido que hacía ropa a los toreros. Ctichares no 
vistió más trajes que los que le hizo mi padre. 
También Reverte y Bienvenida. ¡Qué sé yo 
cuántos! Pues no me acuerdo bien, porque yo 
era entonces muy chiquitilla. 

—Y Rafael, ¿se hacía allí también ropa? 

Pastora se estremeció, entornó los ojos y 
suspiró leve, imperceptiblemente: 

—Sí, también; de pequeñito, recuerdo haber- 
lo visto. 

Hizo una pausa muy corta. Después, ella 
prosiguió: 

—Mi madre era La Mejorana, la mejor ar- 
tista de baile flamenco que pisó los tablaos, la 
que ha movido los brazos con más salero en el 
mundo. De ella nació todo el baile flamenco. 
Ella ha sido el tronco, y de él nació este tron- 
quillo, que, bueno o malo, está muy conforme, 
porque con ser hija de ella ya tengo bastante, 

Y la artista se expresaba en un andaluz muy 
pintoresco y muy cerrado, que mi pluma no 
sabe recoger; 

—Estábamos allí muy requetebién; pero nos 

10 



LO Q U B SE PON M I 

tuvimos que venir a los Madriles, porque mi 
papá se puso enfermo. Y aquí, amigo mío, em- 
pezamos bien; pero qué sé yo lo que pasó des- 
pués, y comenzamos a pasar privaciones y fa 
tiítas. 

—¿Qué edad tenía usted entonces? 

—Once años tenía yo, y vivíamos en la calle 
de la Aduana, encima de la academia de baile 
de Isabel Santos. jY ahí empezó el queso! Yo, 
desde que me di cuenta de que arriba se mo- 
vían los piíiyclcs y se tocaban los palillos, no 
vivía ni dejaba tranquilo a nadie. Si estaba 
fregando la escalera y oía bailar, dejaba la ro- 
dilla y me ponía a dar saltos sobre un escalón. 
Un día se me prendieron fuego las ropas, por- 
que iba por el pasillo de mi casa con el quin- 
qué de petróleo entre las manos y, al escuctiar 
arriba un bolero, me puse a dar saltos con el 
quinqué y todo, y, claro, me quemé. En fin: 
una fiebre, una locura. 

—Y sus padres de usted, ¿qué decían de es- 
tas aficiones? 

—Pues mi padre decía que me iba a romper 
una pierna para que no saltara tanto. 

Reímos. 

— ¿Pero a usted no la inquietaba esta ame- 
naza? 

— ¡Quiá! ¡Si yo estaba loquita! Verá usted: un 

11 



B L CABALLERO AUDAZ 

día, fregando la escalera, lle^ó un señor y me 
preguntó por la academia de baile, y como se 
conoce que le chocaron mis maneras y este de- 
jillo andaluz, se paró a hablar conmigo. Me 
dijo que era don José Fernández, amo de un 
teatro que se llamaba Japonés, y donde las 
mocitas bailaban mucho. Yo aproveché la oca- 
sión y, con el achaque de acompañar al caba- 
llero, me colé en la academia. ¡Ay mi madre 
de mi alma! Aquel día nació en mi imaginación 
la idea de ser artista. Me volví loca del todo. 
Un día, al poco tiempo de esto, hubo un bau- 
tizo en la casa, y se acordaron de la pobre chi- 
quilla del sastre. Ya en la fiesta, no sé quién 
me instó para que bailara. Yo, ni corta ni pe- 
rezosa, bailé unas sevillanas, y dejé tonta a la 
maestra. «Pero, chiquilla, ¿cómo haces eso?», 
recuerdo que me preguntaba. Y yo no sa- 
bía responder, pues jamás nadie me había en- 
señado a dar un paso de baile, y lo hacía sin 
método, por intuición. En mi casa seguíamos 
pasando las (üicas, y entonces un día yo me 
planté y le dije a mi pobre madre: «Ea, aquí 
se acabaron las privaciones; desde hoy yo me 
encargo de sostener mi casa.» Tuvimos que 
convencer a mi padre; le habló la maestra de 
baile, y al fin me uní a una muchacha que se 
llamaba María, y formamos una pareja de bai- 

12 



LO QUE S ñ POR MI 

le que Saint-Aubin bautizó con el nombre de 
La£ hermanas Imperio, y debutamos en el Ja- 
ponés. 

—¿Qué sueldo le daban a usted? 

—Cincuenta realitos diarios. 

—No estaba mal— comenté. 

—Sí; pero duró muy poco, porque al segundo 
día, Liniers, que era entonces gobernador d* 
Madrid, nos suspendió por no contar yo más 
que catorce años, y me tuvo que estar pasando 
por espacio de algún tiempo treinta reales dia- 
rios. Hasta que al fin se le ablandó el corazón, 
y en vista de que yo, con mi trabajo, no hacía 
mal a nadie, sino al contrario, mantenía mi 
casa, me autorizaron para trabajar. En el Ja- 
ponés estuve unos meses, hasta que me mar- 
ché a Actualidades porque me ofrecieron tres 
duros. Lo demás ya lo sabe todo el mundo; 
pero esto que 3'o acabo de contarle es la pura 
verdad. 

—¿Entonces, usted, desde bien pequefíita 
supo ganarse el dinero? 

—Como que no le debo a nadie ni un par de 
botas. 

—Pastora— me permití yo objetar—, se olvi- 
da usted del tiempo que estuvo casada. 

—No me dio tiempo para romper las que lle- 
vaba puestas— me contestó rápida. 

13 



n L CABALLERO A II D A Z 

Y se quedó un poco Liisle. 
-Y después, ¿cuál ha sido el mayor s:ueldo 
que ha cobrado usted? 
—Mil doscientas pesetas por noche. 
—¿Aquí? 

—No; en América. 

Hizo un silencio, y después, con deleite, pro- 
siguió: 

—Yo soy la artista que más dmero ha ga- 
nado. 
—¿Cuánto? 

-¡Qué sé yo! Mucho dinero. Gasto enorme- 
mente, porque tengo cuatro casas que soste- 
ner Yo soy modesta; pero lo que más me gus- 
ta en la vida es tener un coche que me lleve 
de aquí para allá, no* andar con las patitas, 
que ya trabajan bastante las pobres. 
-¿Cuánto dinero tiene usted ahorrado. 
-Unas seiscientas mil pesetas en papel del 
Fstado. A mí me gusta muy poco ahorrar, por- 
que parece que ya está una anciana. Estas 
seiscientas mil pesetas pienso gastármelas den- 
tro de unos días para que los pobres no se ol- 
viden de esta artista con tanta suerte y de esta 
mujer tan desgraciada. 
— ;En qué? ^ , 

-Es un proyecto que estoy llevando a cabo. 
Verá usted: Me regalan unos terrenos en Cha- 

14 



LO Q U ñ S B POR Mí 

mailuí de la Rosa, y yo mandü edilicaí por mi 
cuenta un refugio que lleve mi nombre, para 
recoger en él a los pobres viejos. Son los que 
me inspiran más pena. Y antes de morirme de 
lástima quiero hacer algo para remediar estas 
miserias. Me da mucha tristeza ir en estas no- 
ches de hielo dentro de mi automóvil y ver a 
esos infelices rociados por los portales y abri- 
gados con papeles. 

—Pero, Pastora, ¿entonces se va usted a que- 
dar sin un céntimo? 

—¿Y qué importa? Mientras el público vaya 
a verme ganaré veinte mil duros al año, y 
cuando esté viejecilla sentaré plaza de herma- 
na de la caridad en mi refugio. 

Y como me viera reír, exclamó suspirando: 

—¡Si viera usted, Caballero Andas, que otras 
cosas habrá más imposibles que el que yo in- 
grese en un convento! Le juro que a mí no me 
importaba nada dejarle mañana a mi familia 
cuartos bastantes para vivir, y pasar del esce- 
nario al claustro y de allí no volver a salir ja- 
más. Después de todo, lo mismo me da andar 
por el mundo que no. Estoy como si fuese 
de mármol y con máquina. Trabajo para ol- 
vidar; 

—¿Y lo consigue usted? 

—¡Qué sé yo! 

15 



EL CABALLERO AUDAZ 

Y los bellos ojos de Pastora comenzaron a 
brillar intensamente. 

— ¡Pobre Pastora!- murmuré yo—. Sigue us- 
ted enamorada. Usted no es una mujer: es la 
huella de un pasado. 

La artista quiso disimular, y exclamó: 

—Lo que es yo enamorada, después de los 
despueses. . . ¡Vamos, usted está peor! 

— ¡Ah! Luego entonces, ¿ya no se acuerda 
usted para nada de Rafael? 

—Todo lo que se acuerda él de mí, me acuer- 
do yo de él. Aquello pasó como una borrasca. 
Todo en esta vida pasa. Ya ve usted: se muere 
la madre de uno y se puede vivir después. Ra- 
fael y yo estamos así más tranquilos; yo sólo 
le pido al Cristo del Gran Poder que jamás le 
pase nada y que le viva mucho tiempo su ma- 
dre para tranquilidad suya. Y como yo tengo 
mucha influencia en el cielo, a fuerza de ha- 
blar todas las noches con los santos, segura 
estoy de que su madre le durará tanto como 
dure la mía. 

Las últimas palabras de Pastora fueron di- 
chas con una intención que yo no pude com- 
prender. Ahí quedan. 

— Y dígame, Pastora: Usted, ¿está segurada 
que Rafael y usted no volverán a unirse jamás? 

—Segurísima. Es muy triste, muy triste, pen- 

16 



L O QUE 3 B POR Mí 

sarlo; pero él morirá lejos de mí o yo moriré 
lejos de él. Juntos, jamás. 

Y la apasionada artista rompió a llorar en 
silencio. Con su pañuelo de encajes, perfuma- 
do con ámbar, recogía las lágrimas y acallaba 
los sollozos para que no se enterase su herma- 
no Víctor. 

—¿Algún hombre le habló a usted de amor 
en estos cinco años que lleva usted rodando 
por el mundo? 

—Nunca. Parece mentira; pero se lo juro a 
usted. Ochenta amigos tengo alrededor mío; 
pues jamás ninguno de ellos me habló de amor. 
De eso sí que no puedo presumir. .Se conoce 
que «huelo a honrada» desde lejos. Y hacen 
bien, porque nosotros, los gitanos, no amamos 
más que una vez. Entregarse a una persona es 
un acto de iglesia; si uno se equivoca, como 
me he equivocado yo, no queda más camino que 
secarse de pena. 

—Vamos a ver, Pastora: ¿Y si yo, algún día, 
le trajese a usted a Rafael? 

Rió amargamente. 

—Puede que le matáramos a usted entre los 
dos. Se armaba una que ni la guerra europea. 
Mire usted: veintisiete años tengo; si ciento me 
quedaran de vida, los viviría sin cruzar la pa- 
labra con ese hombre, por el cual me escapé de 

2-v 17 



EL CABALLERO AUDAZ 

mi casa, que es lo más grande que puede hacer 
una mujer buena. 

En el comedor reían. Los muebles iban per- 
diendo el detalle de sus perfiles en las tinie- 
blas. 

Yo le pregunté: 

— Y de esas infelices artistas que la comba- 
ten, ¿qué me dice usted? 

—¿Qué le he de decir? ¡Que lo que ellas quie- 
ranl Yo, a todas estas cosas que tan poca im- 
portancia tienen para mi vida, contesto con 
este cantar: 

Yo soy de otro pueblo; 
no conozco a nadie; 
la persona que me haga algo bueno, 
que Dios se lo pague. 

Y la genial, la adorada, la romántica artista, 
seguía llorando . 
¡¡Pobre Pastora!! 



18 




El insigfne dramaturg-o no se había dado 
cuenta de nuestra presencia en su despacho, y 
continuaba muy ensimismado en el diálogo de 
una nueva obra. Antes de escribir, redondeaba 
la oración en alta voz... Al fin alzó los ojos, y 
al vernos de pie ante la mesa, tuvo un momen- 
to de confusión. 

—¡Señores!... No me había dado cuenta— ex- 
clamó, al mismo tiempo que afablemente nos 
tendía su mano. 

Después tomó asiento en una silla al lado 
nuestro, y con la mano derecha puesta en el 
oído en disposición de recoger nuestra conver- 
sación, y con los ojos fijos en nuestros labios 
para no perder ningún movimiento de ellos, 
nos dijo con voz casi queda: 

—Tengan la bondad de hablarme alto, por- 
que tengo lo desgracia de ser sordo. . . 

19 



B L CABALLERO AUDAZ 

Y esto lo dijo el insigne escritor con tal amar- 
gura, que nos transió de pena. 

— (í'Desde hace mucho tiempo?— inquirimos, 
alzando con potencia la voz. 

— ¡Oh, sí! Nací con esta enfermedad; he teni- 
do épocas de oír algo, pero muy poco. 

—Y claro: esa torpeza del oído le amargará 
a usted la vida... 

-—Sí, claro; me crea mil sinsabores; no me 
hace desgraciado del todo, porque he decidido 
no serlo; pero sí me contraría enormemente... 
Aunque algunas de las cosas que consigo oír 
más parecen elogio de la sordera que pésame 
portal defecto... 

Hizo un silencio; después, más triste y me- 
nos irónico, prosiguió en tono pesimista: 

—Esto ha entorpecido mi vida, la ha cambia- 
do por completo . . . Me ha hecho tirar por la 
ventana un bufete, una carrera y no sé cuán- 
tas cosas más. 

—¿Es usted abogado? 

—Sí, señor. Pero, ¿quién puede ejercer la ca- 
rrera de esta forma, mi amigo? Yo me obstiné 
en ello, y la triste realidad me ha convencido 
que para rodar lo primero que se necesita son 
ruedas. Cuando voy al teatro, son dos come- 
dias las que veo: una la que es y otra la que yo 
voy construyendo o forjándome con los perso- 

20 



LO QUE S 'B POR MI 

najes y las escenas que voy viendo. .. Salvo en 
algunas ocasiones, que los autores tienen con- 
migo la preferencia de darme un ejemplar para 
seguir el curso de la obra. 

—¿Cómo nacieron en usted las aficiones lite- 
rarias?... 

—No son precisamente literarias; son teatra- 
les. .. No recuerdo. Toda la vida tuve afición. 
De mucliacho representaba comedias. .. De ma- 
yor, las hago..., y no todas para el teatro... 

—¿Qué fué lo primero que escribió usted?... 

—Para el teatro, lo primero que escribí fué, 
hace más de veinte años, una comedia que me 
estrenó la Tubau en el teatro de la Princesa, 
que la titulaba El camino de la gloria. Fué 
aquello una intentona romántica, .y después 
volví la atención a mi carrera, que por ser wi 
carrera era la que más necesitaba de mis des- 
velos y de mis energías... Más tarde, y a la 
fuerza, tuve que volver a la labor de las cuar- 
tillas..., sobre las cuales se puede trabajar en 
soledad y en silencio, y a ratos sirven también 
para enjugar nuestra amargura. Había tenido 
un fracaso en la política y otro en la abogacía 
por mi falta de oído, y no quise seguir por ta- 
les derroteros . 

—Lo que no comprendo, don Manuel— alega- 
mos nosotros--, es cómo sin haber vivido la 

21 



EL CABALLERO AUDA Z 

vida tan intensamente como el que la siente y 
la oye bien, sin que se le escape a usted una 
palpitación de ella, puede usted escribir obras 
tan llenas de realidad como son las suyas. Esos 
diálog"os tan admirables, que no hay quien los 
haga igual. 

—Eso dicen muchos... Yo, para descargo de 
mis aptitudes, lo único que puedo alegar es que 
me parece que así es la vida... Desde muy jo- 
ven he tenido mucha libertad y bastante dine- 
ro; de esta forma, he alternado con toda clase 
de gentes y he sido de todo. Sí, sí; yo he torea- 
do en corridas cuyas revistas fueron hechas 
por Sentmiientos y Sobaquillo... No creo que 
haya muchos ejemplos de individuos que ha- 
yan sido jwez de Madrid y torero al mismo 
tiempo. 

—¿Y cómo eso?... 

—Pues hada, que, cuando toreaba, era juez... 
Esto no tiene nada de particular, pues ni con 
el traje corto de torero despachaba el juzgado, 
ni con la toga y el birrete iba a la plaza a des- 
pachar SL los toros, que era lo que hubiese teni- 
do algo de particular... 

Encendimos un cigarro. Llegó el hijo mayor 
de Linares: un muchachito de diez y siete 
años, tan correcto en la expresión como en el 
vestir. 

22 



LO Q ü G S B POR Mi 

—¿Cuántos años tiene usted, don Manuel? 

Linares, después de hacer un gesto muy có- 
mico de terror, repuso: 

—Tengo cuarenta y ocho. Puede usted decir 
que bien llevados. .. Me servirá para provincias 
el reclamo... 

Reímos, y después... 

—¿Es usted gallego?... 

—Sí, señor; no crean ustedes que lo digo por 
darme tono... 

—¿Nacido en...? 

— Campanela... No se lo digan a nadie. 

— ¡Hombre! En el lugar donde se desarrolla 
La garra . . . 

-*-Sí, en efecto. Escogí ese ambiente para mi 
obra como podía haber escogido Toledo, León 
u otra población religiosa y austera; porque, 
claro, en San Sebastián, o en Barcelona, o en 
la Puerta del Sol, no hubiese podido ocurrir lo 
que allí ocurre. 

—A propósito, ya que habíamos de La ga- 
rra, que, dicho sea de paso, es la obra teatral 
más humana y más hermosa del teatro con- 
temporáneo, ¿hacía mucho tiempo que la tenía 
usted escrita? 

—Sí, señor... Pero no me atrevía a darla. 

—¿Qué se propuso usted al escribir esta 
obra?... 

23 



EL CABALLERO AUDAZ 

—Llamar la atención de la Iglesia y del Es- 
tado sobre los inlinitos casos en que resulta 
cruel su abandono y su indiferencia... No pre- 
tendí teorizar, ni mucho menos dogmatizar, 
sino sencillamente exponer. Y me considero 
muy dichoso con haberlo conseguido; sé que 
mi labor no es más que un grano de arena...; 
pero es y me basta para estar bien pagado. 

—Y díganos, don Manuel— preguntamos, ya 
interesados—: ¿Es cierto, según se ha dicho, 
que en La ¡^arra pensaba usted resolver el pro- 
blema de otra forma y que por cierto temor al 
abono déla Princesa?... 

—No...; esas son fantasías. La garra nunca 
tuvo más forma que la actual. Si los marque- 
ses de Montrove se decidieran a libertarse de 
los consejos de los que les rodean, \2i garra de- 
jaría de ser garra. Además, si el conflicto lo 
resolviera yo, en cualquier sentido que fuere, 
sería parcial, y no he querido serlo. Mi labor 
no ha sido más que de exposición. La de un 
caminante por la senda de la Vida que se de- 
tiene y grita: «jEh, Iglesia, Estado!: Fijaos en 
esto, y ya es hora de que lo evitéis. Como este 
caso hay muchos. > 

—¿Por qué retiró usted Z« garra de la Prin- 
cesa?... 

—La retiré por figurarme que perjudicaba 

24 



LO Q U ñ S B P O Q MI 

los iiiterebes de sus propietarios, los excelen- 
tísimos señores marqueses de Fontanar y de 
Balazote. 

—Pues qué, ¿la obra no estaba dando di- 
nero? 

—Sí, señor . . . Pero era un dinera que no se 
cogía con gusto... ¡No satisfacía!... 

— Se dijo después que iba a estrenarse en 
el Español. ¿Es cierto?... 

—Que se iba a estrenar, no sé... Que en cuan- 
to la retiré de la Princesa me la pidieron con 
gran urgencia para ponerla en seguida en el 
Español, sí..., es cierto... La obra fué acogida 
efusivamente por los empresarios; después, por 
razones que conoce indudablemente el señor 
Oliver, pasó mes y medio y no se estrenó. Yo 
ignoro hasta ahora los motivos: ni al señor 
Oliver le corrió prisa el notificármelos... ni a 
mí el preguntárselos. Confío, sin embargo, en 
que algún día los sabré . 

—Y entonces, ¿la dio usted a Eslava?... 

—Sí; en vista de que el Español me hacía el 
flaco servicio de tenérmela allí olvidada, la di 
a Eslava y estoy satisfechísimo. 

—¿Y cómo siendo usted conservador de abo- 
lengo escribe usted obras tan francamente 
liberales como La garra? 

— ¡Ah! ¡Caramba!... ¿Y es que en las demás 

25 



EL CABALLERO AUDAZ 

obras mías no advenían ustedes lo mismo que 
han dado en llamar paradoja con mis princi- 
pios políticos, y que yo lo creo de una perfecta 
armonía?... 

—¿Cuántas obras teatrales tiene usted es- 
critas? 

—Unas cuarenta. 

— ¿Y cuál de ellas es la que más le gusta?. . . 

Para pensar mejor la respuesta, repitió len- 
tamente nuestra pregunta. V replicó: 

—Mire usted... Estoy satisfecho de todas mis 
obras, aunque de todas tengo la seguridad de 
que podrían mejorar muchísimo; pero no es 
razón que haya premios mayores, para no es- 
tar contento con los pequeños... y con las par- 
ticipaciones... Véase La viuda alegre^ de Le- 
har, de otros y mía. 

—¿Cuál es el éxito mayor que ha tenido us- 
ted? ¿La garra? 

—Quizá. En ninguna me alabaron tanto ñi 
me insultaron tanto, y ninguna sirve tanto a 
mi familia para echarme piropos cuando están 
a buenas, ni para sacar el ejemplo de mi tor- 
peza cuando están a malas. Pero estoy satis- 
fecho... Sí. 

—¿Le produce a usted mucho el teatro? 

—Infinitamente más de lo que nunca pude 
ambicionar por ese camino , 

26 



LO Q U ñ SE POR MI 

— ¿Escribe usted con íacilidad? 

—Sí, señor; con demasiada facilidad; y eso 
perjudica mucho al interés de las obras, pues 
van poco meditadas... Verdad que las que me- 
dito salen después escandalizadas... y escan- 
dalizando. Ahora preparo Los olvidados, dos 
actos, para Lara.'y Fantasmas^ tres actos, para 
Eslava. 

—Una pregunta difícil: ¿Cuál literato espa 
ñol contemporáneo le §;usta a usted más? 

—¡Caracoles!— clamó— . ¿Sí? Pues a una pre- 
gunta difícil, una contestación fácil: Todos los 
literatos españoles me g"ustan mucho, sobre 
todo cuando les entiendo... 

—Y de actores, ¿cuál le gusta más? 

—Todos los actores me parecen bien, aunque 
no todos es en el teatro donde me parecen 
bien... 

Detúvose un momento; después continuó: 

—Respecto a las actrices, todas las actrices 
me gustan, y... muchas que no son actrices, 
digan lo que quieran los carteles... 



27 




El sereno nos abrió la puerta de la calle, y, 
auxiliados por la oscilante luz del cerillo, avan- 
zamos por la estrecha y desvencijada escalera 
de peldaños carcomidos y de olor a pringue de 
cocina, Felipe Sassone y yo. María nos aguar- 
daba en el umbral del piso entresuelo. 

—Si tardan ustedes un poquito más, no les 
recibo— exclamó al vernos aparecer. 

—¿Por qué, María?— preguntó Sassone. 

—Porque en este momento me iba a acostar, 
Sass/ifo... iVaya una puntualidad!... 

Consultamos el reloj. Eran las once y media. 
La cita era a las diez. No se podía negar que la 
amiga artista llevaba razón. Felipe se excusó 
contando, con pintoiesca gracia, las inciden- 
cias que habían tenido la culpa de nuestro mal- 
dito retraso. Yo, por toda disculpa, besé la 



R L CABAL LEfíO AUDAZ 

mano blanquísima, suave, gordezuela y cálida 
de la actriz. 

Pasamos al comedor. Un comedorcito de mu- 
ñecas, muy bajo de techo, con un aparador y 
un trinchero diminutos, todo muy mono y con 
deliciosa coquetería arreglado. 

Mientras que Felipe curioseaba las porcela- 
nas de Talayera, María y ^'■o nos miramos un 
momento a los ojos. Los de María son grandes 
y color caoba. El lápiz negro, diestramente ad- 
ministrado, los agranda todavía más y les da 
interés. 

—¿Se pinta usted los ojos, María? 

— Las pestañas, sólo las pestañas y las cejas. 
El lápiz es mi categoría^ como yo le llamo. Sin 
las cejas ni las pestañas pintadas no tengo ca- 
tegoría; son mu3' claras y parezco una pepona. 

—¿Estaba usted durmiendo?— inquirí al ad- 
vertir que esquivaba la luz. 

-No. 

Y como viera nuestro gesto de incredulidad, 
prosiguió: 

—De verdad. Estaba leyendo la novela de 
don Benito El aniiv^o Manso. En la adaptación 
que vamos a estrenar en el Odeón, de Acebal, 
he escogido yo el papel de carnicera, y quiero 
estudiar en la novela el carácter del personaje. 

—Es un tipo mu3' pintoresco. 

30 



LO QUE SE POR Mi 

—¡Oh! Muy gracioso. Pasemos a esta otra 
habitación y estaremos más cómodos. 

El cuartito era un Jumoir delicioso, incomu- 
nicado con el comedor por medio de un pottier. 
Nada; lo necesario para soñar un poco: un di- 
ván turco rociado de cojines, un piano, unas 
panzudas butaquitas, algunos paños egipcios y 
árabes adornando las paredes, y aroma de opio 
y jazmines. 

—Qué bien se debe estar aquí... hundido en 
ese diván, fumando una pipa de opio, viéndola 
a usted y oyéndola tocar la Patética^ de Beet- 
hoven, por ejemplo. 

—¿Cree usted?...— preguntó ella con incitan- 
te monería. 

—Estoy casi seguro, María. ¿Le gusta a us- 
ted la música? 

—¡Oh! Muchísimo— murmuró muy despacio 
y con deleite—. Para mí constituye una nece- 
sidad. 

—¿Más que su arte? 

—No; eso, no. Mi arte, sobre todas las 
cosas. 

—¿Le gustaría a usted haber sido una can- 
tante de ópera? 

—¿En vez de comedianta? 

-Sí. 

—No, no— rechazó rápida—. Estoy muy a 

31 



e L CABALLERO AUDAZ 

gusto con mi profesión. No la cambiaría por 
nada. 

Felipe tecleaba indiferente en el piano. María 
se dejó caer en una de las butaquitas, y yo, a 
su lado, en el diván. 

Dicen por ahí que María Gámez es una mu- 
jer peligrosa para los hombres; que los coge 
por el corazón y que los fascina con sus pupi- 
las oscuras. No sé; tal vez sea verdad. A mí 
me parece una chiquilla engreída, vanidosa y 
dulcemente interesante; una belleza blanca y 
carnal, como la María Gracia de Rubens; una 
holandesita. Mi espíritu cree mucho más peli- 
grosas las mujeres de Romero de Torres que 
las de Rubens. 

María vestía una bata de crespón de seda co- 
lor burdeos; de sus orejitas pendían unas pie- 
dras verdes que contrastaban admirablemente 
con el blanco azulado de su piel. 

Sacamos nuestra pitillera y le ofrecimos un 
egipcio. Lo rechazó dulcemente. 

—Gracias; no fumo. Soy tan cursi como 
todo eso. 

—¿No es usted americana? 

— No; quiá . Soy española. Nacida en 
Cádiz. 

La voz de María es dulce, y la pronunciación 
finamente andaluza. Para su lengua no existen 

32 



LO Q U ñ S h ^ _^.^_^. _^^_, ( 

la ce ni la zeda: todo lo adereza graciosamente 
con la ese. Continuo: 

—Ya lo he contado infinitas veces. Mi madre 
era actriz cómica. Además, una actriz cómica 
estupenda: Micaela Calle. A los doce años de- 
buté con Espantaleón aquí, en Madrid, en el 
teatro Alhambra, ese que después se llamó Mo- 
derno. 

—¿En qué obra? 

—En El patio. Hacía esa niña que se pelea 
tanto con el novio. 

—¿Y gustó usted? 

—No; ni gusté ni no gusté; como era muy pe- 
queñita y muy sosita, nadie me hizo caso, y, en 
vista de eso, me fui a Buenos Aires. 

—¿Sola? 

—No, hombre; con mi madre. Fui contratada 
al teatro Victoria por seis meses. 

—¿Y qué pasó? 

—Pasó que los primeros tres, como seguía 
siendo flaquita y sosita, tampoco allí me hacía 
caso nadie. Recuerdo que el empresario, que 
era catalán, me decía con una compasión que 
jamás podré olvidar: «¡Oh, Mariquita! No es 
posible; una muchacha que no pesa más que 
cuarenta kilos no va a ninguna parte. Hay que 
engordar primero.» 

—¿Y engordo usted? 

3-v 33 



B L QABALLERO AUDAZ 

—No, señor; triunfé delgada. Por aquellos 
días vino la Nena, de Oliver; acerté en la in- 
terpretación, 5^ tomé categoría. Entonces tenía 
diez y seis años; me contrató Tallaví de damita 
joven, y a los diez y ocho era primera actriz de 
su compañía. 

—¿Estaba usted soltera? 

—No, señor. A los diez y siete años me casé. 

—¿Y cómo tan joven? 

—Se conoce que tenía prisa. Qué sé yo. El 
caso es que el día primero de enero conocía a 
mi marido y el día ocho me casaba con él. 

—Entonces, no fué por amor. 

—No, señor. Fué por libertarme. 

—Puedes poner también— intervino Sassone, 
dirigiéndose a mí— que el mismo día que se casó 
le hizo el amor el padrino de boda. 

Acogí lo dicho como una broma; pero al ver 
que María asintió, la miré sorprendido. 

—¿De verdad? 

—Sí, de verdad— afirmó sonriendo-; como 
lo oye usted. Mientras que mi marido firmaba 
en la sacristía, el padrino me enamoraba, di- 
ciéndome: «Pero, mujer, con qué porquería se 
ha casado usted. Ese mamarracho no va a nin- 
guna parte. El hombre que la hará a usted fe- 
liz soy yo; yo, que estoy loco por usted. 

—Y usted, ¿qué contestó a eso? 



LO QUE SE P O Q M I 

Figúrese. Ya le he dicho que apenas tenia 
diez y siete años. Al pronto, me asqueé un 
poco; pero luego aquel hombre, audaz y cínico, 
llegó a interesarme de tal manera, que después 
fué el amor de mi vida. 

Callamos. María, para rememorar; yo, para 
meditar un momento sobre la complicada psi- 
cología de algunas mujeres. 

—¿Y su marido?— le pregunté. 

—No llegó a interesarme nada. No quiso, ni 
pudo, ni supo. A los cinco años de casada me 
separé de él. Nuestro matrimonio había resul- 
tado una lamentable equivocación. 

— Claro— comentó Felipe—, por falta de en- 
sayos . 

— cQué ensayos? Si ni siquiera tuvimos tiem- 
po para repartir papeles.. . 

Reímos, y yo, al mismo tiempo, recordé algo 
que había leído u oído respecto al corazón de 
María, y... 

—Dicen que es usted una mujer cruel, 

— ¡Oh!— protestó ella— . Eso lo dicen a pro- 
pósito de que no me enamoro todos los días. Y 
los que dicen esto no saben que yo, como le 
confieso a usted, tuve una gran pasión que dejó 
mi alma estéril para otro amor, rendida de 
amar, inmune para otra pasión. Pero esto no 
lo diga usted. 

55 



EL CABALLERO AUDAZ 

—Descuide usted— prometí muy iüimal. 

—Además, después de aquel hombre no en- 
contré ninguno que se ha3'a preocupado de ha- 
cerme olvidar. Y, claro, ?>oy un muerto que ca- 
mina... 

—Dígame, María: ¿cuál es su obra preferida? 

—Siendo comedía, cualquiera. 

—Una, sobre todas. 

—No sé. Dicen que en La chocolaterita estoy 
mejor . 

—Y a usted, ¿le gusta? 

— iOhl ¿No le digo? Me gusta la comedia del 
corte de El adversario. 

— Usted, cuando se halla en escena, ¿está 
siempre en situación? Es decir, ¿ríe usted, llora 
y se apasiona sinceramente? 

—Yo entro en situación si el público entra en 
la obra. Entonces paso por todas las emocio- 
nes del f ^pel. Yo entiendo que el artista debe 
ser así: s. icero y honrado; no puedo soportar 
los cómicos de receta... a lo Amalita Isaura, 
por ejemplo. 

—¿Cuál es la aspiración suprema que acari- 
cia usted? 

— Ser una gran actriz. 

—Cuando yo vengo a visitarla es porque ya 
lo es usted. Otra aspiración. 

Rió y agregó: 

36, 



LO QUE S B POR Mi 

—Pues entonces, no dejar nunca descrío. 

—¿Tenemos dinero? 

—No tenemos una peseta. Vivimos al segun- 
do. Y muy contenta de no tenerle. ¡Oh, el di- 
nero! ¿Para qué lo quiero? En cambio, tenemos 
salud y muy buen humor. ¿Qué hay de eso? 

—Nada— respondí— . Que la felicito a usted. 
¿Le gustan a usted los toros? 

—No, señor; me repugnan. Tengo un cora- 
zón muy sensible y muy noble, 

—¿Cuál es su mejor amigo? 

—¡Oh! Vaya una pregunta. No tengo el me- 
jor: tengo muchos. Yo, entre los hombres, me 
hallo muy bien. Soy un camarada más; el ami- 
go primero, señora Gámez. 

—Entonces, ¿lamentará usted haber nacido 
mujer? 

--Nada de eso, puesto que no me cambiaría 
jamás por un hombre. No crean ustedes, que 
tiene muchos encantos el ser mujer. 

—¿Cuál es la actriz que más le gusta? 

—María Guerrero. 

—¿Y actor? 

Titubeó un momento. Yo la animé: 

—Vamos, mujer, sea usted valiente. 

—Pues ninguno. 

—A Tallaví, ¿le quería usted mucho? 

— ¡Muchísimo! — murmuró tristemente—, 

37 



EL CABALLERO AUDAZ 

Ayer estuve en el cementerio a dejarle unas 
flores, }• pasé muy mal rato. Siempre, cuando 
empiezo una temporada o emprendo una tour- 
wár, ten^fo costumbre de ir a llevarle unas ro- 
sas. ¡Pobre Talla vi! 

Los ojos de María se habían humedecido. 
Para desvanecer su tristeza, le pregunté: 

—Vamos a ver, María: ¿Qué le gusta a usted 
más de su cara y de su cuerpo? 

—Las manos me parece que es lo mejorcito 
que hay en casa. 

—Pero no le sirven para nada— terció Sasso- 
ne -; porque tú quisieras meterlas dentro del 
pecho de los hombres y estrujarles el corazón. 

—No, hijo; nada de eso. Sirven para acari- 
ciar y para rezar. Ya es bastante. 

—¿En qué teatro le gusta más trabajar? 

—Pues mire usted, en el que esto}': en el 
Odeón, de Madrid. 



3S 




Como un escandaloso grito de alegría en- 
traba el sol maravilloso áe aquella mañana de 
invierno, invadiendo todos los rincones del ar- 
tístico despacho del escritor . También entraba 
el silencio apacible de la olvidada calle, con- 
tribuyendo a dar la sensación de una ansiada 
soledad campestre. 

Francés me dejó un momento que, callado, 
contemplara el conjunto decorativo de su ha- 
bitación de trabajo. Mientras que yo descorría 
mi mirada por los magníficos lienzos de Bel- 
trán, Moisés, Mezquita, Domingo, Posada, 
Mir, Echea, él saboreaba mi impresión agra- 
dable con una íntima satisfacción. Después me 
fué haciendo el historial de cada cuadro: «Ese 
retrato me lo hizo Mezquita hace dos años; ese 
cuadro de Posada es un boceto del cuadro que 

39 



EL CABALLERO AUDAZ 

J2^an6 el segundo premio. La tablita ésta, de 
Echea, fué premiada en Bellas Artes.» 

Es el despacho una exposición pequeñita. El 
espíritu de una mujer artista vigila allí los me- 
nores detalles. 

—Vive usted como un procer, Pepe— le dije, 
al mismo tiempo que tomaba asiento en su 
sillón de trabajo, entre dos tizonas del si- 
gilo xvn . 

—No— contestó el sonriendo—. Lo que pasa 
es que todo esto que usted ve es el íntimo de- 
leite de mi vida. Amo como nadie mi casa y 
mis afectos. Soy un hombre de hogar. Gozo 
viendo mis muebles, mis cacharros, mis libros, 
mis cuadros, como usted no puede figurarse, y 
si por algo me inquieta la muerte es por el 
pensamiento de dónde irá después todo esto 
tan amado y que tanto trabajo me ha costado 
reunir en torno mío . 

Y yo, al mismo tiempo que escuchaba aten- 
tamente al notable escritor, pensaba en la 
gran transformación física que ha sufrido en 
los doce años que nos conocemos... Cuando 
entonces nos estrechamos por primera vez las 
manos, era Francés un muchacho de esos que 
las tobilleras clasifican de soñadores e intere- 
antes. Desnutrido, macilento, enfermizo. En 
sus ojos melancólicos, cercados por violáceas 

40 



LO QUE 3 E POR MI 

ojeras, parecía llevar estereotipada la visión 
de la muerte. Su gran tupé sagastino era una 
í*"reña de bohemio. Comienza entonces Fran- 
cés a sembrar buena sementera literaria, y 
viéndole tan escuálido no había más remedio 
que pensar con pena: «¡Lástima de muchacho! 
No cogerá la cosecha de su talento.» Segura- 
mente Francés un día se sintió feliz, arrojó de 
su espíritu los pesimismos y las visiones fúne- 
bres, y comenzó a vivir. Woj, el consagrado 
escritor, ya ídolo de los lectores, es un hombre 
excesivamente recio y sano, que no recuerda 
en nada al muchachuelo de hace doce años. 

—¿Cuántos años tiene usted, Pepe?— le pre- 
gunté, como un resultado de mis medita- 
ciones . 

—Tengo ya treinta y tres, querido Ándase. 
Nací el 22 de julio de 1883, y en Madrid, aun- 
que mucha gente me cree todavía valencia- 
no porque en mis comienzos literarios tuve 
íntima amistad con Blasco Ibáñez. Hay tam- 
bién quien me cree asturiano por el cariño que 
tengo a esa región encantadora. Raro es el li- 
bro mío en que no aludo a Asturias o en que 
no hago intervenir tipos asturianos; incluso 
mis dos primeras novelas, Abraco mortal y 
Dos cegueras, publicadas hace catorce años, 
y mi drama 3íds nllá del honor, estrenado 

41 



EL CABALLERO AUDAZ 

en 1908, intentaron reflejar ambiente, paisaje 
y costumbres de Asturias. 

—Desde pequeñín, ¿sintió usted decidida in- 
clinación por la literatura? 

—Siempre. Desde muy niño. Y alternaba la 
afición con 'el dibujo. No sabría decirle si el 
primer cuento lo escribí o lo dibujé en varias 
viñetas. Lo que sí supongo es que sería caba- 
lleresco o fantástico . Dumas , Fernández y 
González y Julio Verne fueron mis ídolos 
cuando niño. Además, tenía el ejemplo de mi 
padre. Mi padre ha sido escritor también. Fué 
redactor de La Correspondencia de España. 
Fundó en Puerto Rico el Puerto Rico Ilustra- 
do, y tiene publicado un libro de cuentos y ar- 
tículos descriptivos de costumbres filipinas, ti- 
tulado Galeradas. 

—¿Tuvo usted desalientos en sus balbuceos 
literarios? 

—Nunca. Desde que publiqué Dos cegueras 
y Abraso mortal, no he sentido el menor des- 
aliento ni el más pequeño cansancio. Tengo 
una voluntad enorme. Más fuerte que los obs- 
táculos ajenos y que los desfallecimientos pro- 
pios. Y eso que, ¡ay, José Mari!, usted no sabe 
qué años más terribles los primeros y cómo he 
trabajado siempre. Llegué a enfermar. Yo era 
entonces un candidato a la muerte. Trabajaba 

42 



L O QUE SE POR Mi 

doce o catorce horas diarias; dormía cuatro o 
cinco nada más. Fué entonces cuando tradu- 
cía en una semana libros de trescientas pági- 
nas, por los que me pagaban cien pesetas, y 
me hacía cuarenta o cincuenta cuentos para 
el editor Sopeña, que me los pagaba ¡a duro! 

—¿Cuál era entonces su escritor preferido? 

—Eduardo Zamacois. 

—¿Por qué? 

—Luego he supuesto por lo que sería. Los 
libros de Zamacois me empujaron hacia los 
verdaderos maestros de la novela contemporá- 
nea, los naturalistas franceses. Y esta última 
admiración no ha cambiado. Sigo cre3'endo en 
Zola, en Maupassant, en Flaubert, en los Gon- 
court. 

—¿Y en la actualidad? 

—Es un poco peligrosa la contestación. A 
los treinta años no se pueden hacer las afirma- 
ciones de los veinte. Y tal vez fuesen menos 
sinceras. 

— Sinceramente, Pepe, ¿ama usted la vida 
de literato, o preferiría haber tomado otra pro- 
fesión? 

Dudó un momento; al ün rompió su indeci- 
sión sinceramente: 

— ¡No! No amo la vida de literato. La sopor- 
to y procuro transformar todo su veneno en 

43 



B L CABALLERO AUDAZ 

un recurso vital. La Medicina nos da el ejem- 
plo de este contrasentido. vSi yo tuviera un 
hijo, le juro a usted que este hijo mío no sería 
escritor. Yo habría querido ser marino o cari- 
caturista. 

Y como sorprendiera mi risa, exclamó con 
vehemencia: 

—No, tío se ría usted. Marino, primero. Los 
viajes a Cuba, a Filipinas, a Puerto Rico, en- 
cantaron de aventura mi alma; los libros de 
Verne y de Majme-Reid aumentaron después 
aquella sed de emociones exóticas o de los ho- 
rizontes flotantes. Incluso se habló seriamente 
de comenzar los estudios; pero mi madre llo- 
raba de angustia y de terror ante aquella po- 
sibilidad, y desistí. Lo de hacer caricaturas ya 
no era tan peligroso como seguir las rutas azu- 
les. Yo tenía muchos entusiasmos y bastantes 
condiciones— ¡palabra de crítico de arte!—, e 
incluso he publicado historietas inocentonas, 
firmando con el pseudónimo Córcholis, en un 
semanario titulado Monos^ y caricaturas polí- 
ticas en España Nueva ^ firmando Tik-Nay. 
Por cierto que la primera vez que fui a Vida 
Galante para intentar colaborar en aquella re- 
vista tan juvenil y tan simpática, no llevé 
cuartillas literarias, sino una gran cartera de 
dibujos humorísticos. Entré en la sala de es- 

44 



L O Q U ñ SE POR M é 

pera a las cuaiio de la taitle y aguardé a Za- 
macüis hasta las ocho de la noche. ¡Cuatro ho- 
ras mortales, desesperantes, que no olvidaré 
jamás! Zamacois no se presentó aquella tarde 
por la redacción; pero desde mi rincón húme- 
do y oscuro— ni siquiera se molestaron en en- 
cender la luz— vi en una sala contigua reír y 
discutir y hablar de mujeres a cinco o seis in- 
dividuos. Luego supe que eran iNIanolo Carre- 
tero, i'edro Barrantes, Joaquín Segura, Gas- 
cón y Navarrete. Cuando ya me decidí a mar- 
char y llamé al portero para dejarle mi tarje- 
ta, le pregunté quién era el que más chillaba 
de todos. «El señor Navarrete— me contestó—; 
el director artístico, vamos. Si lo que trae us- 
ted son monos, él es el encargado de admitir- 
los o no. ¿Quiere usted que le avise?» Protesté 
horrorizado. iNavarrete, juzgar a los caricatu- 
ristas jóvenes! ¡No! ¡No! ¿Usted no recuerda 
cómo aibujaba este señor, querido José Mari? 
Tal vez debido a esto, la segunda vez que vol- 
ví a Vida Galante ya no llevaba dibujos, sino 
artículos. 

—De todo lo que ha leído usted, ¿cuál es la 
obra que más emoción le ha causado? 

—Qué sé yo. Es difícil una respuesta. Ten- 
dría que citar muchas. Porque soy un gran 
ecléctico. No comprendo las intransigencias 

45. 



ñ L CABALLERO AUDAZ 

de escuela ui los partidismos. Me parece que 
es como si achicáramos nuestra sensibilidad, 
haciendo].'! incapaz de amarlo y comprenderlo 
todo. 

—¿Qué cultiva usted con más gusto: el tea- 
tro o el libro? 

—El libro. Indiscutiblemente. El teatro es 
un arte inferior. Los mejores dramaturg^os, en 
el sentido que la gente concede a esta palabra, 
han sido y son siempre detestables escri- 
tores. 

—De todos sus libros, ¿cuál es el preferido 
por el público? 

—El alma viajera, que se publicó horrorosa- 
mente mutilado en El Cuento Semarinl . 

—Y usted, ¿a cuál quiere más? 

—La darwa del corazón . En esta novela, y 
en El hijo de sí mismo, están los momentos 
más emocionantes de mi vida y vibra la más 
fuerte e indeleble pasión que he sentido y sen- 
tiré. 

—Luego, según eso, ¿usted vive los libros 
antes de escribirlos? 

Francés afirmó rápidamente. 

— iOh! Sí, sí. Mis novelas se nutren con mi 
realidad. 

—De sus obras de teatro, ¿cuál es la que a 
usted más le gusta? 

46 



LO QUE SE P O Q M f 

— Cuando las hojas caen. La estrenó, en 
el Teatro de Arte, la actriz que hoy es mi 
mujer. 

— Vamos a ver, Pepe— le pregunté, llevado 
por la confianza fraternal—: ¿Es usted apa- 
sionado o sincero cuando hace crítica de arte? 

Repuso rápido: 

—Sincero, sincerísimo, archirrequetesincero. 
Llevo trece años, José Mari, haciendo crítica 
de arte, 5^ todavía ni yo ni mi inseparable 5/7- 
vio LaQ;o han tenido que arrepentirse de una 
sola línea. Y no crea usted que no es amarga 
esta sinceridad de decir uno lo que siente. Me 
ha costado muchos disgustos, muchas amista- 
des y muy pocas satisfacciones. Los artistas 
—salvo excepciones contadísimas— son muy 
vanidosos. Podrán no agradecer un elogio efu- 
sivo y entusiasta; pero no perdonan jamás una 
censura, por muy cortés y banal que sea. 

Hubo una pausa. Yo proseguí: 

—¿Qué vida hace usted? 

— Una vida bien poco higiénica, amigo mío. 
Me levanto muy temprano: en invierno a las 
seis, en verano a las cinco y media, y me pon- 
go a trabajar hasta las once. Escribo diaria- 
mente treinta o cuarenta cuartillas acerca de 
diversos asuntos, 3' a las nueve y media o las 
diez me acuesto. Esta necesidad imprescindi- 

47 



R L C A H A f. L a f? O A U D A Z 

ble -paia poder realizar Luda la laboi que me 
he impuesto o me han impuesto las circunstan- 
cias—de acostarme pronto y levantarme tem- 
prano me ha alejado de un modo definitivo del 
teatro. 

— ¿Cuánto le lleva a usted producido la 
pluma? 

—No estoy muy seguro de la cifra ; pero 
calculando doce años de un trabajo tan exce- 
sivo como el mío, habré llegado a ganar unos 
veinte o veintidós mil duros. Pero, ¡eso sí!, no 
tengo ni un céntimo. No sé quién dijo que nos 
pasamos ía vida ganándola y que jamás dis- 
frutamos el placer de haberla ganado. Esto, 
en lo que se refiere a mí, es muy exacto. 

—¿Cree usted que en la actualidad se lee 
más y se escribe mejor que antes, o al con- 
trario? 

—¡Indiscutiblemente! Nunca, nunca se ha 
leído tanto ni se ha escrito mejor que ahora. 
En un período de transición, de evolución pro- 
gresiva como es el que ahora atraviesa Espa- 
ña, cada generación literaria supera a la an- 
terior. 

—Siento lo que dice usted por esos señores 
del 98, que se imaginan haber dicho ya la úl- 
tima palabra. 

—¡Oh! Es mucho más interesante la gene- 



LO QUE SE POR Mr 

ración literaria del 908 que la del 98. Ento i- 
c^s eran cuatro o seis señores los que escí ;- 
bi m bien; ahora son cincuenta o sesenta. 
Compare usted, compare usted la cantidad 
de novelistas, de poetas, de críticos y de cro- 
nistas de nuestra generación con la del 98. 

—Usted ¿qué prefiere hacer: crítica, cuento, 
novela o teatro? 

—Siento la voluptuosidad de escribir el 
cuento y la novela. 

—¿Qué vicio le domina a usted? 

Pepe rió. 

—Una cosa un poco vergonzosa: comer y 
dormir. 

—¿Y lo que más le importa a usted de la 
vida? 

—La muerte; porque me da pena dejar todo 
lo que JO he creado. 

—Será tal vez poi^que abriga usted algún 
temor respecto al más allá. 

—Eso, en absoluto; no temo encontrar nada 
desagradable . 

—¿De qué enfermedad quisiera usted morir?. . , 

—Lo he pensado muchas veces: de viejo y 
en la cama . Pero le advierto a usted que en 
todos los horóscopos y profecías que me han 
hecho coinciden en que moriré aplastado por 
un coche... Y esto tiene su explicación, por- 

4-v 49 



E L CABALLERO AUPA Z 

que yo siempre voy leyendo por la calle. Aho- 
ra, que no me placería esta muerte. 

Calló Francés. Yo pensaba la última pre- 
gunta. Y... 

— ¿Cuál es la aspiración suprema que acari- 
cia usted para el porvenir?... 

■—Verá usted. Hace tiempo, Eduardo Mar- 
quina publicó en España Nueva una semblan- 
za mía en verso. Hablaba de mis juveniles im- 
paciencias , de mis rebeldías moceriles , de 
aquella turbulencia, un poco lejana ya, con 
que entré en la vida literaria. La última estro- 
fa era ésta: 

Sabe: unos brazos, unos —los únicos — fo aguardan; 
no les tengas codicia, no imagines que (ardan ; 
porque, cuando ellos ciñan lu garganta doncel; 
cuando las rosas de hoy sean gotas de miel, 
este mundo, tan vicio para ti, viejo en é!, 
3(^rá tan sólo un huerto donde crezca un laurel. 

—Los brazos únicos ya han llegado, y culti- 
vo mi huerto, esperando el día en que, a la 
sombra de ese laurel, pueda descansar. 

—Esperar..., esperar...— murmuré yo — . Lo 
más bonito que hay bajo el cielo es eí^perar; 
porque siempre se espera acompañado de una 
ilusión. 



50 



^jy ¡fr iflr*^ C ^^1^ ^} ^ ^^^^J,^K^ "^y^Wp 




kiJ^í>^iLa>c^jC^ 



Fué en una de estas pasadas tardes, entre 
dos luces y entre nieve y agua . 

Yo me había detenido ante el escaparate de 
una tienda de juguetes— no hay contemplación 
que más me aj^rade— en plena calle de Alcalá- 
Mis pupilas saltaban del tigre enfurecido a la 
bobalicona sonrisa del bebé, cuando escuché a 
mi lado una voz angustiosa, que, vergonzan- 
temente, imploraba: 

—Caballero, una limosna para socorrer a 
este desgraciado ministro del Señor. 

Volví la cabeza sorprendido y me encontré 
con ¡un sacerdote! Pequeño, enjuto, de tez su- 
cia y tostada, y de hábitos pardos, raídos y lle- 
nos de barro. 

Seguía con su mano apergaminada y sar- 
mentosa extendida en actitud de implorar. 
Ante la insistencia de mi mirada, bajó la suya 

51 



EL CABALLERO AUDAZ 

avergonzado de la impresión desagradable que 
me estaba produciendo su pobreza. 

—Pero, ¿es usted efectivamente un sacerdo- 
te?— le pregunté sorprendido. 

—Sí, señor; lo soy — me respondió triste- 
mente . 

—Caramba, ¿y cómo es posible que se halle 
usted en ese estado?— inquirí lleno de extrañeza. 

—Ya ve usted, caballero; soy muy des- 
graciado—se concretó a murmurar humilde- 
mente . 

—¿Le han recogido a usted las licencias para 
decir misa? 

—No, señor, no— rechazó rápido—; pero no 
tengo en donde decirla, y ¡llevo días sin co- 
mer! Ya, cuando doy este paso, es que no pue- 
do más. Con mis licencias, y mis hábitos, y mi 
fe en Dios, y mi espíritu bondadoso, me siento 
morir de necesidad si las almas caritativas no 
me socorren. 

Las palabras del sacerdote eran sinceras, y 
de sus ojillos pequeños manaban lágrimas. 

—Usted no es de Madrid. ¿Cómo se encuen- 
tra usted aquí? 

—He venido andando desde un pueblecillo 
de León. 

—¿Y qué hacía usted allí, y a qué ha venido 
usted aquí? 

52 



LO QUE SE P O /^ M 



—Allí memoria de hambre, pues solo leutiía 
nueve duros mensuales para sostener mi casa, 
compuesta de mi madre, mi hermana y yo. Los 
convecinos se reían ya un poco de mí, porque 
iba suciamente vestido, con estos andrajos que 
usted ve, y porque mi madre y mi hermana te- 
nían que asistir a las casas para lograr, lavan- 
do o fregando, un miserable jornal. Esto era 
muy triste; pero ¿qué íbamos a hacer? Yo hu- 
biese querido vivir con el decoro correspon- 
diente a mi ministerio, mas no tenía medios 
para ello. Creyendo que en Madrid hallaría 
algún hueco, me puse en camino y aquí me en- 
cuentro, desde hace meses, más desamparado, 
más desvalido y más hambriento que en el pue- 
blecito de León. Ya ve usted, vivo de la cari- 
dad pública implorada con esta mano que de- 
bieran besar los fieles cristianos y que apartan 
a su paso. 

—Pero ustedes los sacerdotes, ¿no tienen una 
Asociación o Asilo en donde refugiarse en es- 
tos casos? 

—No, señor; sólo existe un hospital de curas: 
el Hospital general de San Pedro, para seño- 
res sacerdotes, situado allá en lo alto de la 
calle de San Bernardo. «Los Naturales», que le 
llaman. Es una fundación modelo, sí, señor; 
pero, claro, es requisito indispensable para in- 

53 



EL C A B A L L B R O AUDAZ 

>»iesai en ella estar enfermo; yo todavía no lo 
estoy; no tardaré mucho en coger una pulmo- 
nía doble; pero hasta entonces tengo que im- 
plorar una limosna o caer muerto de hambre. 
¿No le parece a usted? 

El caso era verdaderamente extraordinario 
y llenaba de angustia el corazón más frío e in- 
diferente. Un ministro del Señor que se moría 
de hambre. Un pregonero de la fe cristiana 
que tenía que implorar una limosna en la vía 
pública. Un sacerdote de la iglesia católica que 
no tenía hogar en donde guarecerse en un día 
de nieve. Y esto en un país como España, ex- 
traordinariamente religioso y en donde los 
templos del culto son suntuosos palacios y el 
tesoro de la Iglesia incalculable. 

Le di una limosna al mendigo de hábitos ta- 
lares. 

—Tome usted— le dije—, y vayase esta no- 
che a dormir a la escalinata del altar mayor de 
San José o de los Luises. Yo creo que no le 
echarán. 

Y nos separamos. Pero en mi imaginación 
quedó fija la idea de visitar, al día siguiente, el 
Hospital general de San Pedro para señores 
sacerdotes, tan ponderado por el pobre cura. .. 



54 



/ o Q U E SE POR MI 

—Aquí, al lado del radiador, estará usted 
más cómodo— me invitó. 

Yo obedecí, dejándome caer en una mullida 
butacona. El sacerdote fué después a un arma- 
rio y vino con una caja de cigarros. Acepta- 
mos uno. 

La habitación era amplia y muy alta de te- 
cho. Despacho o gabinete de recibir, comuni- 
caba, por medio de una puertecita de escape, 
con la alcoba del cura, que era una celdita 
clara y limpia, sahumada de espliego. 

—Padre, ¿usted es el director de este estable- 
cimiento?— ■ comencé preguntándole . 

—No, señor. En esta casa hay rector, vice- 
rrector y secretario. El señor rector se en- 
cuentra algo enfermo y no recibe a nadie, por 
cuya razón, yo, que soy el vicerrector, ten- 
go la fortuna de ponerme a sus órdenes para 
informarle de todo lo relativo a esta institu- 
ción. 

Y al mismo tiempo que decía ésto, se acomo- 
daba en la otra butacona frente a mí. 

Es este sacerdote pequeño, grueso y extra- 
ordinariamente simpático. Habla con llaneza y 
corrección, y, al mismo tiempo, con sus ojos 
menudos y muy vivos, fijos en los de su inter- 
locutor, va buceando las impresiones que pro- 
duce su conversación, 

55 



B L CABALLERO AUDAZ 

Empecé contándole el caso que me había 
ocurrido la tarde anterior. Él lo lamentaba con 
las manos cruzadas sobre el pecho en una ac- 
titud muy mística. 

—Es muy sensible— murmuró discretamen- 
te—, muy sensible . 

—¿Y de quién es la culpa de que haya sacer- 
dotes pidiendo limosna? 

—Yo le agradeceré a usted que me releve de 
hablar de eso. No soy quién para comentarlo 
por ser sacerdote y, por lo tanto, parte intere- 
sada. Además, nosotros tenemos también nues- 
tra disciplina. 

—Pero si se reformase el arancel de la Igle- 
sia, que ofrece desproporciones tan grandes, 
seguramente se evitarían estos espectáculos. 

—Seguramente— se concretó a afirmar. 

Hubo un breve silencio. La habitación olía a 
incienso. Un crucifijo que se alzaba sobre la 
mesa del despacho parecía mirarnos piadosa- 
mente. Unos peces de colores coleaban infati- 
gables dentro de una gran pecera que había 
sobre un velador. Desde el balcón se contem- 
plaba un jardín esquelético y pajizo . 

Volvimos a la conversación. 

—¿En qué año fué instituido este hospital? 

—La Congregación fué formada el año mil 
seiscientos diez y nueve por el presbítero ma- 

56 



LO Q U t SE POR MI 

drileño don Jerónimo de Quintana. Compade- 
cido este insigne y caritativo sacerdote del mi- 
sérrimo estado de algunos de sus hermanos en 
el santo ministerio, quienes para subvenir a las 
más perentorias necesidades de la vida se veían 
precisados a implorar la caridad pública o a 
ejercitarse en obras lícitas en sí y honrosas, 
pero indignas de su elevado carácter, lleno su 
magnánimo corazón de entrañable amor hacia 
los que por su avanzada edad y achaques con- 
siguientes, solos y abandonados, carecían de 
recursos materiales, acarició la idea de fundar 
esta Congregación de sacerdotes seculares na- 
turales de Madrid, poniéndola bajo la advoca- 
ción del Príncipe de los Apóstoles, San Pedro, 
a cuya sombra logran descanso y consuelo los 
curas desvalidos. ¿Y sabe usted el hecho que 
impulsó a Quintana a la realización de su pro- 
yecto? 

—No sé, padre. 

— ¡Ah!, pues es curioso. Algo parecido a lo 
que usted me acaba de contar que le ocurrió 
anoche con el sacerdote de León. Iba el padre 
Quintana por la calle, cuando quedó sorpren- 
dido por un espectáculo sumamente doloroso. 
En las parihuelas de los pobres pertenecientes 
a la parroquia de San Millán, era conducido 
un cadáver a su última morada; sóbrela tapa 

57 



R L CABALLERO AUDAZ 

de la camilla se divisaba un bonete; interesado 
el padre Quintana, siguió al fúnebre cortejo, 
y al llegar al cementerio convencióse de que, 
en efecto, el cadáver era de un sacerdote tan 
pobre que ni mortaja pudo llevar. «Semejante 
espectáculo, dijo entonces el padre Quintana, 
no se ha de repetir jamás en Madrid . » Y no se 
repetirá si no es por desconocimiento o descui- 
do de quienes hayan de intervenir en tan dolo- 
roso trance. Desde entonces acá, la Congrega- 
ción acude al lugar de miseria en donde hay 
un sacerdote. Poco después se estableció este 
hospital, en donde se recoge y alimenta a los 
sacerdotes enfermos o impedidos pobres. 

—¿Siempre estuvo en este edificio? 

— Quiá, no, señor. Este edificio que, como 
verá usted, es muy capaz y suntuoso, fué cons- 
truido a expensas de la Congregación en el 
año mil novecientos dos; hasta entonces el 
hospital estuvo situado en la calle Torrecilla 
del Leal . 

—¿Luego esto no es asilo, sino sólo hos- 
pital? 

—Sí, señor, es hospital; pero un hospital asi- 
lo. Aquí, al sacerdote pobre y enfermo que 
entra, casi nunca se le da el alta como no ten- 
gamos la seguridad de que fuera ha de estar 
bien. 

5S 



LO Q U ñ S ñ POR MI 

—¿Es preciso para ing^resar que el sacerdote 
sea madrileño? 

— ¡Oh!, no, señor. El benéfico influjo de esta 
casa se extiende por igual a todo sacerdote, 
sea o no madrileño, diocesano o extradiocesa- 
no, secular o regular. Quienes tienen que ser 
hijos de Madrid son los que compongan la 
Congregación. 

—¿Y se necesitan muchos requisitos para in- 
gresar? 

—Ninguno. Ser sacerdote pobre y enfermo y 
solicitarlo con un certificado facultativo 3^ do- 
cumento de su prelado, o al menos del arci- 
preste, en el que conste que el solicitante es 
sacerdote. 

—¿Se admiten toda clase de enfermos? 

—No, señor. Hay enfermedades que aquí no 
pueden ser tratadas con éxito, como son las 
mentales agudizadas y alguna que otra conta- 
giosa; pero, sin embargo, en este sentido abri- 
mos la mano un poco; ¡es tan agradable hacer 
bien! 

—Y a pesar de estar aquí los sacerdotes, 
¿pueden decir misa? 

—No, señor. El enfermo admitido en este 
hospital no puede celebrar la santa misa du- 
rante su estancia. El día de su ingreso o en los 
inmediatos, si se halla en disposición, recibirá 



ñ L CABALLERO AUDAZ 

ios Santos Sacramentos, y hará su disposi- 
ción testamentaria, si antes no la hubiese otor- 
gado. 

—¿Pueden ser visitados? 

—Ya lo creo. Por sus familias y conocimien- 
tos, los miércoles y domingos; los sacerdotes 
pueden visitarles todos los días. 

— rCuántos enfermos hay en la actualidad? 

--Trece. En su mayoría son enfermos incu- 
rables, pues están en las garras de la vejez y 
sus males son achaques de los años, que van en 
aumento. ;(Hiiere usted visitarlos? 

—Lo estaba deseando— acepté encantado. 

El amable vicerrector se puso de pie. 

—Cúbrase— me invitó—; por las galerías de 
esta casa hace mucho frío, porque la calefac- 
ción que tenemos es insuficiente. 

—¿Usted habita aquí? 

—Sí, señor. El señor rector y yo estamos 
obligados a ello; el secretario, no. 

Abandonamos la habitación y salimos a una 
amplia galería mu}' austera que recordaba las 
de los claustros. 

—¿Ve usted?— me dijo el sacerdote, mostrán- 
dome unas celosías de madera situadas en los 
muros y que daban a un templo— .En esa igle- 
sia, que pertenece al edificio, está la parroquia 
de los Dolores. Desde aquí puede oírse misa. 

60 



LO QUE <S E POR Mi 

Asomé la cabeza. Tres campanillazos secos 
llevaron mi vista al altar mayor, en donde se 
estaba celebrando la misa de once. Por las na- 
ves del templo había centenares de íieles. 

Continuamos por la galería; al final pene- 
tramos en una espaciosa sala llena de luz y de 
alegría. A los lados, paralelamente, había co- 
locadas un par de docenas de camitas de hie- 
rro, muy blancas y muy limpias, con sus me- 
sitas de noche a las cabeceras, todo presidido 
por uu altarcito y una imagen. Olía un poco 
a vejez humana. 

—Esta es la enfermería— me dijo el vice- 
rrector. 

Desparramados por la habitación, unos le- 
yendo, otros rezando, otros meditando bajo la 
caricia de un rayo de sol, había una docena de 
viejecitos sacerdotes, en su mayoría tan ancia- 
nos, que necesitaban el auxilio de las herma- 
nas de la caridad, que, con sus hábitos blancos, 
parecían palomas que revoloteaban de un lado 
a otro. 

Don Félix Gila, el practicante, un muchacho 
joven }• entusiasta, metido dentro de su blusa 
blanca, vino a nuestro lado y me fué infor- 
mando amablemente de todos los casos. 

—Aquel viejecito es un santo; su enfermedad 
es la vejez. Tiene ochenta y cinco años. Nun- 

61 



ñ L CABALLÉ J^O AUDAZ 

ca habla; no hace más que rezar, y siempre 
llev^a ese devocionario abierto por la misma 
página. 

Me acerqué al viejecito indicado. Una dulce 
hermana de la caridad le daba una taza de 
caldo. 

—¿Qué hay, padre?— le pregunté en voz alta. 

Él hizo un gesto de mansedumbre cristiana . 
Después murmuró: 

—Hijo mío, 5'a ves, espe ar la voluntad de 
Dios. 

—Dicen que es usted un santo... 

—Me quieren mucho. Son muy buenos. 

—¿Cómo se llama usted? 

—Ángel Bollos. 

Y al apacible viejecito le temblaban las ma- 
nos, y la voz, y los labios, como si en su cuerpo 
no quedase ya más que un suspiro de vida. 

—¿Qué lee usted, padre? 

Por toda contestación ofreció a mi vista su 
devocionario. Era El espíritu de San Francisco 
de Sales. 

—No me he separado nunca de este libro. 
Quiero que se me entierre con él. 

—Es un santito...,un santito— murmuró, para 
que 3' o solo me enterase, una de las hermanas. 

Volví la cabeza porque me llamaba la aten- 
ción el joven practicante. 

62 



LO Q U t SE POR Mi 

—Este otro es un melancólico. Es el cura 
de San Millán que tanto tiempo anduvo por 
las calles y le llamaban los chicos el cura 
loco. 

Al darse cuenta el aludido de que le observá- 
bamos, vino a nosotros exclamando: 

— ¡He sido muy malo! ¡Estoy enfermo! ¡He 
sido el mismo demonio! Tengo el alma devora- 
da por los vicios. No merezco perdón ni mise- 
ricordia. Espero a la muerte. 

El infeliz enajenado decía esto a voces, y sus 
gestos desesperados producían calofríos. 

—De los enfermos que hay ahora, ¿se curará 
alguno?— le pregunté al practicante. 

Hizo un mohín pesimista y exclamó: 

—¡Son tan viejos! Hay uno joven, aquél— y 
me llevó la vista hacia uno más joven, pero ex- 
tremadamente demacrado y encogido—, que es 
tuberculoso en tercer grado. 
_ — ¡Pobre!- deploré. 

Después, uno a uno, fuimos hablando con 
todos los enfermos. No hubo ninguno que no 
se mostrase extraordinariamente satisfecho del 
desvelo con que son cuidados en este benéfico 
establecimiento. 

Dieron las once y el vicerrector me dijo: 

—Es la hora de la comida. Con permiso de 
usted voy a bendecir la mesa. 

63 




—Yo tenía deseos inmensos de venir a Ma- 
drid para probar aquí mi suerte y ver si podía 
nadar en este mar de ludias, pasiones y triun- 
Í03. En Barcelona escribía crónicas en Lu Pu- 
blicidad y ganaba al mes diez y seis duros... 

Le interrumpí; 

— ¿Escribía usted en catalán? 

— No, señor; siempre en castellano; yo ape- 
nas he sabido manejar con la pluma el catalán. 

—Siga usted— le invité. 

—Pues bien: tendría yo diez y nueve años, 
cuando, con el producto de mi primer libro, 
Odas, me planté en Madrid. No conocía a na- 
die a quien recurrir; pero aquí encontré a dos 
hombres que me ayudaron, dándome alientos: 
Bernardo Rodríguez Serra y donjuán Valera. 
Me fui a vivir a una casita de huéspedes de la 
calle de la Montera, donde, por cierto, también 

5v 65 



ñ L CABALLERO AUDAZ 

estaban Corominas, Delgado y otros cámara- 
das, y allí recuerdo que se organizaban muy 
interesantes tertulias, adonde concurrían Ba- 
roja, Valle Inclán, Dicenta y otros buenos 
amigos. Ocho meses estuve en Madrid, pasa- 
dos los cuales me volví a Barcelona. 

—¿Fracasado?... 

—No; con el propósito de hacer allí alguna 
obra de consistencia para volver con ella... 
Pero mi vida en Barcelona no era posible. Yo 
he sido siempre anticatalanista furibundo... 
No agradaban estas ideas mías a muchos pai- 
sanos, y entonces, un poco triste, abandoné 
por segunda vez Barcelona, con varias obras 
teatrales en mi cartera y muchas ilusiones en 
el alma. Y me encontré por segunda vez en la 
Puerta del Sol. Entonces conocí a Chapí... Us- 
ted sabe lo fraternal y lo simpático que era 
Chapí... A sus influencias, que eran enormes, 
me acogí para estrenar. «Don Ruperto— le dije 
un día—: yo tengo un drama; usted puede ayu- 
darme . Si usted se lo recomienda a Berriatúa 
-—que era el empresario del Español—, mi dra- 
ma será estrenado...» Alas pocas noches si- 
guientes, yo, ante Chapí, Thuillier, Dicenta y 
Berriatúa, leía, en una mesa de Fornos, mi 
drama El Pastor. Tres o cuatro meses más 
tarde se estrenaba en el teatro Español. 



LO Q U S S ñ P O Q M i 

—¿Gustó?— le pregunté. 

Marquina hizo un signo de negación con la 
cabeza; después lo ratificó. 

—Ni gustó, ni no gustó. Le pasó lo más es- 
pantoso que puede pasarle a una obra teatral: 
ni pena ni gloria. Aquello fué una tentativa y 
un libro que ha quedado ahí. . . 

Marquina hizo un silencio... Estábamos en 
su despacho: una habitación amueblada con 
exquisito lujo, y que está más cerca del cielo 
que de la tierra. .. Por los ventanales se veía la 
terraza inundada del sol abrileño que sobre 
Madrid caía aquella mañana... 

Desde esta magnífica terraza se domina toda 
la población, y da la sensación de ir volando 
dentro de la barquilla de un globo que pasa 
por la Carrera de San Jerónimo... Los automó- 
viles y los trenes que constantemente llegan al 
Palace, que está al lado, desde aquellr alturas 
parecen de juguete. A Marquina y a mí nos 
separa una mesa castellana, sobre la cual el 
dramaturgo escribe sus obras... En nuestra 
indiscreta inspección, hemos descubierto cuar- 
tillas de su próxima comedia Don Diego, de 
noche... A mí, antes de tratar a Marquina, me 
era sumamente antipático. . . Lo creía todo fa- 
tuidad y soberbia... En mi visita he rectificado. 
Marquina es simpático, y su charla, muyame- 

G7 



EL CABALLERO AUDAZ 

na. Tiene algo de acento catalán, (|tie le da más 
gracia y hace más insinuante su conversa- 
ción... Cuando habla un poco declamando, se 
acompaña de los movimientos de sus manos, 
que ayudan a traer la visión de lo que expresa. 
Físicamente, es joven, sano y de una absoluta 
corrección de facciones... 

Hemos encendido un cigarrillo, y tras sus 
primeras bocanadas de humo, hemos prosegui- 
do nuestro interrogatorio: 

—¿En qué estado de espíritu quedó usted 
después del estreno de El Pastoy?... 

—Abatido, reventado. Y en vista de que lo 
que yo sentía no sabía hacerlo, varié de cami- 
no. .. Hice Agua mansa, una zarzuela muy 
mala, un melodrama de cartón, al estilo de en- 
tonces, y al cual puso música mi pariente el 
maestro Gay. La obra se estrenó en la Zarzue- 
la, y fué im éxito; mi primer éxito... Yo, en 
vista de e^io, me hinché, me deslumbre y me 
dije: «Uf... La vida es mía. ¿Cobrar yo seis 
mil pesetas al año? Pues a casarme...» Y, cla- 
ro, vino la realidad serena, fría, convertida en 
un calvario de tropiezos. Aquello fué una lla- 
marada, pasada la cual tuvieron que ayudarme 
a vivir mis suegros, tuve que refugiarme en 
casa de mis parientes en París... En fin... ¡qué 
sé yol... 

68 



L O QUE SE POP MI 

—¿No fué usted director de España Nueva?... 

—Sí, señor; llegamos ahora a ese momento. 
Tenía yo la corresponsalía dé España Nueva 
en París; enviaba crónicas casi a diario. 

—Las recuerdo. 

—Un día, Rodrig-o Soriano me mandó llamar 
y me dijo que si quería yo encargarme de la 
redacción del periódico. Acepté, encantado. Y 
allí me estuve sosteniendo hasta que estrené 
Las Hijas del Cid. 

— ¿Le costó a usted mucho trabajo conseguir 
el estreno de esta obra?. . . 

—Regular. Fernando, a quien yo había pre- 
sentado muchas obras que me rechazó, mirá- 
bame ya con un poco de terror, ¿no?... Bien. 
Pues yo fui a verle con Las Hijas del Cid en 
el bolsillo, «Usted— le dije con una audacia 
hija de mi misma timidez— tiene que terminar 
por estrenar algo mío; pues mientras antes, 
mejor. Vamos a leer ésta, a ver si es la obra 
que nos va a unir.» A regañadientes aceptó la 
lectura; logré interesarle con la obra, y desde 
aquel momento mi vida varió... Tras de ésta 
estrené Doña María Ja Brava; después, En 
Flandes se ha puesto el Sol, y todas las demás... 

—¿Siempre ha estrenado usted en la Prin- 
cesa? 

—Fuera de allí sólo he estrenado La Yedra, 

69 



ñ L CABALLERO AUDAZ 

—¿Cuál de sus obras ha obtenido más éxito?.. 

—En Flandes se ha puesto el Sol... Es la que 
más dinero me ha dado. 

—¿Por cuál tiene usted preferencia? 

—Si le hablo a usted con sinceridad, por nin- 
guna. Doña Mai ía la Brava fué la obra que yo 
he escrito con más ilusión; y le diré a usted el 
porqué en seguida. Yo, que había escrito Las 
Hijas del Cid sin gran detenimiento, y a pesar 
de esto resultó un éxito, supuse que al hacer 
una obra con más cariño sería mayor mi triun- 
fo... Desgraciadamente, no fué así... 

—¿Vive usted exclusivamente del teatro? 

—No, señor. Yo he tenido que preocuparme 
para sacar adelante este vivir decoroso que 
llevo. Yo no tengo dinero... Entre los ingresos 
del teatro y de la librería cobro poco: unas 
doce mil pesetas al año... Y necesito para vi- 
vir casi el doble. ¿Cómo me las arreglo?... Pues 
trabajando enormemente. No he abandonado 
la colaboración de los periódicos y continúo 
haciendo traducciones. No crea usted, que la- 
boro todos los días por lo menos seis horas. Me 
levanto a las cinco de la mañana, me coloco 
mi taza de café al lado y estoy escribiendo 
hasta las nueve; por la tarde, después de al- 
morzar, otras dos o tres horas... Yo escribo 
siempre ayudado con el café. 

70 



LO QUE S £ POR Mi 

—¿Y le cuesta a usted gran trabajo pro- 
ducir? 

—No, señor. Escribo con mucha facilidad. . . 
Mire usted... 

Y Marquina fué pasando ante mis ojos un 
puñado de cuartillas de su obra Don Diego, de 
noche. Apenas había tachaduras denunciado- 
ras de premiosidad o indecisiones... 

— ¿Esa obra es para la Princesa? 

—Para Lara; la estrenará en la actual tem- 
porada Emilio Thuillier. En la Princesa he 
leído El Gran Capitán... Una obra de amor 
caballeresco, que será el próximo estreno 
de allí. 

—¿Y, por lo que veo, histórico? 

—Sí. Yo quiero siempre recoger de la Histo- 
ria las almas, aderezando con cierta libertad 
los asuntos, de manera que puedan interesar a 
los tiempos de hoy... 

—¿Qué escribe usted con más facilidad, el 
verso o la prosa?. .. 

—El teatro en verso. Lo he practicado tanto, 
que me son familiares sus secretos, y lo único 
que temo es que también le sean familiares al 
público. Por eso, naturalmente, procuro abrir- 
me paso con la prosa, que me gusta más... 

—¿Experimenta usted miedo en los estrenos? 

— ¡Enormemente!... ¡Cada vez más! El día 

71 



EL CABALLERO AUDAZ 

más angustioso para mí es el de mi último es- 
treno... ¡Horrible! Me pasa una cosa curiosa. 
Cuando llego al estreno, sé perfectamente, o 
creo saberlo en aquel momento, todos los fla- 
cos de la obra. Ponga usted, además, que el 
público, sobre los que veo yo, ve ocho o diez 
más, y suponga usted cuál será mi tortura. La 
característica del miedo durante la representa- 
ción es que las obras me parecen intermina- 
bles. . . Y lo más terrible es cuando indaga uno 
y el actor que entra del escenario nos dice 
para tranquilizarnos: «Escuchan... Escuchan 
muy bien; como en misa. ..» Esta piadosa tran- 
quilidad es una hiél: obra de la que se dice 
esto, obra que va al foso. ¡En cambio, cuando 
se escucha ese aplauso insustituible e inimita- 
ble, que es como una pedrea!... Ese aplauso 
que sólo recibe Benavente al aparecer en el 
escenario y que yo he escuchado una sola vez 
En Flandes..., cuando aquella frase de: «¡Es- 
paña y yo somos así, señora!» 

—¿Le interesa a usted el juicio de la crí- 
tica?... 

—Sí, señor; hago mucho caso de ella y me 
impresiona hondamente. 

—¿Dónde gustan más sus obras: en Madrid, 
en provincias o en América?... 
—Hasta ahora, los éxitos de Madrid se han 

72 



LO Q Ü B SE POP MI 

reproducido con demasiada exactitud en pro- 
vincias y en América. En Barcelona me pare- 
ce que interesan poco, y, naturalmente, es para 
mí un dolor muy grande, porque yo he nacido 
allí... 

—¿Cree usted que España atraviesa por un 
momento de esplendor teatral?... 

— ¡Con toda mi alma!— exclamó con vehe- 
mencia de actor francés—. Es más: yo creo 
que hoy día no hay ninguna nación de Europa 
con una plétora de autores como España. ¡Eso, 
ciegamente! 

—¿Cuál es su autor contemporáneo prefe- 
rido?... 

—Jacinto, y muchos después; pero Jacinto 
Benavente antes y siempre. De los jóvenes hay 
una hornada interesantísima: Pinillos, Sas- 
sone, que será un autor enorme, Ardavín y 
otros... Adviértole a usted que yo voy muy 
poco al teatro, porque me acuesto muy tem- 
prano; es un defecto del cual pienso corre- 
girme. 

Callamos; yo me puse a contemplar los cua- 
dros que había en la habitación, y al mismo 
tiempo le dije: 

—¿Sabe usted, Eduardo, que me he equivo- 
cado al juzgarle?. . . Le creía un vanidoso, an- 
tipático, y no es así... 

73 



EL CABALLERO AUDAZ 

—No me sorprende— murmuró el poeta, la- 
mentándose—. Ese juicio de usted es general, 
y yo tengo la culpa. Hubo un momento en mi 
vida en que yo me sentí un triunfador; tenía 
una fe ciega en mi talento, creía que los dioses 
me habían besado y que era un elegido...; en- 
tonces me ensoberbecí. Saludaba protegiendo, 
vivía encerrado en mi torre de marfil..., me 
creía con derecho a dcspretiaí ... ¡Sí, sí! La 
Vida me dio después la lección y ahora estoy 
avergonzado. Yo, en un momento determina- 
do, he cometido el error de envanecerme, y ya 
toda mi vida de modestia no sé si será bastante 
a borrar este error... 

Sus palabras eran sinceras . 



71 




Os confieso que el espectáxulo me sorprendió. 

Yo no podía ni sospechar que unas regatas 
de traineras despertasen tanta expectación, y 
que por presenciarlas se congregara todo San 
Sebastián a las orillas del mar. Y, sin embar- 
go, Igueldo, la herradura de la Concha, el 
muelle y el Cerro de Santa Catalina, eran un 
hervidero de gente, una guirnalda de cabezas. 
La bahía estaba plagada de pequeñas embar- 
caciones -vapoicitos, canoas, lanchas, balan- 
dros—que se movían inquietas de un la<lo para 
otro esperando impacientes la salida de las 
dos trianeras que habían de disputarse la ban- 
dera de iionor: Orio y San Sebastián. Eran los 
dos equipos que. en las emocionantes elimina- 
ciones del domingo anterior, quedaron triun- 
fantes y ahora optaban al campeonato. Habían 
cambiado de campo; los remeros de Orio lu- 

75 



EL CABALLERO AUDAZ 

charían sobre la trainera de San Sebastián, y 
los de San Sebastián sobre la de Orio. Duran- 
te toda la semana última, las dos barcas ha- 
bían estado custodiadas por vigilantes de 
ambos equipos, con el fin de que no se les intro- 
dujera ninguna reforma beneficiosa ni perju- 
dicial. Los partidarios de San Sebastián te- 
nían una gran fe en el triunfo de sus remeros, 
que eran los campeones del año anterior; sin 
embargo... ¡aquellos gigantes de Orio eran tan 
fuertes!... No en vano tienen fama de ser los 
más temibles bogadores del Cantábrico. Bullía 
entre el público, que en su mayoría deseaba el 
triunfo de San Sebastián, una honda inquietud 
que traslucíase en exclamaciones, gritos y aca- 
loradas disputas. 

—¿Pero es posible que Orio, un pueblo de 
mil quinientos vecinos, nos gane?... ¡Oh, sería 
una vergüenza!— exclamaba una gentil mu- 
chachuela de la aristocracia donastierra, al 
mismo tiempo que con sus prismáticos seguía 
los movimientos de las dos traineras. 

Las apuestas habían rebasado los cálculos. Se 
jugaban más de cincuenta mil duros. Los parti- 
darios de Orio apostaban doble contra sencillo. 

—Si Oí'io pierde— se oía decir de vez en cuan- 
do—, el pueblo se arruinará, como le sucedió 
a Ondárroa. 

76 



LO Q U t SE P O í¿ M t 

Este temor de que un pueblecillo de pesca- 
dores se arruinase, hizo que mis simpatías se 
pusieran de parte de Orio. Después de todo, 
para el suntuoso San Sebastián no era más 
que un triunfo de amor propio; en cambio, 
para Orio, era la vida o la muerte. 

La tarde estaba más bien desapacible y ce- 
nicienta. El cielo humoso y torvo amenazaba 
ei temible sirimiri, y el mar, bastante movido, 
prometía galerna. Sin embargo, nada de esto 
arredró a los espectadores ni a los traineros, 
que a las cuatro en punto ya estaban coloca- 
dos entre las dos barcazas que servían de 
meta. De allí saldrían a toque militar, y llega- 
rían hasta una boya situada fuera de la bahía, 
alrededor de la cual virarían para volver al 
punto de partida... 

Hubo un silencio solemne de extremo a ex- 
tremo de la Concha. Sólo el mar, al romper 
ondulante contra los muros que le ceñían, ru- 
gía incesantemente. 

El clarín dio el toque de atención; las dos 
traineras, con los remos en actitud de hundir- 
se sobre las verdosas aguas, esperaban... 
¡Tic! . . . gimió la corneta, y las dos barquillas 
rompieron marcha. Los remos entraban y sa- 
lían en las aguas a compás, como si una má- 
quina los moviera al mismo tiempo con ab- 

77 



E L CABALLERO AUP A Z 

bolilla precibion. Al resbalar sobre el oleaje 
levantaban volcanes de espumarajos blanque- 
cinos que desaparecían. Pronto Orio consiguió 
destacarse gentilmente de su adversaria: pri- 
mero media barca, después toda, y cuando 
abandonaba la bahía, le llevaba de ventaja 
más de veinte metros. Esto produjo una de- 
cepción en los espectadores. «¡Esos gigantes 
remeros de Orio!» 

Una legión de embarcaciones escoltaba a las 
dos frágiles traineras. 

Pasaron cinco, diez, doce minutos, y al fin 
volvió a aparecer Ovio, triunfante, que había 
conseguido dejar a San Sebastián muy de- 
trás... Y llegó a la meta en medio de un silen- 
cio hostil; sólo se escuchó alguna que otra pal- 
mada tímida de algún pescador paisano que 
habría venido a presenciar las regatas... Las 
sirenas de los barcos, que el domingo anterior, 
c\x2ináo San Sebastián venció a sus adversa- 
rios menos fuertes, atronaron los ámbitos con 
sus plañideros gemidos, ahora, ante el triunfo 
de Orio^ permanecían mudas. Pero no impor- 
taba; los remeros triunfadores saltaban y gri- 
taban dentro de la trainera como acometidos 
de una alegría epiléptica. Yo quise sentir de 
cerca aquel júbilo infinito y 



78 



L O QUE SE POR A/ / 

Arturo Serrano, simpatiquísimo empresario 
de teatros, había preparado la excursión con 
telegramas, comidas y demás zarandajas. Yo 
no hice más que dejarme llevar por él en un 
magnífico automóvil que corría por la cuida- 
dísima carretera de San Sebastián a Orio como 
una centella. El día, delicioso, y el panorama, 
indescriptible. A la entrada del pueblo nos de- 
tuvimos en un restaurante donde nos espera- 
ban el alcalde, nuestro amigo el señor Pérez 
Agote, el pariente de Serrano señor Arín, y 
una veintena más que no recuerdo, pero en 
compañía de los cuales comimos muy bien y 
muy sólidamente. A mi derecha se colocó el 
patrón del equipo vencedor, que aquel día, allí 
en el pueblo, era un caudillo venerado por to 
dos. Nada tan simpático. Más bien viejo, pe 
queño y enjuto. En su rostro curtido y terroso 
de boca hundida por la ausencia de dentadura 
brillaban sus ojos azules llenos de infantil in 
genuidad y de altiva nobleza; ojos que por vi 
vir siempre pendientes del mar, parece que en 
ellos quedó estereotipado el color de sus aguas 
y que no vieron jamás las desdichas y perver- 
siones de la tierra. El viejo marinero tenía el 
pelo blanco como la nieve. 

—¿Cómo se llama usted?— le pregunté. 

Él, antes de contestar, miró a todos un poco 

7a 



ñ L C A ñ A 1. L Li /^ O Á u n .1 z 

amilanado; después, con la cortedad de uu ehi- 
cuelo, respondió: 

—Manuel Olaizola. 

Casi no se le entendía; estaba afónico de los 
gritos de mando que para animar a sus mari- 
neros tuvo que proferir el día anterior. 

—¿Estará usted contento?~le insinué. 

Se concretó a sonreír. El alcalde, otro mari- 
nero alto y recio, como un trinquete, respon- 
dió por él: 

—Ya está acostumbrado a estos triunfos. 
Son cinco las banderas que ha ganado; cuan- 
do va de patrón él no hay quien venza a Orio. 

—Y el año pasado, ¿cómo les derrotó San 
Sebastián? 

—No quiso ir él; se disgustó. Este año tam- 
poco quería. ¿Qué remedio tuvo, pues? Fuimos 
todo el pueblo a rogárselo; él se resistió; pero, 
como es bueno, al fin se convenció de que era 
el desquite o la ruina de Orio. Si nos derrota- 
ban perdíamos más de ochenta mil pesetas. 
Figúrese usted esta cantidad para un pueblo 
de mil quinientos vecinos. iEs mucho dinero! 

—Luego, ¿en estas regatas está interesado 
todo el pueblo? 

—¡Todo el pueblol... El que no tiene dinero 
lo busca, y si no apuesta su carnero, o su vaca, 
o su lancha, y hasta laíi redes y la cama. 

SO 



L O Q U B SE P O !^ M r 

—¿Contra quién? 

—Según; nuestro adversario más enconado, 
ei único capaz de competir con nosotros, es 
San Sebastián, y, como es natural, apostamos 
por el triunfo de nuestra trainera sobre la del 
contrario. 

—¿Cuántos marineros componen la tripula- 
ción de la trainera? 

—Trece 3' el patrón. 

—¿Los entrenará usted mu}' bien?— le dije al 
viejo patrón . 

— ¡Y tan bien! ¡\'i,::cernos si no San Sebas- 
tián! El remero en quien 5^0 mando, anda más 
derecho que sus remos. 

El alcalde continuó: 

—Le respetan mucho los mozos..., mucho... 

—¿Durante cuántos días se están entrenan- 
do para las regatas? 

—Durante cincuenta. Es un poco penoso 
para los marineros el entrenamiento. 

—A ver, ¿por qué?— inquirí. 

—De entre todos los pescadores del pueblo 
se seleccionan los quince más recios y que 
reman mejor; para estos quince mozos, los 
cincuenta días de preparación son una tor- 
tura. 

—¿Por qué? 

—Porque no viven más que para el entrena- 

6-v SI 



B L CABALLEPO AUDAZ 

miento y tienen sometida su voluntad a la de 
la Cofradía. 

—¿Qué Cofradía? 

—La de las rej^-atas, que en este pueblo lleva 
el nombre de San Nicolás, su patrón. Pues 
bien: la Cofradía interviene su vida completa- 
mente durante los cincuenta días, con el íin de 
que no hag^an nada que pueda perjudicarles o 
debilitarles. 

—¿Y cómo? 

—Colocándoles vigilantes que les acompa- 
ñan a todas partes y no les dejan hacer nada 
prohibido: beber, fumar, trasnochar, hablar 
con la novia, etc.. 

— i A.h!— exclame sorprendido—. Lueg'o en- 
tonces, ¿el que tiene novia?... 

—Ha de hablar con ella delante del vigilan- 
te. Muchas protestan, patalean y lloran; pero 
al fin las pobres comprenden que esta absti- 
nencia redunda en beneficio del pueblo. Otras 
toman sus precauciones, y antes de aceptar 
como novio a un mozo, le hacen jurar que no 
tomará parte en regatas... 

—¿Y los que están casados?... 

—Se les separa de sus mujeres durante ese 
tiempo. 

~¿Y los aficionados al vino? 

—Aquí es la sidra..., la sidra...; se mueren 

82 



LO QUE SE POR M i 

por ella y es lo que cuesta má.s trabajo domi- 
nar; pero no tienen más remedio. 

—¿Y trabajar? 

—Se les rebaja del trabajo, que generalmen- 
te es la pesca, y la Cofradía les pasa diez rea- 
les diarios, y, además, en los últimos veinte 
días, una comida especial que les nutre y les 
fortalece mucho. Además, todo el tiempo tie- 
nen que meterse en la camita a las nueve en 
punto de la noche. 

—¿Y cómo se comprueba esto? 

—¡Ja! ¡Ja! El vigilante no se separa de ellos. 
A las seis de la mañana se les llama para ha- 
cer uñ ensayo sobre la trainera que dura hora 
y media, y a las seis de la tarde otro de una 
hora. 

—¿Y en qué ha consistido el premio de ayer? 

—En tres mil y pico de pesetas y la bande- 
ra de honor. 

—Pero aquí se lucha por la bandera— terció 
el patrón, que seguía con entusiasmo nuestro 
diálogo—. Este año es muy maja; las tres mil 
pesetas se las reparten los remeros. ¡Ganadas 
bien las tienen! 

Terminamos de comer y nos lanzamos a pa- 
sear por las calles del pueblo. Ardía en júbilo; 
todos los viejos balcones de madera aparecían 
con colgaduras y guapas y garridas mozas 

83 



B L CABALLERO AUDAZ 

asomadas a ellos. Delante de nosotros cami- 
naban unos cuantos muchachos lanzando co- 
hetes; detrás, la banda municipal, que armaba 
un ruido desagradable. También las campanas 
repiqueteaban escandalosamente. 

—Todo esto es por el triunfo y en honor de 
ustedes— me dijo el alcalde. 

—¿Quiere usted que demos un paseo por el 
mar en la trainera vencedora?— me propuso el 
patrón. 

Acepté encantado. Cuando llegaKios al em- 
barcadero ya estaban los trece mozos coloca- 
dos en la barca. Trece buenos ejemplares de 
soberbios marinos. Altos como encinas, an- 
chos como muros, coloradotes por el mar y la 
salud. Nos recibieron con júbilo... Estaban ale- 
gres como castañuelas... Alguno, más de lo 
conveniente, porque de seguro se había des- 
quitado durante la noche de la abstinencia de 
bebidas... 

—¡Viva el patrón!... ¡Viva el señor que le 
acompaña! .. .— gritaron. 

Saltamos dentro de la trainera. Yo me dirigí 
a uno de los que estaban más cerca de mí. Era 
tal vez el más recio de todos. Sus antebrazos 
eran dos tiburones. 

—¿Cómo te llamas, muchacho? 

—Me llaman Chocolate, ¡Bien por Chocola- 

S4 



i o Q U ñ S P P O Q Mí 

le!... Hemos vencido a nueve pueblos y somos 
el más pequeñito... iViva el patrón!... 

— Ese es el marinero más recio que echa re- 
des en el Cantábrico— me dijo el patrón. Des- 
pués, dirigiéndose a ellos con dura autoridad, 
j^ritó— : ¡Vamos!... 

Callaron las bocas y comenzaron a hablar 
los remos. 

El rostro del viejo marinero, en cuanto co- 
gió el timón, se transfiguró. Era todo deleite y 
todo atención. Con sus ojos azules seguía el 
curso de las furiosas olas, que se partían con- 
tra nuestra frágil embarcación como con el 
filo de un hacha. 

—Usted es un «lobo de mar»— le dije. 

—Sobre él me han salido los dientes, y so- 
bre él los voy perdiendo— me respondió, son- 
riente. 

—¿Es usted pescador?... 

—Pescador soy. Teiif^o dos vaporcitos y to- 
dos los días salgo con el alba a pescar sar- 
dinas... 

—¿Hace usted mucho negocio?... 

—No falta. Hay días que traigo ocho y diez 
mil pesetas de sardinas. 

— Nuestro patrón tiene mucho dinero— ex- 
clamó CJwcolaté'. 

—Mira, mis trabajos y mis peligros me ha 



EL CABALLERO AUDAZ 

costado... ¿CuáriLab veceb me liabéib dicho al 
salir que me tragaría el mar?... Y ¿cuántas 
veces nos hemos saludado la muerte y yo?... 
¡Que vive uno de milagro! . . . Esta barra., esta 
picara baira, quita vida a Orio. . . Hay que ju- 
garse la vida todos los días en ella... ¡Muchos 
he visto yo perecer! Hay veces que yo paso 
horas y horas esperando la gran ola sobre cu- 
yos lomos han de atravesar mis barquillas. Si 
escribe usted algo de esto, no se olvide de de- 
cir que el sueño dorado de Orio es tener el 
puerto. 

Pasábamos por debajo del puente que cruza 
la ría. El pueblo, aglomerado allí, nos aplau- 
día frenéticamente. La trainera se deslizaba 
con una velocidad fantáii.tica. Cada palada de 
los remos era un envite que casi nos lanzaba 
fuera de la barca. El viejo patrón, avezado a 
la sinfonía del mar, por sus acordes adivinó 
el peligro que podíamos correr. 
—La galerna está cerca; volvamos— ordenó. 
—Y cuando no puede usted salir de pesca 
porque hay tempestad, ¿qué liace usted, Ma- 
nuel? 
— Ya puede ver, pues... Pasear por la orilla... 
Callamos. Yo pensaba que para este viejo 
marinero el mar resulta un excelente cámara- 
da. Discurriendo por su orilla le parecerá ca- 
se. 



LO QUE S ñ P O /v^ M I 

" r 

minar del brazo de un amigo. De vez en vez 
se detendrá como para escuchar sonriente una 
frase, y contemplará con deleite la frágil bar- 
quilla que peligra sobre una montaña de agua 
o la furiosa ola que se estrella contra una pina 
de rocas. 

Y los trece remeros que me llevaban, dentro 
de cuarenta años serán otros trece «lobos de 
marí> como el viejo Manuel. 



S7 



r^ERNESTO VILCHES 5 



... Y cuando se terminaron de hacer las fo- 
tografías, Ernesto y yo, huyendo de la nube de 
humo que por los techos del comedor y de la 
sala había dejado el mae^nesio, y que comen- 
zaba lentamente a envolvernos, cual el fantas- 
ma gris de los gases aslixiantes, nos refugia- 
mos en un gabinetito despacho, ampho y sen- 
cillo, con detalles de elegante yigilancia. 

Allá afuera, en el comedor— de burgués—, 
quedaba la bella esposa, de pelo profundamen- 
te negro y ojos intensamente azules, rodeada 
de los cuatro diminutos hijitos, que danzaban a 
su alrededor romo angelillos dorados. La 
acompañaban un excelso poeta y un notable 
escritor; Enrique López Alarcón y Mariano 
Alarcón . . . 

Ernesto cogió un cigarrillo de los que había 
dispersos sobre la mesa- escritorio y me ofreció 



g'L CABALLERO AUDAZ 

uno. Mientras lo encendía le dije inlencioiíada- 
mente: 

— Ya le vi a usted anoche. . . 

—; Anoche?... ¿Anoche?— me preg-untó él con 
ingenuidad... V agregó— : No sería anoche..., 
sería esta mañana. 

—En efecto, .í,''o//?7w/^— asentí bromeando—. 
Ya casi era mañana. 

Hizo un picaresco gesto de víctima; después 
deploró: 

—¿Qué quiere usted?... ¡No lo puedo reme- 
diar!... Me gusta divertirme. Y para ello no 
dispongo de otro tiempo que el de la noche. . . 
¡La noche!... ¡Qué bonita es la noche! ¡Qué 
misterioso encanto tiene!... A mí se me figura 
que durante las horas de la noche todos somos 
más sinceros... Parece como si nuestro espíritu 
fuese más a flor de piel; también parece que 
nos hallamos más propicios para la percepción 
de todas las emociones; algo así como si nues- 
tra alma estuviese en carne viva. . . ¿No?... 

—En efecto. 

—Por eso yo soy tan amigo de la noche. Ade- 
más, por la maíiana, si alguna vez he salido de 
casa, no encontré más que cocineras y trape- 
ros, y éste no es precisamente mi elemento. . . 
Mis amigos están durmiendo y se levantan 
tarde... ¿Qué iba yo a hacer por las mañanas 

90 



LO Q U ñ 3 ñ POR MI 

en la calle?... Vagar por ahí un poco para que 
la gente dijese: ¡Vaya que es madrugador el 
señor Vilches!... 

—¿Es cierto que se ha quedado usted con la 
i^rincesa?... 

—Sí, señor; creo que Enrique ha ultimado ya 
eso. Haré allí, con mi compañía del Príncipe 
Alfonso, los meses de abril y mayo; el verano, 
en el Casino de San Sebastián, y después, el 
invierno, sino vinieran María y Fernando, me 
encantaría quedarme en la Princesa . 

—¿Qué g-énero piensa usted cultivar? 

—El mío de siempre. La comedia con mati- 
ces dramáticos... Por lo pronto, estrenaré una 
obra de Mariano Alarcón que nos parece muy 
buena: La venda de sus inaiios. 

—¿Tiene usted mucha afición al teatro? 

—¡Oh!, muchísima. Me caería el premio gor- 
do de Navidad y continuaría trabajando . No 
crea usted que lo digo por decirlo. 

—¿Su padre era también actor? 

—No, señor, mi padre era periodista. Yo he 
nacido en Cataluña; pero en seguida vine aquí, 
donde me he criado. 

—¿A qué edad comenzó su afición? 

—Qué sé yo; toda mi vida. La primera vez 
que sah a un escenario fué en Cartagena, y 
vestido de dama... 

91 



E L CABALLERO A U PAZ 

—¿Cómo es eso? -le preguntó sorpiendulo. 
—¡Curiosísimo! Fué allí una compañía de la 
legua, y cuando tenían anunciado Don Juan 
Tenorio, se puso mala la característica. Enton- 
ces yo, que era un jovenzuelo, les dije: «No os 
apuréis; aquí estoy yo.» Todos me miraron 
asombrados; pero yo salí aquella noche al es- 
cenario y les hice la doña Brígida estupenda- 
mente. Y en el tercer acto me dio tanta rabia 
de que no me conocieran, que antes de hacer 
el mutis en los brazos de Don Juan, me levanté 
las faldas y mostré al público mis pantalonci- 
tos, muy bien puestos. Luego, ya en Madrid, 
estaba estudiando el primer año de Leyes y 
formé una compañía con Llano. En Cartagena, 
.siendo yo soldado, porque senté plaza para 
marcharme a Filipinas, también formé otra 
compañía; por cierto que Gantes, el revistero 
de toros de La Iribuna, figuraba en ella. 
- ¿Siempre género dramático? 
— ¡Ah!, sí, siempre. Al fin, aquí me contrató 
Miguel Muñoa, y después Balaguer Larra, y 
con ellos estuve en la Habana y Méjico. Me 
gustó aquello mucho y me quedé con la Fá- 
bregas. 

—¿Pero usted no estuvo de soldado en Fili- 
pinas? 
—Sí, señor. Todo esto fué al mismo tiempo. 

92 



LO QUE SE POR Mi 

Fui soldado e ingresé en la escuela de Infante- 
ría. Va le diré. Desde Méjico, sin esperar a mi 
beneficio, me fui a Guatemala. Y en Guatema- 
la adquirí muy buenos conocimientos y... allí 
me casé... por casualidad... 

—¿Cómo por casualidad? . . . 

—Verá usted. La que es hoy mi mujer perte- 
necía a una de las principales familias de Gua- 
temala. Casi todas las noches iba a verme tra- 
bajar, y entre ella 3' yo sólo había una corrien- 
te de i'mpatía amorosa. . . Nos mirábamos, nos 
sonreíamos y nos tratábamos como amigos... 
En esta situación llegó el día de mi vuelta a 
España. Fui a visitarla 3' me despedí de ella... 
Sus ojos azules me hicieron un extraño efecto; 
pero... ¡qué caramba! ¡A España! Cuando ya 
estaba preparado para embarcar se me acercó 
un cómico español y me pidió veinte duros, 
con los cuales completaba lo necesario para su 
pasaje. Entonces yo saqué mi cartera y, en vez 
de darle veinte duros, le di mi pasaje y regresé 
al hotel, y después fui en busca de los ojos de 
la que es hoy mi mujer... Figúrese usted su 
sorpresa. «Pero Vilches, ¿usted aquí...» «Seño- 
rita—la dije—, me he quedado aquí para casar- 
me. > «¿Con quiéü?>, me preguntó muy extra- 
ñada. «Con usted», repuse tranquilamente. 
Y, en efecto, a los tres meses, contra viento y 

9S 



E_L CABALLERO AUDAZ 

marea, nos casábamos. Allí tuve que ingresar 
en una compañía de zarzuela, porque era ne- 
cesario comer, y después marchamos a New- 
York. En New-York unos parientes de mi mu- 
jer querían meterme en el ne.^'ocio de minas; 
pero 3'o no acepté: yo no podía ni vivir en New- 
York, ni soportar el carácter serio y seco de 
sus habitantes, ni complicar mi cerebro con nú- 
meros. ¡No podía, no podía! ¡Mi España! Re- 
g"resé aquí. Y formé compañía para darme a 
conocer en La Granja. Causé muy buena im- 
presión entre los veraneantes; la Infanta me 
proteg-ió mucho y fui contratado para la Co- 
media; anduvo la Guerrero tres años detrás de 
mí, hasta que me pescó y me contrató en su 
compañía... Lo demás está en la superficie; 
todo el mundo lo sabe. 
—¿Cuál es la obra que ha hecho usted más a 

j^UStO? 

Meditó un momento indeciso. 

—Qué sé yo— exclamó después—. Todas... 
Yo he tenido poca suerte en las obras. . . To- 
davía no ha lleg-ado la mía... 

— Pues ¿y El amigo Tcddy, no es una crea- 
ción admirable de usted?... 

— F.l amigo Teddy... El amigo Tcddy.,. No... 
No es esa mi obra... Yo quiero alg^o más inten- 
so; pero es preciso que los autores me lo trai- 

94 



LO Q U t SE POR M i 

g-aii... Yo tengfo el alquila levantada esperando 
obras... 

—¿Cuál es su actor predilecto? 

—Me ?:usta sobre todos Morano; lo creo el 
más completo, el más viril. 

—¿Y de ellas? 

—Rosario Pino, y, como ingenua, la Barce- 
na; únicamente como ingenua; no creo que 
tiene condiciones para hacer lo que ahora 
quiere hacer. 

—¿Tiene usted buena memoria? 

—No, señor; fatal. Yo no me -aprendo el pa- 
pel para decirlo como un papagayo... Tengo 
primero que sentirlo... Si lo encomiendo sólo a 
mi memoria, estamos perdidos. Yo me estudio 
la obra entera, pues lo escrito no quiere decir 
nada,.. Es preciso saber la situación y la psico- 
logía de los personajes. Por ejemplo: un no 
puede tener tantos matices como toda una nu- 
meración. A mí, mientras más hago los pape- 
les, más me gustan, y cada día los reformo, 
encaminándolos en el grado máximo a la rea- 
lidad. 

—Su publico de usted está compuesto, en su 
mayoría, por damitas de la buena sociedad. 

—Sí, en efecto, son mis devotas clientes. 

—Y recibirá usted muchas carlitas perfuma- 
das y amorosas, ¿no? 

95 



P. L CABALLERO AUDAZ 

Sonrió. 

—Muchas, pero sin importancia. Sugestiona- 
das por los personajes que represento. Luego 
me ven sin pintura y se desilusionan. 
—¿Cuál es su vicio más acentuado? 
Rió confuso. 

— ¡Qué se yo!... Me gusta flirtear, beber 
champaña y jugar al pocker. Me gusta todo lo 
sensual y lino. No me acuerdo nunca de acos- 
tarme ni de levantarme. Mis amores son: mi 
casa, primero; el teatro, después... Yo no aho- 
rro una peseta, y lo único bueno que he reali- 
zado en esta vida es hacerle a mis hijos un se- 
guro para el día que emprenda el viaje final. 
Hizo una pausa; después murmuró: 
—Amo la vida errante. Me gusta viajar con- 
fortablemente. Quisiera trabajar diez meses al 
año y dedicar dos a viajar... Ese sería mi ideal. 
—¿No estuvo usted en operaciones cuando la 
guerra colonial?... 

-Sí, señor; estuve en Noveletat. Recuerdo 
que allí entramos en fuego y mataron a un 
muchacho a mi lado. Un oficial me dijo: «iLlé- 
vatelo!» «i Pero si está muerto!»— le advertí—. 
«¡No importa, llévatelo!» Cargué con él. Des- 
pués me marché a hablar con el general Blan- 
co, ingresé en la Academia y salí cadete. Pero 
yo no había nacido para militar. Afortunada- 

96 



L _0 Q U B S ft P. O f? M t 

mente caí enfermo con calentura, y una her- 
manita de la caridad que simpatizó mucho 
conmigo me incluyó en la relación de inútiles 
y regresé a Barcelona... Y me dio tanta ver- 
güenza de desembarcar como enfermo estan- 
do sano y fuerte como un roble, que me hice el 
cojo... Recuerdo que el público, al pasar yo 
haciendo piruetas, murmuraba compasivo: 
Mira... Pobrecito... Tan joven y ya inútil para 
toda su vida. 

—Tiene gracia— comenté yo, riendo. 

Y callamos... Y durante este silencio yo ob- 
servaba detenidamente al artista. Su rostro 
pálido y enjuto parece el de un aristócrata ca- 
lavera; sus ojos acerados no inspiran coníian- 
za; sus manos, largas y muy pulidas, serán 
envidiadas por muchas damiselas, y su boca, 
de labios finos, está siempre contraída por una 
mueca burlona. 

Vestía elegantemente... Traje azul, botines 
grises, camisa de seda y una gruesa perla 
prendida en la corbata. 

Una voz femenina ños llamó desde el co 
medor. 

—¿No vienen ustedes a tomar café? 

—¿Quiere usted?— me invitó Ernesto. 

—Vamos allá— le contesté. 



7-v S? 




La chiquilla aquella era un encanto por la 
gentileza de su cuerpo, por su cabecita dora- 
da de paje medieval, por su carita angelical y 
picaresca, por su hablar gracioso... 

—Si se deciden a esperarlo, papá no ha de 
tardar . . . Pasen ustedes. . . 

Siguiéndola como a un ángel salvador llega- 
mos hasta el estudio donde acostumbra a tra- 
bajar el maestro. Un perrito chiquitín nos ha- 
cía zalameos y fiestas como si fuésemos amigos 
de toda la vida. La preciosa nena se dispuso a 
hacernos menos pesada la espera dándonos 
conversación. 

—¿Tú eres hija del maestro Morera? 

—Sí, señor. 

Hizo un silencio y después murmuró muy 
tristecita: 



9d 



EL CABALLERO AUDAZ 

—Tenia un hermano, que murió hace poco 
tiempo de la peste. 

—¡Caramba! iQué desgracia!... Pobretina... 
;Y le echarás mucho de menos? 

—Sí, porque jugábamos siempre juntos. Aho- 
ra tengo que jugar con mamá y con papá... 

El acento catalán endurecía un poco el dul- 
ce hablar de la niña. Sonó un timbre... 

—Ya está ahí papá— exclamó la nena, yendo 
a su encuentro. 

Al momento apareció en el dintel el maestro 
Morera. Alto, seco, de facciones pronunciadas; 
cabellos largos, lacios y en desorden; ojos pe- 
queños, pero vivos; bigotes de largas y finas 
guías . La presencia del maestro Morera es la 
de un artista simpático.. . En seguida nos ex- 
plicó su tardanza . . . 

—Perdóneme. La subdirección de la Escuela 
Municipal de Música me tiene preso siempre. 

—¿Y le da a usted mucho trabajo? 

—A mí, sí. 

—¿Qué sueldo tiene usted? 

— Cinco mil pesetas. Poco... 

—Claro que, aparte de eso, tendrá usted los 
ingresos de lo que producen sus obras. 

—Casi nada... Yo vivo exclusivamente de 
esto y de las lecciones que tengo aparte de la 
cátedra: unas mil pesetas mensuales en total... 

ÍOO 



LOQUE S ñ P O R M 1 

Aquí, en Barcelona, la música no da nada; no 
es como en Madrid. . . Ya ve usted: yo cobro a 
cinco duros mensuales las lecciones; una cosa 
miserable; pues, sin embargo, cuando a mu- 
chos les pido los cinco duros, se asustan y no 
\'uelven. 

Calló el maestro y me ofreció un pequeño 
cigarro puro. La nena, sentada sóbrelas ro- 
dillas del padre, seguía en silencio nuestra 
conversación y nos observaba a hurtadillas . 

—¿Cuándo trabaja usted?— le pregunté. 

—Trabajo siempre de día; de noche, jamás. 

— r'Y le cuesta a usted trabajo producir?... 

—Según; si estoy en situación nerviosa, es- 
cribo con una facilidad grandísima; si no, ten- 
go que dejarlo. Esto me ocurre mu}»- pocas ve- 
ces, porque como he escrito tantísimo, el oficio 
lo domino.. . 

—¿Usted es catalán? . . . 

—Sí, señor; nacido aquí, en Barcelona. 

—¿Cómo empezaron en usted las aficiones 
por la música?... 

—Mi padre era músico, pero músico peque- 
ño, }', a fuerza de pescozones, me enseñó el 
violín y el piano . 

— Entonces, ¿usted no tenía por la música 
una predilección decidida? 

—Hombre, a los diez años no se tiene predi- 

101 



B L CABALLERO AUDAZ 

lección por nada que no sea jug:ar. El que diga 
lo contrario es un pedante. De la Argentina, 
donde estuve con mi padre, volví a España de 
catorce años. Un maestro cualquiera me siguió 
enseñando piano , violín y armonía . Hasta 
que una tarde fui al Liceo a un concierto de 
Albéniz, y me gustó tanto, que al día siguiente 
me fui a su casa para ser su discípulo.. . En- 
tonces él me dijo: « Tú debes estudiar con 
Pedrell.> Yo ni creía ni creo en Pedrell; pero 
obedecí. Estuve tres afíos estudiando con él, y 
después me fui a América. Y allí, amigo mío, 
me di cuenta de que Pedrell no me había ense- 
ñado nada. De América me trasladé a Bruse- 
las para aprender el contrapunto. Allí me ga- 
naba la vida con el violín, que lo dominaba en 
absoluto. 

—¿Y cómo lo dejó usted?. . . 

Morera rió al recuerdo de alguna travesura; 
después repuso: 

—Una noche, en Bruselas, nos fuimos de 
juerga Francés y yo; nos hizo falta dinero y 
se lo vendí a un ciego de un café en una canti- 
dad absurda. Le advierto a usted que era un 
violín magnífico, como no he tenido otro en 
mis manos. A mi regreso de Bruselas le ense- 
ñé armonía a Albéniz. ¡Ah!, porque las lec- 
ciones que yo doy no son de piano ni de vio- 

102 



LO QUE S S POR M ^ 

lín; sólo enseño armonía, que es el nudo de 
todo. Aquí, generalmente, no saben armonía 
los pianistas. 

— ¿Cuál fué el primer éxito que tuvo 
usted?... 

—El primer éxito fué mi primera obra... Una 
danza que gustó grandemente; pero para salir 
adelante tuve que sufrir muchísimo. Esto era 
un caos. A los jóvenes nos tiraban a degüello 
los viejos... En fin, un martirio... Al cabo con- 
seguí estrenar en el Principal Atlántida y tuve 
un éxito enorme. Después hice Emporiiitu con 
Marquina; también gustó aquí mucho. 

—Esta obra, ¿no la estrenaron ustedes en el 
Lírico, de Madrid? 

—No, señor; no se llegó a estrenar. A raíz 
de inaugurarse el Lírico, la teníamos allí 
anunciada y hasta ensayada; pero de pronto 
se hundió la empresa y todo se lo llevó la 
trampa. 

—¿Para qué le gusta a usted más escribir?. . . 

No me dejó terminar. 

—Para el teatro... 

—¿Cuántas obras tiene usted estrenadas? . . . 

—Unos setenta actos... Entre ellos, siete 
óperas: La devoción de la crus, Emporinm, 
Muniiselda, Titayna, La Fada, La Bofa j 
Fassarba. 

im 



B L CABALLBK'O AUDAZ 

—¿Y para estrenar? 

—Dos óperas con Guimerá: fcstls de Nasa- 
reno y La santa espina. 

— ¿Cree usted que España atraviesa por un 
momento de decadencia musical? 

— jAh!, no, señor — protestó rápido — ; al 
contrario: hay un renacimiento. Ahora bien: 
en mi opinión, la zarzuelita y todo el género 
chico ha hecho y hace mucho daño a la música 
española; primero, porque los músicos serios 
se sienten atraídos por los momentáneos bene- 
ficios de este teatro y abandonan la música 
grande y seria, y segundo, porque los musi- 
quillos sin consistencia se refugian en esta mú- 
sica populachera y desvían el gusto del públi- 
co... Usted sabe que al público hay que edu- 
carlo para todas las cosas. 

—¿Qué músico es su preferido? 

—¡Oh!, a mí, ¿sabe usted?, me gustan mu- 
chos... Yo soy una mezcla de todo... Admiro 
por igual a Beethoven y a Wagner... No, no 
tengo una predilección decidida... Straus, a 
ratos, me gusta muchísimo . . . 

—¿Y españoles?... 

—Son compañeros todos y no quiero moles- 
tar a unos con el elogio que haga de otros. . . 
Además, no conozco bien la música de todos. 
Aquí tenemos un muchacho, que fué discípulo 

104 



^ V^_ _ g^ ^ ^ ^ p o fí ^ / 

mío, que vale muchísimo: }aime Paissa; pero 
es un haragán. 

—¿Qué opina usted sobre el porvenir de la 
ópera española? 

Morera hizo un gesto de recuento; después 
exclamó: 

—Que está todavía un poco verde. La ópera, 
en el sentido ópera, con toda su grandiosidad, 
hay muy pocos en España que la sientan. . . A 
veces, Bretón tiene chispazos musicales que 
deslumhran; pero, como he dicho antes, la zar- 
zuela nos lo arrebata. .. Dicen algunos que la 
culpa la tiene el público. No lo creo. Si hubie- 
se obras, al público se le cautivaría. 

— ¿Por qué no se va usted a trabajar a Ma- 
drid, maestro?... 

—¿No ve usted que ya estoy atado aquí? La 
cátedra es la base de mi vivir... Yo acaricio, 
como algo supremo, la ilusión de estrenar una 
ópera en el extranjero; esto es todo mi ideal. 
Tanto es, que en el momento que termine esa 
matanza inhumana me iré a París o a Berlín y 
no he de parar hasta conseguir mi deseo. 

—¿Lo ha intentado usted ya?... 

—Sí, señor; cuando se declaró la guerra, ya 
estaba en buen camino. En el teatro Nacional, 
de Amberes, tenían, y deben tener, para estre- 
nar El liada, y en Alemania, litagísa, cuyo 

105 



EL CABALLERO AUDAZ 

libro es de Guimerá. Con esta maldita guerra 
todo está en suspenso... Es un paréntesis; ya 
veremos después. No suponga usted que mi 
afán de estrenar en el extranjero es por vani- 
dad; no, no, nada de eso. 

—Entonces, ¿por qué? 

—Pues porque aquí, en España, la música 
no produce nada, y yo quiero sacarle todo el 
jugo posible. 




Tal vez mis asiduos lectores no se haj'aii ol- 
vidado todavía de cierto caballero ruso llama- 
do Abraham Z. Ratner, al que yo hice desfilar 
por estas páginas, por ser un hombre de un 
gran entendimiento, de una fortuna asombrosa 
y, sobre todo, de un trato originalísimo.. . Yo 
le describí tal como era, tal como «se dejaba 
sentir»: fantástico, generoso, lleno de misterio 
y de cordialidad; sin embargo, casi nadie creyó 
que se trataba de un ser real, sino de una crea- 
ción de mi fantasía... ¡Ah! Hasta mi entraña- 
ble don Benito, en el prólogo con que honró mi 
libro Lo que sé por mi, pone en duda la exis- 
tencia del fastuoso caballero Ratner de esta 
manera: «V ahora pregunto: ¿es también una 
graciosa fantasía de El Caballero Andas su co- 
loquio con un multimillonario mejicano llama- 
do Ratner?» Nada de eso, mi querido don Beni- 

107 



B L CABALLEJO AUDAZ 

to... El caballero Ratner vive entre nosotros. 
Después de su primera entrevista conmigo, se 
perdió por el mundo, como un hombre errante. 
De vez en cuando tenía noticias de su exis- 
tencia. Me las traía una pequeña cartulina que 
invariablemente decía: «Su amigo Ratner le 
recuerda con gusto a su paso por Nueva York», 
«a su llegada a Londres», «a su salida de Mé- 
jico», «durante su estancia en Rusia.» Y nada 
más. 

Al día siguiente de estar Campúa y yo ins- 
talados en el hotel Colón de Barcelona, un ca- 
marero me entregó la pequeña tarjeta de mi 
amigo... Esta vez decía: «Sé que está usted en 
Barcelona. Nos veremos pronto; mientras tan- 
to, le saludo y le doy mi bienvenida. Al mismo 
tiempo, desde este momento queda a la puerta 
del hotel Colón, y a su orden, un automóvil, 
que le agradeceré utilice todo el tiempo que 
esté aquí.» 

Un poco sorprendidos Campúa y yo, nos 
asomamos a la puerta del hotel. En efecto: un 
magnífico coche «Hispano», 60 H. P., de seis 
cihndros, nos esperaba... Nuestra primera vi- 
sita fué para Ratner. 

Y allí concertamos la excursión a la monta- 
ña mística de Montserrat. 



LO QUE S B POR A/ i 

De Kai celona salimos a las nueve de una ma- 
ñana transparente. El coche, como una cente- 
lla, se lanzó por la sierra del Tibidabo y por 
los magníficos y laberínticos bosques de la Ra- 
bassada. Dentro de él íbamos Ratner, Bala- 
guer, Campúa y yo. La emoción del multifor- 
me paisaje, que ya comenzaba a dorarse por 
el sol matinal, nos llevaba mudos, sumidos en 
una contemplación silenciosa... Cuando deja- 
mos de ver el grandioso cuadro urbano de 
Barcelona, apareció ante nuestros ojos más 
tangible, maravillándonos con su grandeza 
portentosa, el prodigio montañoso de Montse- 
rrat. Nada hay en la vida que emocione tanto 
como la Naturaleza, ni ante nada se encuentra 
el hombre tan mísero y tan insignificante como 
al pie de una gigantesca montaña que con su 
penacho parece calar la bóveda celeste. 

Como un clamor de civilización, atravesa- 
mos por la calle principal de varios pueblos... 
tan tristes y tan pobres como los de Castilla. . . 
A las tiendas miserables se asomaba gente 
zafia a decirnos «adiós» con el pañuelo... Los 
ojos bellos de alguna moza garrida nos hacían 
comentar su belleza estéril y abandonada en 
aquellos rincones olvidados y anodinos. Al fin, 
como una enorme serpiente que se enrosca a la 
montaña, comienza la carretera que ha de de- 

109 



EL CABAL LBQ O A U PA 7. 

jarnos en el Monasterio... Es decir, ha de de- 
jarnos si el que lleva el volante del automóvil 
no es acometido por un pequeño titubeo, y las 
ruedas inquietas del coche no se desvían una 
cuarta de la cinta blanca que se encarama... 
Porque a nuestra derecha están abiertas las 
fauces de un abismo hermoso, heroico, cuyos 
colmillos son riscos imponentes... El auto co- 
rría, volaba, subiendo por aquel tobogs^an in- 
fernal . En cada revuelta el panorama era más 
grandioso y más distinto, y la voluptuosidad 
de morir rodando hasta el fondo del valle, más 
tenaz... Conforme íbamos llegando a la cresta 
de la montaña mística, una nube g^ris nos iba 
envolviendo, dándonos la impresión de que en- 
trábamos en el mismo cielo. Las rocas que ro- 
dean a la inmensa roca-diosa, parece que le 
rinden vallasaje por su grandeza ciclópea... 
En sus perfiles, como a veces en las nubes del 
cielo, se adivinan formas humanas, que nos 
dejan perplejos sobre los misterios de la Natu- 
raleza. 

Al fin llegamos a la cúpula de Montserrat. . . 
Allí está el Monasterio. En el patio de él echa- 
mos pie a tierra ... Ninguna belleza artística 
creada por la mano del hombre nos deslum- 
hró.. . En la portada del convento se alza la 
virgen de Montserrat toscamente esculpida en 

110 



LO QUE SE POP h1 í 

piedra. Las edificaciones, solamente para la 
crítica podríamos citarlas. Parece aquello una 
pina de posadas de mal gusto y un tanto rui- 
nosas. 

Yo, delante de todos, ascendí por la amplia 
y destartalada escalera de ladrillos rojos, que 
da entrada al Monasterio... Un frailecico, jo- 
ven y confuso, ños salió al paso. 

—Hermano: ¿podríamos visitar el Monaste- 
rio?...— le pregunté. 

—Se lo diré al padre Merced— me contes- 
tó con gesto lleno de humildad y mansedum- 
bre. . . 

En sus manos, curtidas y toscas, deposita- 
mos nuestras tarjetas... A poco estábamos en 
una galería, de cuyas paredes pendían ricos 
cuadros del Greco ^ Rubéns y Tizziano, y en 
presencia del abad Merced... Era este religio- 
so, joven— una juventud de unos treinta y cin- 
co años—, alto, de rostro armónico y colora- 
do... Lo más saliente en su trato era su simpa- 
tía, una simpatía blanda, acariciadora. No era 
un religioso rígido e intransigente, sino al con- 
trario, amplio y ameno... Con su sonrisa modo- 
sita y su conversación impregnada de humil- 
de dulzura, ganó al momento nuestro apego. 
Mientras que nos iba enseñando el Monaste- 
rio, hablábamos... Su voz dulce y su mirada 

11 i 



E i C A B A L L E R O A U /> A Z 

íranca a través de las gafas de oro, nos Inspi- 
raban una confianza casi fraternal. 

—Entonces, padre, esta fundación...— inqui- 
rimos. 

— Esta fundación, como usted sabe, pertene- 
ce a los reverendos padres Jerónimos. La 
fundó el mismo San Jerónimo, cuya ermita 
de monje está situada en la cresta de la mon- 
taña... 

—¿Y cuántos relig'iosos son ustedes en este 
Monasterio?... 

—Cuarenta padres y cuarenta y cinco her- 
manos. Los padres somos sacerdotes. . . Ade- 
más. .., tenemos veinticinco estudiantes que si- 
guen la carrera eclesiástica. 

—¿Y de qué se sostiene la fundación? 

—De la misericordia de Dios, de las limosnas 
de los fieles, de nuestras familias y del beneíi- 
cio que nos dejan las dos pequeñas industrias 
que tenemos aquí instaladas. 

—¿Que son?. . . 

—Licores y chocolate. Durante dos años he- 
mos tenido suspendida esta elaboración, pero 
ahora han vuelto a autorizárnosla. 

-Además, los turistas les dejarán a ustedes 
gran beneficio. 

—Algo. En el Monasterio tenemos habitación 
para más de dos mil personas, Son viviendas 

ti- 



L^q Q u e 3 s P o Q Mr 

modestas, pero que tienen todo lo necesario. 
Sobre todo, vienen muchos matrimonios a pa- 
baria luna de miel. 

— Efectivamente, el sitio invita al amor. 

El monje sonrió tristemente. 

—¿Y qué precio llevan ustedes por esas ha- 
bitaciones. ^.. 

—Antes no dábamos precio: lo dejábamos a 
la misericordia de los huéspedes; pero eran 
tantos los que después de estar aquí meses y 
meses no daban nada, que tuvimos que fijar 
una pequeña cantidad. 

—¿Y cuándo hay más visitantes?... 

—En verano, por lo regular, está esto lleno; 
en Semana Santa y en Pascua también acude 
muchísima gente. Yo calculo que al año nos 
visitarán unas ciento treinta mil personas como 
mínimo. También por la venta de reliquias y 
curiosidades y recuerdos de la montaña tene- 
mos un pequeño ingreso... 

—Vamos a ver, padre, ¿y aquí no leen uste- 
des más que libros religiosos?. . . 

—No, hijo mío; leemos todo lo que la censu- 
ra eclesiástica nos permite. Vuestro periódico, 
por ejemplo, tiene aquí muchos admiradores; 
yo me he complacido mucho leyendo las infor- 
maciones de usted, y se va usted a reír si le 
digo una cosa, 

8-v 113 



SLCABALLBf?0 AUDAZ 

—¿El qué, padre?... 

—Que a Dios le he pedido varias veces me 
deparase la ocasión de conocerle; claro que 
honrándonos con su visita, pues de otra forma 
no era posible. 

—Pues, padre, ha sido una petición un poco 
atrevida, porque yo soy el mismísimo de- 
monio... 

El religioso hizo un gesto de inefable dul- 
zura... 

—Nada puede el demonio donde reina Dios. 
No; no crea usted, Caballero AiidaJí, que no 
debe ser usted un modelo, no; pero vamos, 
tampoco un diablo. Tan mal no le juzgo yo. 
Desde luego, por la vida que hace usted, 
grandes serán sus pecados; pero la miseri- 
cordia de Dios es infinita. Tenga siempre fe 
en ella. 

La voz del benedictino era profunda y con- 
soladora como saturada de un bálsamo purifi- 
cador. 

—¿Qué vida hacen ustedes los religiosos? 

—Nos levantamos en todo tiempo a las tres 
y media de la mañana. Y según las obligacio- 
nes de nuestro cargo, así repartimos las horas 
del día. 

—Usted es joven, ¿verdad, padre? 

—Tengo treinta y cinco años... 

114 



^' o Q U B 3 B POR Mi 

^¿Cuánto tiempo lleva usted en el Monas- 
terio?... 

El religioso, como si en recordarlo sintiera 
un supremo deleite, exclamó con lentitud: 

—Llevo aquí veintitrés años; quitando cuatro 
que estuve en Roma... Yo entre en el Monas- 
terio a los doce años; comencé por estudiar la- 
tín, y después... Dios me iluminó para quedar- 
me aquí siempre . . . 

—¿Y está usted satisfecho?... 

—Satisfechísimo. Si mil vidas tuviese^ mil 
vidas dedicaría a Dios en la misma forma que 
lo he hecho. 

— ;Y aquí les visitan a ustedes sus fami- 
lias?... 

—Aquí recibimos la visita de todo el mun- 
do... Es decir, señoras no pueden entrar; ¡sólo 
la Reina! 

—Y de alimentación, ¿se cuidan ustedes 
bien? 

—Comemos de vigilia todo el año, y, sin em- 
bargo, fíjese usted qué buen color tengo. Us- 
ted, en cambio, está pálido... Esa vida que 
hará... 

—Una vida un poco funesta, padre; pero 
bastante más vida que la que hace usted... 
¡Veintitrés años metido aquí, en las entrañas 
de la Naturaleza; enterrado en vida; sin peli- 

115 



ñ L CABALLERO AUDAZ 

gros, sin zozobras, sin inquietudes, sin... amo- 
res! ¡Por Dios, padre!... 

El abad sonrió dulcemente. 

— ¡Uh!, no diga eso, no diga eso, hijo mío. 
Desde aquí estamos más cerca de Dios que 
desde el mundo atropellado en que usted vive, 
porque, aunque Dios está en todas partes, 
quien más se consagra a él, más cerca le sien- 
te. . . Además, vivir aquí, para nosotros los re- 
ligiosos, constituye un deleite... Yo me moriría 
de pena si me sacaran de mis montañas de 
Montserrat. 

Y como el místico era muy simpático, yo 
me atreví a decirle mi pensamiento en voz 
alta. 

—No lo comprendo, padre. Vivir envuelto 
siempre en una nube; pasar por la vida sin 
vivirla intensamente... ¿Qué hacen ustedes 
aquí?... Vegetar como plantas silvestres. ¿No 
le da a usted pena de morirse así? 

El abad tuvo un momento de confusión... 
Campúa y Ratner reían . 

— ¡Oh! jUsted está loco!...— me dijo-. Pero 
esté seguro de que no le tomo en cuenta lo que 
me dice. 

—Es que la vida mundanal es tan bella y hay 
tanta mujer hermosa. . . 

—Nosotros olvidamos lo humano para con- 

116 



I ó Q Ü t SE POP Mí 

sajáramos a lo divino; no puedo, pues, hablar 
con usted en ese terreno. Si usted se compro- 
mete a estar a mi lado haciendo la vida que 30 
hago todo un día, yo respondo de que, a pesar 
de sus desvíos, El Caballero Anda:: se queda- 
ría aquí entre nosotros para siempre.. • 

y el curita reía beatíficamente. 

—¿Sabe usted lo que siento, padre?— le repu- 
se yo. 

•—¿El qué?... 

—Que sea sacerdote. 

—¿Por qué, hijo mío?.. . 

—Porque es usted muy simpático, muy cul- 
to, y de no ser sacerdote, desde este momento 
sería usted amigo mío y viviríamos la vida 
juntos... 

Habíamos llegado a la fábrica de licores... 
Allí el prior nos obsequió con unas botellas. 
Cuando terminamos el coloquio con el religio- 
so era ya casi de noche... Encantados de su 
amabilidad abandonamos el Monasterio. 

—¿Sabes que no me disgustaría a mí quedar- 
me aquí para siempre:* -murmuró Campúa. 



117 




— Vengfa usted, amigo Juda^; asómese aquí; 
verá usted qué vistas tan preciosas— me dijo 
Zamacois, ¡¡i vitándome a salir al balcón de su 
casa... Acepté... 

Es un cuarto piso que cae sobre el boulevard 
de Carranza . . . Como desde la barquilla de un 
globo se dominan todas las edificaciones de 
alrededor, y la vista se pierde allá, en las be- 
llas afueras que rodean a Madrid... Ei Parque 
del Oeste, la Casa de Campo..,, la pradera de 
San Isidro... 

—En las tardes brumosas— me explicó Za- 
macois -aquel fondo de la Casa de Campo que- 
da suavemente velado por la niebla, y al fun- 
dirse con el cielo, parece el mar... Es muy her- 
moso esto, ¿verdad? 

Asentí y permanecimos un momento más en 
silencio, saturado por la emoción del espec- 

119 



EL CABALLERO AUDAZ 

táculo, y después nos internamos en el despa- 
cho... Una habitación de trabajo, cuyas pare- 
des están adornadas con millares de fotogra- 
fías de amigos tropezados en el sendero de la 
vida. Muchos de ellos ya han desaparecido para 
siempre. Cada retrato de aquéllos le recordará 
al dueño un momento de su vida, tal vez una 
ilusión rota; todos juntos le hablarán de una 
alegre juventud que se consumió..., que se 
consumió para siempre. Es aquella una com- 
parsa de recuerdos para en los ratos de melan- 
colía desandar con la imaginación todo el ca- 
mino andado. 

Yo tomé asiento ante la mesa de trabajo — 
Eduardo permaneció un momento de pie... 
Ofreciéndome un cigarrillo, me dijo riendo: 

—¿Quiere usted envenenarse con esta cáp- 
sula?... 

Mientras que lo encendía observaba atenta- 
mente al joven maestro de la literatura, y vino 
a mi memoria una frase muy gráfica de una 
amiguita nuestra: 

—Eduardo Zamacois, pareces un hombre de 
película..., un detective— \t dijo una noche, des- 
pués de una cena. 

Con esto quería aquella linda mujercita ex- 
presar que Zamacois no es un tipo vulgar. En 
efecto... Alto, recio, de proporciones gallardas, 

190 



LO QUE SE POR Mi 

muy derecho, anda con cierta airosa }■ alegan 
te íiamenquería de caballero conquistador y 
galán. Su cabeza es una bella cabeza de artis- 
ta, que posee la coquetería de estar invadida 
por las canas, y, sin embargo, aparenta juven- 
tud y vigor. Sus cabellos ondulados, que peina 
a la antigua usanza sevillana, no son negros, 
ni grises, ni blancos; tienen un tornasolado azul 
y brillante, como un reflejo... 

Lleva la piel completamente rasurada, y por 
su tersura, sus transparencias rosadas, la pe- 
quenez de la boca y la liviana candidez infan- 
til de los ojos azules, se asemeja su rostro al de 
esos niños de biscuit que venden por los baza- 
res... 

¡Siempre ríe!... ¡Siempre! Y cuando habla de 
supremos instantes de angustia, de pelea 3' de 
hambre, en vez de entristecerse, ríe más... 

Años de miseria y de risa. Así se titula un 
próximo libro de Zamacois. ¡Miseria y risa!... 
¿No está en este título firmemente trazada la 
silueta espiritual de este gran novelista?... Es- 
toy seguro que Eduardo Zamacois, cuando se 
vea cara a cara con la muerte, reirá y no fal- 
tará en sus labios una frase irónica y hasta una 
exquisita galantería; esto último, por tratarse 
de una dama y ser él caballero rendido que 
siempre cultivó con éxito el amor... 

121 



n L C A B A f. L E /^ O A U D ¿ / 

El célebre esci.itor es, sobre todas las cosas, 
un <,2;Tan simpático». Su charla templada y 
amena, irisada de imágenes y ejemplos, llena 
de g'racia e impregnada siempre sn una ironía 
delicadísima, cautiv^a al momento. Al fin Za- 
macois, después de hablarme algo de los retra - 
tos que nos miraban fijamente, se instaló en 
una silla frente a la mesa, y antes de comenzar 
mi interrogatorio, me dijo: 

—Se ha metido usted en un laberinto de mil 
demonios, amigo Aiida.^... Esta interviú que 
piensa usted hacerme se la criticará la mar de 
gente. . . 

—¿Por qué?... 

— Porque yo soy un escritor que apasiona 
mucho... Para juzgarme a mí no hay término 
medio.. 

Y reía... 

—Hombre, eso es bueno... 

—No, si a mí me agrada; lo peor es estar 
siempre bien; Dato, por ejemplo, está siempre 
bien; eso ¡es horrible!... Estos señores se ase- 
mejan a los trajes de entretiempo: no sirven ni 
para el invierno ni para el verano... Resultado 
del apasionamiento que levanta mi literatura 
es el sinnüiiiero de cartas que recibo continua- 
mente... 

—¿De mujeres?... 

tQ2 



LO Q U B Ó E PO R MI 

-De rnujereo y de hombrea. . . 

Hizo una pausa. i\lediió un momento; des- 
pués, variando el carácter de voz, como un ac- 
tor francés para hacer un inciso en la charla, 
me preguntó: 

—¿Usted ha leído mi no reía El seductor?. . . 

—Sí, señor. . . 

— (íLa recuerda usted? . . . 

—La recuerdo . . . 

—Pues bien: le vo}^ a referir una anécdota 
relacionada con esta novela... Me parece que 
es interesante... Pero si a usted no le interesa, 
la cortamos inmediatamente. Hacía algún 
tiempo que había publicado El seductor, y vivía 
i'^o en un pisito de la calle del Marqués de San- 
ta Ana... Tendría entonces unos veinticinco 
años. Un día me dijeron: <Ahí hay un señor 
que quiere verte...» «¡Bah!, un inglés», pensé. 
En aquellos tiempos estaba yo muy apurado de 
dinero. En esto he variado muy poco. Resigna- 
damente dije: «Que pase...» A los pocos mo- 
mentos apareció en mi despacho un caballero 
de buena estatura y buen aspecto. . . Represen- 
taba tener unos veinte años. Venía pálido, des- 
encajado, preso de una excitación nerviosa 
que me inquietó; tenía la boca seca y los ojos 
febriles. «¿Usted es el señor Zamacois?», me 
preguntó con voz temblorosa. «Servidor el j us- 



e L CABALLERO AJJ_ _0 A 2 

led», repuse. «¿El que ha escrito El seductor?* 
«Sí, señor; aunque se me esté vcidX en confesar- 
lo.» Mi hombre, entonces, miró a todas partes. 
«¿Estamos solos?», inquirió. «Ya lo ve usted...» 
A todo esto su temblor iba en aumento; no po- 
día ni liar el cigarro, que se le rociaba entre 
los dedos. «¿Ve usted? No puedo ni hablar; es- 
toy loco», se disculpó. «Pero, ¿qué le pasa a 
usted, señor? Tranquilícese... Tome asiento. 
¿Qué es ello?...» El desconocido se dejó caer en 
una de mis viejas butacas, y después, casi llo- 
rando, me dijo: «Vo me llamo Alberto Guime- 
rá, y soy un hombre horriblemente desgracia- 
do, don Eduardo... Me encuentro en el mismo 
caso que el Vizconde de i?/ s^rfwcto;'... Yo te- 
nía relaciones con una mujer; esta mujer ha 
roto conmigo, sin saber por qué, y jo no pue 
do vivir sin ella. ¿Qué hacer? ¿Cómo reconquis 
tarla?...» «Eso usted verá, amigo mío», le dije.. 
«No, señor; yo soy un bruto, yo solo no puedo 
es necesario que usted me ayude. > «¿Yo?», ex 
clamé asombrado. «Sí, señor; usted, que escri 
bió aquellas cartas con las que Don Plácido 
cautivó a la Marquesita de Gárgoles ^ es menes- 
ter que me escriba a mí otras con las cuales 
rescataré a Encarna.» Yo rechácela indica- 
ción; pero, amigo, el mozo me lloró tanto, que 
al fin cedí. «Lo haremos, ¡qué caramba!,..' 

12; 



LO QUE SE POR Mi 

Ahora yo no sé ::-i en la realidad obtendrá el 
mismo resultado satisfactorio que en la novela. 
Por lo pronto, va usted a darme todas las se- 
ñas 3" referencias de esa mujer... Las cartas 
que yo le ponga las copiará siempre en una 
misma clase de papel, y llevarán el mismo per- 
fume.» Y así le hice varias observaciones mi- 
nuciosas. Y aquel día le escribí la primera 
epístola. Cuando terminamos, el muchacho se 
levantó y puso un duro en mi mano... «¡Pero, 
hombre!», protesté. «Sea como el Don Plácido 
de su novela», insistió él, inocentemente. Y yo, 
que dudé un momento, después pensé que no 
tenía una peseta, y me eché al bolsillo el duro... 
Encontraba yo un pequeño goce en cobrar una 
carta amorosa como Don Plácido, Bueno; pasó 
mucho tiempo, 3^ 3^0 le escribí muchas cartas, 
y, por consiguiente, le cobré muchos duros, 
hasta que un día dejó de ir, y otro, y otro, y 3'a 
no volví a verle más... «La habrá conquista- 
do», pensaba 3^0. 

— ¿Y así fué?— le pregunté impaciente. 

—No; verá usted... Pasaron dos años de 
esto... Durante uno de mis viajes conocí a una 
mujer muy guapa, con la cual trabé un peque- 
ño afecto amoroso... Un día, estando de sobre- 
mesa, aquella mujer cogió El biiparcial y co- 
rreteó con su vista las columnas. Se detuvo 

125 



atentamente en la sección de sucesos, y derv 
pues exclamó: «¡Pobrecillo!. .» «¿Qué es ello?», 
la pregunté. Ella me repuso frivolamente: 
«Nada; mira: un pobre novio que yo tuve que 
se acaba de suicidaren Valencia.» Leí la no- 
ticia. i¡ ¡Era mi infeliz discípulft Alberto Gui- 
meráü! «¿Por ti?», la interrogué a ella. «Creo 
que sí», repuso impávida y sin darle importan- 
cia. «¡Por Dios, Encarna!», murmuré. Y no 
hubo más . . . Aquella confesión fué un abismo 
que nos separó a mi bella amiga y a mí... 

—¡Bonita aventura! Pero, ¿las cartas no die- 
ron resultado? 

—No; ya ve usted. 

—Y diga usted, Eduardo: ¿A qué edad co- 
menzó usted a escribir? 

—Qué sé yo . . . A los quince años ya escribía 
cuentos... 

—¿Es usted cubano? . . . 

—Sí, señor. He nacido en los alrededores de 
Pinar del Río, pero me sacaron de allí a los 
tres años... Me crié en Bruselas, París y Se- 
villa... 

—¿Es que su familia tenía necesidad de via- 
jar?... 

-No; vinjaban por gusto. ¡Qué sé yo! Lo 
cierto es que sin duda aquella vida de ajetreo 
inculcó en mi espíritu la afición a los viajes.. . 

126 



^ o Q U t S E P o R MI 

Yo soy un hombre errante... Viajar es mi sumo 
deleite .. Cuando monto en el tren con mi ama- 
da compañera, la maleta, parece que me quitan 
veinte años de encima, y me siento dichoso. En 
Sevilla me dieron los primeros estudios y tam- 
bién las primeras bofetadas 5' las primeras pe- 
dradas. Mi padre es músico y sus hermanos to- 
dos han sido artistas: Eduardo, pintor; Ricar- 
do, actor; Elisa, actriz, etc.; todos artistas... 

—¿De qué autor eran los libros preferidos du- 
rante su niñez?. .. 

—Me enamoraban los filósofos: Spencer, Le- 
tourneau, Delbauf, Molleschott, Büchner... 

—Y vino usted a Madrid. 

—Vine a Madrid á estudiar Filosofía y Le- 
tras. ¡Era un gran estudiante! El único defec- 
to que tenía era que todos los días regresaba a 
mi casa sin los libros... 

—¿Se los quitaban?... 

—No; los vendía... Después estudié tres años 
de Medicina... Pero ya la literatura tiraba de 
mí más que los libros. Lo primero que yo pu- 
bliqué fué en El Globo; después, en otros perió- 
dicos, y a los veinte años ya vivía por mi cuen - 
ta de lo que me daba la pluma; mal, pero vivía 
y vivo desde entonces . Más tarde fundé Ger- 
minal ^ periódico revolucionario, producto de 
mis ideas rebeldes, y a los veinticinco años 

12? 



EL CABALLERO AUDAZ 

fundé Vida Galante..., que, en compañía de 
mis primeras novelas, sirvió para enriquecer a 
un hombre. En ese período de mi vida comen- 
cé la novela La enferma; fué la primera que 
publiqué; después, Punto negro. 

—¿Cuántas novelas tiene usted publicadas? 

—Catorce o quince, y con tomos de teatro y 
demás, unos treinta volúmenes. 

—¿Cuál de sus novelas es la preferida por 
usted? . . . 

Eduardo quedó un instante perplejo. .. 

—No sé. . . Tal vez sea La opinión ajena la 
que más me guste. Hay dos épocas en esta li- 
teratura mía: primera, período que pudiéramos 
llamar amoroso, y luego, una transición para 
preocuparme más de los misterios de la vida. 
Esta transición parte desde Elotio, La opinión 
ajena, El misterio de nn hombre peqneñito. 

—¿Escribe usted con facilidad? 

—No, señor; con gusto, sí; con facilidad, no. 
Trabajo mucho. Yo escribo, me arrepiento, 
vuelvo a escribir y me doy á los diablos... 

—¿Ha hecho usted versos alguna vez?... 

—No he pasado jamás de los cuatro versos, 
ya una quintilla es superior a mis fuerzas. 

—¿Escribe usted de memoria o sobre la rea- 
lidad? 

—Hombre, escribo siempre de la realidad; 

128 



í: Jl Q_ILE S ñ PO R M t 

cosas que me hayan ocurrido a mí o a alguien 
queme rodee. Escribir, como pintar de me- 
moria, es muy malo. .. Leer mis obras es ir paso 
a paso por mi vida... Para estudiar los perso- 
najes acostumbro a ir a las fotografías, y allí, 
ante los retratos, me paso horas enteras estu- 
diando tipos. Esa inmovilidad de la fotog-rafía 
le reííeja a usted el alma de los individuos. 

—Vamos a ver, Eduardo: ;Su opinión de us- 
ted es que en la novela se debe de sacrificar el 
fondo por la forma o la forma por el fondo?.,. 
—Mire usted, es un asunto que yo quería 
tratar... El secreto del arte está en sentir y en 
hacer sentir... Poetas más incorrectos que 
Campoamor, Espronceda y Zorrilla, no los 
hubo, y, sin embargo, son los que más han en- 
tusiasmado y perdurarán siempre. ;Por qué?... 
Porque eran humanos, porque tenían nervios, 
porque hacían arte... A mi juicio, lo esencial 
en la novela es el fondo, la emoción, no la for- 
ma. Si usted traduce a un estilista, de su obra 
no queda nada..., ¡absolutamente nada!... En 
cambio, traduzca usted a un escritor de fondo, 
como Balzac, y quedará incólume el sentimien- 
to, que es el arte. Autor más incorrecto que 
Cervantes, ¿lo hay?... No... Y, sin embargo, 
cpor qué ha quedado? Porque tiene un enorme 
fondo. Si a un buen mozo le viste usted de blu- 

.123 



^ en ve/ de vestirle de levita, es siempre un 
iírnorado en sus aiiurds. x , y^ iio^a- 



190 




¡Mi general! 



—¡Amigo mío! 

—A molestarle vengo . 

—Usted jamás molesta . 

Y el noble y venerable general, después de 
estrechar mi mano, me invitó a tomar asiento 
en el suntuoso despacho. El también lo hizo a 
mi lado. 

Hubo un corto silencio /durante el cual nues- 
tro bizarro y heroico visitado buscó entre los 
escondrijos de su guerrera la petaca de cuero . 
Me ofreció un cigarro. 

Después de haber saboreado la primera bo- 
Icanada de humo, exclamó : 

—Usted dirá. 

—Pues es el caso, mi general, que tengo el 
propósito de ir publicando en La Esjera las 

131 



L C A B A L L E lí O AUDAZ 



opiniones de los técnicos militares españoles 
sobre el desarrollo de la guerra europea... 

Me detuve un instante y escudriñé e-1 jfesto 
del general. Frío: sus ojos metálicos no expre- 
saban más que una atención cortés. Su fígura 
es altiva, simpática, y ya en el otoño de sus 
energías. Sus cabellos, peinados para arriba, 
son blancos como la plata. Su piel es curtida, 
tal vez por el fuego del sol en las campañas. 
¡Un ^^ran tipo de caudillo! 
—Siga, siga usted— me contestó sonriente. 
— Po'co me falta ya por decir-continué—. 
Siendo usted uno de los técnicos militares de 
más brillante historia, uno de los estrategas 
españoles en quien tiene puestos el Ejército 
sus ojos, necesariamente me veo en la preci- 
sión de que sea usted nuestro primer moles- 
tado. 

-¡Oh! -Gracias, gracias! -evadió el gene- 
ral, al mibmo tiempo que con su diestra pa- 
recía querer cortar los elogios—. Para mí se- 
ría una satisfacción muy grande acceder a su 
deseo; pero, ¡la verdad!, la exhibición me mo- 
lesta. Además que, por el alto cargo que ocu- 
po, una opinión mía sobre los diferentes aspec- 
tos que presenta el actual conflicto podría pe- 
sar en la balanza más de lo debido, y no quie- 
ro... Cada cual cómprese un buen mapa, como 



132 



L U QUE S ñ f^ O f? M t 

el que yo tengo, y sobre él estudie las situacio- 
nes, fortificaciones, elementos de guerra y es- 
píritu de los beligerantes, y siga sus avances 
y retrocesos; a poco de adoptar este método 
sabrá tanto como yo de la guerra actual, y 
hasta estaremos de acuerdo. 

Y estas palabras del general querían ser las 
últimas de nuestro diálogo sobre la guerra; 
pero el cronista, que es confiado, insistió: 

—Ese exceso de modestia de usted no me lo 
explico, mi general. En su punto estaría tal 
evasiva si yo viniera con la pretensión de que 
me hablase usted de política, o de literatura, o 
de diplomacia; pero no: mi propósito es que 
me hable usted de la guerra europea sin rela- 
cionarla con España y desde el punto de vista 
técnico. Por ejemplo, yo me concretaré a pre- 
guntarle a usted: «Tal operación, ¿estuvo bien?» 
«Esa retirada, {se puede considerar un fraca- 
so?» «Aquella resistencia, ¿cree usted que es- 
taba prevista?», etc., etc. 

-Todo eso me parece muy bien— me inte- 
rrumpió el general, ya. más condescendiente—, 
y yo, de seguro, accedería a ello si no me ate- 
rrase la exhibición. Es decir, que si en vez de 
aparecer mi nombre en La Esfera, encabeza 
usted su artículo con Opiniones del general X, 
V guarda usted cuidadosamente mi incógnito, 

13 J 



EL CABALLERO AUDAZ 

no tengo inconveniente en que hablemos de lo 
que usted desee; pero le repito que sin fotogra- 
fías y sin nombre. 

Medité un instante. Salazar me miró defrau- 
dado. 

-Conformes-resolví. 

— ¡Ah! Pero ha de darme usted sagrada pa- 
labra de honor de cumplir mis deseos. 

—Se la doy— repuse solemnemente, dándo- 
me una palmada sobre el corazón. 

—Supongo que no será una argucia de buen 
periodista— me advirtió, aun desconfiado, el 

general. 

—El honor, mi general, no se separa en mi 
jamás del periodista. Le prometo a usted que 
ni ante el horror de un fusilamiento podrá na- 
die arrancarme su nombre. 

-Bien, conformes-replicó el general, satis- 
fecho—. Pasaremos a mi habitación de traba- 
jo, y allí contestaré a cuanto usted me pre- 
gunte. 
Pasó él delante; nosotros le seguimos. 
—Y yo, ¿qué hago ya?-me preguntó Sala- 
zar con sigilo. 

—Usted— le dije— se acomodará en un sitio 
desde el cual nos hará fotografías sin que nos 
demos cuenta de ello, procurando que el gene- 
ral aparezca siempre de espaldas. 

134 



LO QUE S £ POR Mi 

V penetramos en otro despachito más pe- 
queño. Libros, planos, mapas por todas par- 
tes. Sobre las mesas, y pendientes de las pa- 
redes, había muchos objetos de Filipinas. 

—Para más facilidad— exclamó el general, 
al mismo tiempo que extendía el mapa militar 
de Francia y Alemania sobre una pequeña 
mesita de campaña—, nos iremos documentan- 
do con el mapa delante... ¿Ve usted? En este 
plano se advierte perfectamente que los ale- 
manes han invadido el Luxemburgo y Bélgica 
por ser la parte más vulnerable de la frontera 
francesa. Es lo único libre del doble collar de 
hierro de las fortificaciones con que después 
del 70 se han prevenido los franceses. Aquí, 
en el Este , tienen también el boquete de 
Belfoit... 

Y el general iba siguiendo con el dedo índi- 
ce el culebreo gráfico del plano correspondien- 
te a su explicación. 

•— ¿Y usted cree, mi general, que al ejército 
alemán ha sorprendido la resistencia belga?... 

—Es muy difícil creer que un Estado Mayor 
como el alemán, y en una guerra como ésta, 
que venía preparándose desde el 71, no tu- 
viese descontado este primer paso. Es de 
suponer lógicamente que, ya por espías, ya 
por sondeos políticos, ya por mil medios, los 

1.^ 



EL CABALLEf^O AUDAZ 

alemanes tenían que saber la actitud y resis- 
tencia probables de los belgas. Por lo demás, 
está comprobado que si el ejército alemán se 
propuso dar un golpe de mano en Lieja, no 
tenía el plan de seguir por allí el avance. Esto 
lo demuestra que para Lieja se destacó un 
corto número de fuerzas, y éstas no iban lo 
suficientemente preparadas de víveres y muni- 
ciones para un largo viaje ni para una gran 
resistencia. Muchos opinan que los belgas 
han detenido a los alemanes; a mi juicio, 
lo que ha detenido al ejército invasor no ha 
sido la resistencia encontrada en Bélgica, 
sino que no tenía las fuerzas suficientemen- 
te concentradas para avanzar; porque ya se 
ha visto ahora que sin la toma de Namur 
han podido los ejércitos alemanes llegar a la 
frontera francesa; lo mismo pudo ocurrir con 
Lieja. 

—¿Y cómo se explica usted, mi general, que 
Lieja esté en poder de los alemanes, y, según 
los telegramas, los fuertes continúan defendi- 
dos por los belgas?... 
El general se encogió de hombros. 
—No me lo explico. Cuando se trató de las 
fortificaciones del Mosa para la defensa de 
Bélgica contra una invasión alemana, yo cen- 
suré el proyecto en mi libro Ejército de opéra- 
la 



LO Q U B 3 ñ POR Mi 

dones. A mi juicio, el obstáculo que se preten- 
día oponer a la invasión alemana era bien dé- 
bil. Así ha resultado. Preferible hubiera sido 
para los belgas concentrarse desde un princi- 
pio en Amberes, y allí, sin mermas en el ejér- 
cito ni desfallecimientos en el espíritu, batir 
al invasor. 

—¿Es una gran plaza fuerte Amberes? 

—Magnífica. La mejor de Bélgica. 

—¿Cuál cree usted que será el objetivo per- 
seguido por Alemania? 

—No sé... No sé. Es muy difícil suponer, 
porque no contamos con información verídica. 
Positivamente los objetivos de Alemania pue- 
den ser tres: la conquista de Bélgica, Luxem- 
burgo y Holanda para anexionárselas si es 
que triunfa, o para que le sirvan de rehenes 
para después cambiarlas por territorios y co- 
lonias que le tomen los enemigos; otro objeti- 
vo puede ser invadir Francia por el punto más 
débil de la frontera, en combinación con otro 
ejército procedente de la Lorena, y el tercero 
tal vez sea— y a éste me inclino yo— llamar la 
atención de los aliados por Bélgica, para cuan- 
do allí esté la fuerza concentrada, en una fase 
defensiva, dar un golpe decisivo por otra par- 
te; es decir, un amago para disimular la inva- 
sión por la Alsacia o la Lorena . No hay que 

137 



EL CABALLERO AUDAZ 

perder de vista tampoco que los alemanes bus- 
can acercarse lo más posible a las costas bri- 
tánicas, y... que a una escuadrilla de zeppeli- 
nes le es muy fácil atravesar el Canal de la 
Mancha, situarse sobre la flota inglesa, y... 
¿quién sabe?... 

—¿Ha observado usted, mi general, que las 
simpatías españolas están mu}'^ divididas entre 
los beligerantes?... 

—En efecto; pero nosotros debemos ser neu- 
trales hasta en espíritu. 

—Pues yo creo — insistí con malicia — que 
hay muchos francófilos . 

—Eso observo, sobre todo en la Prensa. 

Hizo una pausa; después continuó: 

—La verdad, no se comprende esa parciali- 
dad por Francia e Inglaterra. No hay más que 
pasar los ojos por la Historia para ver que es- 
tas dos potencias han sido siempre nuestras 
enemigas. Que repasen los francófilos nuestra 
guerra de la Independencia, y con serenidad, 
sin enconos y sin odios, vean los daños que 
nos hicieron franceses e ingleses. A los que 
les indigna la violación de la neutralidad de 
Bélgica, llevada a cabo por los alemanes, hay 
que decirles que, en efecto, esto es muy censu- 
rable, pero no es el primero ni será el último 
caso que registre la Historia universal; sin ir 

1:^8 



LO QUE SE POR Mi 

más lejos, ei ejército de Napoleón entró en 
España como amigo, y después, con perfidias 
y traiciones, se apoderó de Pamplona, Mont- 
juich. La Ciudadela, San Sebastián y demás. 
Respecto a los ingleses, vinieron entonces 
como amigos y aliados; pero ellos, en reali- 
dad, y esto nos lo demuestra la Historia, eran, 
más que amigos nuestros, enemigos de Napo- 
león. Tampoco conviene olvidar, aunque sí 
perdonar, la entrada de los ingleses en San Se- 
bastián el año 1813. Y los que supongan que 
nuestro engrandecimiento sobrevendrá des- 
pués de una alianza con Francia, están en 
un lamentable error. Francia siempre, siem- 
pre, ha sido y será nuestro enemigo natural 
por situación geográfica. Y después de 
todo, desde el punto de vista francés, han 
hecho bien; han cumplido su misión patrió- 
tica . A ellos no les convenía tener un veci- 
no fuerte y, claro, todos sus esfuerzos se han 
encaminado siempre a debilitarnos. Después 
de esto, ¿cómo hay quien crea que estamos 
obligados a ella?... Que se señale una sola 
ocasión en que Francia nos haya beneficiado 
en algo. Los franceses quieren mostrar esta 
guerra como la lucha de la civilización con- 
tra la barbarie; ellos se adjudican el papel de 
civilizadores y a los alemanes el de bárbaros; 

13D 



EL CABALLERO AUDAZ 

esto no es admisible; Alemania es una nación 
culta y civilizada como la que más. 

— ¿Lueg^o usted no cree en los actos salvajes 
de que se acusa a los alemanes? 

El general hizo un gesto de negación: 

—Creo que se exageran considerablemente. 
Un ejército como el alemán, que durante el 
sitio de París del año 70 respetó escrupulo- 
samente las obras artísticas existentes en Ver- 
salles— cosa que no hicieron los franceses en 
nuestro Museo del Prado ni en nuestros tem- 
plos—, no puede conducirse a los cuarenta 
años como un ejército de salvajes . 

Este argumento del general era abrumador. 

—Y dígame, mi general, el derecho interna- 
cional — continué preguntándole—, ¿autoriza 
a los beligerantes para pedir esa contribución 
que los alemanes han exigido a Bruselas y a 
Lie ja?... 

—Sobre ese punto se ha escrito mucho, pero 
los tratadistas no están de acuerdo. Kuber, 
Waltel, Grocio, y en general la mayor parte 
de los autores, creen legítima la contribución 
de guerra, como un rescate que dan los habi- 
tantes de la población invadida para librarse 
del saqueo. 

—¿Cree usted que España tendrá al fin que 
salir de su neutralidad? 

140 



LO QUE SE POP Mi 

— FVofecías no me pida usted... Yo lo único 
que puedo decir sobre esto es que mi uniforme 
de campaña está sirmpre dispuesto. 

—¿Cuánto tiempo supone usted que durará 
esta g'ran guerra? 

—A mi juicio, no puede prolongarse mucho 
por los grandes gastos a que da lugar; como 
están en juego todas las naciones, esto repre- 
senta un derroche y un desequilibrio econó- 
mico insostenible. La guerra rusojaponesa 
puede decirse que la terminó la falta de dine- 
ro. En ésta ocurrirá lo mismo: influirán más 
las condiciones económicas de los países que 
las victorias militares. 

—¿Y qué nación cree usted que será la ven- 
cedora?... 

— ;Quién es capaz de predecir eso?... Por tie- 
rra, hasta ahora, Alemania sigue, como por 
un Atlas, la persecución de su objetivo. Tal 
vez los rusos, por lo numeroso de su ejército, 
la distraigan y no pueda continuar su plan... 
lY quién sabe si, cuando quieran recordar los 
aliados, ya hayan llegado a París los ale- 
manes!... 

—Si vence Alemania, ¿qué compensación 
cree usted que pedirá?... 

—Desde luego pedirá una expansión territo- 
rial en Kuropa y en África, y poco más de los 



EL CABALLERO AUDAZ 

millones necebanos para reponer su escuadra, 
que tal vez se la destruya la inglesa. Es muy 
posible que su expansión europea sea por Bél- 
gfica, con costas al mar del Norte. 

Anochecía; la habitación quedaba en pen- 
umbras ; los muebles perdieron sus perfiles, 
y cuando el ilustre general incógnito quiso 
mostrarme en el mapa las que en el porvenir 
podrían ser fronteras alemanas si vencía el 
Kaiser, era de noche. 

—¿Ve usted?— me orientaba—. Aquí, por el 
boquete de Belfort... 

Yo no veía nada. 



14? 



POMPEYO GENER 





Por mediación del notable artista y excelen- 
te amigo Casas Abarca, Pompeyo Gener me 
envió a decir que prefería, para celebrar nues- 
tra entrevista, el hotel donde yo me hospeda- 
ba, un café cualquiera, o el sitio que yo le in- 
dicase... El motivo era porque en su casa todo 
andaba revuelto por causa de una mudanza . . . 
Casas Abarca me aclaró piadoso: 

—Es que debe de vivir muy mal, ¿sabes?... y 
de seguro siente el pudor de su pobreza • 

Esto acrecentó mis simpatías y mi admira- 
ción por Pompeyo Gener. Con dos renglones, 
le cité para el día siguiente en el estudio de 
Casac Abarca . 

Era domingo; un domingo de esos dorados 
en que dan ganas de andar mucho y hacer una 
«comidita» en el campo... Leyendo los perió- 
dicos de Madrid y las declaraciones del minis- 



B L CABAlLñnO AUDAZ 

tro de la Gobernación, se liguraba uno que 
Barcelona, en aquellos días, estaba en manos 
de los huelguistas revolucionarios, y que por 
sus calles no era posible transitar sin exponer- 
se a morir de una pedrada, de un palo o de un 
tiro. ¡Todo ficción política!... ¡Todo habilida- 
des de uno y otro cacicato para sacar el mayor 
partido posible de las elecciones y de los fon- 
dos de Gobernación. El paseo de Gracia, aque- 
lla mafíana, estaba lleno de gente apacible, de 
gente elegante, que, sin enterarse siquiera de 
que había elementos obreros en huelga, toma- 
ba el sol y conversaba alegremente sin la más 
leve perturbación. Nuestro auto tenía que ca- 
minar lentamente por causa de los numerosos 
coches que circulaban por el paseo. Al fin, lle- 
gamos al estudio de Casas... Un caballero de 
amplio chambergo marrón, abundosa melena 
gris y larga luchana un poco aliñada con tin- 
tes, por lo cual resultaba castaña mate, debien- 
do ser blanca brillante, nos esperaba. Era 
nuestro deseado D. Pompeyo Gener. Después 
de saludarnos, él quiso tomar asiento en una 
silla; yo me acomodé en una butaca... Casas, 
siempre galante, ilustró nuestra conversación 
con unas «cañitas» de manzanilla y unas acei- 
tunas sevillanas. 
El insigne maestro Gener es la noble ruina 

144 



LO Q U B S t POR Mí 

de un hombre arrogante... Sus manos apeí i?a' 
minadas, que ahora tiemblan como gelat^la, 
í nerón besadas, allá en los años mozos, con 
loca vehemencia por muchas boquitas femeni- 
nas, entre ellas la de la gran trágica Sarah 
Bernhardt; también estos dedos, retorcidos por 
el artritismo, supieron abrirse camino en el 
mundo de las audacias con la punta de la es- 
pada y fueron muy temidos por su destreza y 
serenidad. 

El maestro Gener se rebela contra la amar- 
ga e implacable realidad de su vejez. 

—Estoy triste... estoy enfermo. Me paso la 
vida llorando para dentro y viviendo de los 
recuerdos de mi juventud; y tan lejana está, 
que ya me parece un sueño; me parece que el 
yo de ahora no es el yo de antes... Esto no es 
vivir; esto es vegetar y arrastrarse... Yo, que 
he sido todo actividad, todo movimiento, que 
me ha gustado saborear todas las emociones 
de la vida, heme aquí ahora con los grilletes 
de mi vejez puestos, sin poderme mover, y 
abrumado por la monotonía de los días y de las 
horas. Leo... Leo mucho; pero ya, ¿para qué?... 
Supongo yo que los cursos aprobados en este 
mundo no servirán para la carrera en el otro... 

Yo, oyendo a don Pompeyo, sentía una in- 
mensa tristeza. 

lO-v 1 i5 



L CABALLEPO AUDAZ 



—¿Cuántos años tiene usted, don Pompeyo? 

—Muchos, hijo, muchos... Cuando se llega 
a mi edad, por limpiesa debe uno ocultar la 
cantidad. 

Hablaba lentamente, con marcado acento 

catalán... 

—¿Nació usted en Barcelona?- inquirí. 

—Sí, señor; pero casi por casualidad... Yo 
soy descendiente de marinos de guerra desde 
el tiempo de Berenguer IV, conde de Barce- 
lona... Mi madre era hija de la baronesa de 
Barbastro. A mí me crió mi abuelo paterno, 
que era un gran marino; durante nuestros pa- 
seos por el mar de Venecia, él se cuidaba, con 
insustituible amor, de darme la primera ins- 
trucción y de templar mi alma ante los peli- 
gros. Recuerdo que me preguntaba con fre- 
cuencia: «Oye, niño: si ahora mismo nos sor- 
prendiera un naufragio, tú, ¿qué harías?... Y 
como yo no supiera contestar, agregaba: «Pen- 
sarías en los muchos que, viéndose en igual 
peligro, supieron morir sin derramar una la- 1 
grima, ¿verdad?... El llanto mitiga los pesares i 
del alma; pero jamás ahuyenta los peligros del 
cuerpo.» Y en este ambiente de ternura y de ru- 
deza se fué formando mi espíritu: entre el cielo 
y el agua, entre la vida y la muerte. Volví a 

Barcelona. Aquí estudié el bachillerato y dos 

146 



LO QUE S B P O Q M i 

años en la Facultad de Farmacia. Un día, de 
resultas de un vuelco de la tartana que nos traía 
de una hacienda nuestra, murió mi madre. . . Yo, 
por alejarme del sitio de la catástrofe, me tras- 
ladé a París. Escasamente tenía entonces vein- 
titrés años; allí hice mi carrera de Medicina.. . 
¡Oh, París de mi alma!... Allí he vivido los 
treinta mejores años de mi vida! ¡Oh, París! .. . 

Y don Pompeyo suspiraba, y sus pupilas 
grises se quedaban un momento extasiadas, 
como si en la lejanía de su pensamiento viesen 
tangibles sus años de mozo gallardo y triunfa- 
dor... Tras una breve pausa, respetada por 
mí, corte el hilo de sus gratas rememoraciones. 

— Y dígame usted, don Pompe^^o, ¿dónde co- 
menzó usted a escribir? 

—Aquí empecé, con Guimerá, en un periódi- 
co que ya he olvidado... Nada. ¡Tonterías de 
muchacho!, ¿sabe usted?; pero donde a mí me 
entró el verdadero furor por saberlo todo, fué 
en París... Allí sí... Yo era rico entonces... 
Vivía de mis rentas y estudiaba por placer. . . 
Seguía todos los cursos que podía... No encon- 
traba a nadie que supiera más que yo. Esto no 
es inmodestia, porque hoy día soy un párvulo; 
no sé nada de nada. Sabía que existía usted, 
porque La Esfera es el periódico de mis sole- 
dades... 

147 



B L CABALLtRO AUDA Z 

— ¿Cuál fué el primer libro que escribió 
usted? 

—La muerte y el mal,.. La idea de escribirle 
nació en mí por casualidad. Era yo oficial al- 
férez de Sanidad. Estando en campaña, pensa- 
ba yo: estas gentes se sacrifican por fantas- 
mas, por cosas ideológicas; y cogí mi caiuet 
de campaña y tomé notas; ellas fueron la espi- 
na dorsal de mi libro... 

—¿Lo escribió usted en castellano o en ca- 
talán?... 

—En francés. Yo era muy alegre; el pesimis- 
mo es patrimonio de la gente enferma, y entre 
broma y broma busqué un editor en París. Al 
fin hallé uno, que me dijo: «Si me lo trae usted 
prologado por una personalidad de la litera- 
tura francesa, se lo edito.» Al día siguiente le 
llevé diez nombres de la cumbre literaria que 
me ponían el prólogo... El escogió a E. Lis- 
tré... Al cabo de un año se publicó y fué el 
SHCcés literaire,.. Un éxito tremendo. Todos 
los críticos le dedicaban sus mejores alaban- 
zas; sin embargo, para complemento, me fal- 
taba el juicio de Paul Casagnac, que era un 
crítico admirable y un duelista temible; con la 
espada tenía siempre que sostener sus tremen- 
dos juicios críticos. Yo, que entonces tiraba 
muy bien a las armas, decidí tener un encuen- 

148 



L O Q U E S E POR. M / 

tío ron Casagnac. Los amigos, alarmados, me 
aug-uraban una estocada de muerte. ¡Bah!, 
¿quién piensa en la muerte cuando se tienen 
veintisiete años?... El caso es que Casagnac y 
yo tuvimos el encuentro. Del duelo salimos 
muy amigos... Fué el crítico que más elogió mi 
libro. Ese libro lo traduje 3^0 al castellano. 

—¿Ha hecho usted poesías? 

—Sí, señor; he sido poeta; pero solamente 
para las mujeres que me hicieron soñar y para 
mis soledades. 

—¿Y todos sus libros se han publicado en 
castellano? 

—Sí, señor; se publicaban simultáneamente 
en Barcelona, París y Buenos Aires. 

—¿Le producían a usted mucho? 

—Nunca me preocupé de esto. Ya le he dicho 
que yo era muy rico. Tenía en París un piso 
estudio que podía competir con el de los prín- 
cipes. Unos parientes estrafalarios, durante 
una temporada que yo estaba en Amsterdam, 
por medio de unos chanchullos ignominiosos, 
se adjudicaron mis haciendas por nada... Yo, 
de buenas a primeras, me encontré con el día 
y la noche, mejor dicho, con la noche sólo, 
porque siempre he sido muy poco madrugador. 
Mi ruina no me espantó . Con algunas obras de 
arte de mi estudio, llegué a reunir cincuenta 

149 



P. L CABALLEJO AUDAZ 

mil francos, y me dediquó a escribir activa- 
mente. Sí, amigo Andas, vivo solo, icompleta- 
mente solol ¡Siempre solo! Y son los porteros 
los que cuidan de mí... Yo, que en París he 
sido el rey de la moda, he de resignarme ahora 
a llevar este pardesú miserable, porque no ten- 
go'recursos. Desde hace algún tiempo soy can- 
ciller del Municipio; ¡el Municipio de aquí tiene 
tantas relaciones con el extranjero!... 

Al llegar a este punto de la conversación, 
Campúa se dispuso a hacerle unas fotografías 
al venerable Gener. Y entonces Casas y yo ob- 
servamos un detalle que nos dejó maravilla- 
dos. Pompeyo Gener sacó un peine que llevaba 
consigo y, mientras Campúa le enfocaba, se 
alisó con coquetería sus largos cabellos grises... 

Mientras tanto, yo le dije: 

— Háblenos usted de sus amores célebres, 
don Pompeyo. . . Creo que ha sido usted un Te- 
norio. 

— No; he sido poco enamoradizo... ¡Sólo una 
mujer me supo coger por el corazón!... Una 
artista prodigiosa.. . 

—¿Cómo se llamaba?. . . 

—Permítame usted que no profane su nom- 
bre con mis labios caducos. 

Respetamos esta sublime delicadeza. Ade- 
más, sabíamos qué dama era. 

150 



/. o Q II E S t POR M J 

El prosiguió con ese afán que ponen los en- 
amorados en desmenuzar l©s recuerdos de su 
amor. 

—Me la presentaron una noche en su came- 
rino del teatro. Teníamos aproximadamente la 
misma edad: veinticinco años. Yo puse en su 
descote la camelia blanca que llevaba en el 
ojal de mi frac; un majadero de los allí presen- 
tes rió esta delicadeza mía; yo, por toda con- 
testación a su ofensa, le di mi tarjeta; aquella 
noche nos batíamos; mi adversario quedó pren- 
dido en la punta de mi espada. No volví más 
por el camerino de la artista... Pero en la vida 
todo está escrito. Un día, en un club del cual 
formaba yo parte, se recibió una solicitud de 
la maravillosa trágica para que la admitiéra- 
mos como socio; ella proponía figurar en el 
chib como monsieur Tal^ en vez de como ma- 
dame... Accedimos honradísimos, y allí se en- 
tabló nuestro conocimiento y, más tarde, nues- 
tro idilio... Muchos años de amor... Ya me da 
vergüenza recordarlo... 

A nosotros nos encantaba todo este relato 
de la vida sentimental del viejo maestro.. . Le 
hicimos una última pregunta: 

—¿Cuál ha sido el día más amargo que ha 
tenido usted en su vida? 

—El día en que le cortaron la pierna a Sarah 

151 



E L CABALLERO AUDAZ 

Bernhardt— dijo un poco conmovido, y se que- 
dó pensativo. 

—¿A qué horas escribe usted? 

De noche; no puedo trabajar de día... Soy 
un noctámbulo incorregible... Amo la noche, 
porque durante ella me pasaron las cosas más 
felices de mi vida... 



152 




¿No la habéis visto por el Prado, por las 
Rondas, por las Delicias?... Es una mujercita 
en embrión, de catorce a quince años, sucia, 
renegrida, astrosa. En el desconcierto de sus 
facciones gitanas, roídas por el sol, curtidas 
por el aire, surcadas ya por el tormento de un 
vivir errante que la dejó una huella trágica, 
brillan intensamente sus ojos negros y melan- 
cólicos, de mirar picaro y acariciador. Exten- 
diendo su mano indolente, os dirá si la halláis 
al paso. 

—Monsieur: par votre santé! 

Y sonará su voz en vuestro oído como una 
música bárbara. Se despega la prosodia melosa 
de los franceses de ese tipo gitano, abigarra- 
do, de todos los países, porque no es de nin- 
guno. 

—Par votre santé ^ monsieur; donnes tnoi un 

153 



R L CABALLERO AUDAZ 

petü son -me dijo, hace pocas noches, la gita- 
nilla. 

En su carita pequeña se retrataba un dolor 
muy grande. Se echaba de menos la granuje- 
ría de nuestras gitanas callejeras, que os piden 
pan brindándoos un guiño picaresco. La voz 
de la gitana francesa, tan apagada, tan tremo- 
lante, no os recuerda la voz bizarra délas ca- 
ñís del barrio de Moratines; de esas chavali- 
llas también sucias y greñosas, que os hablan 
del hambre como de una noticia feliz. 

— lEstá bien!— le contesté a la muchacha—. 
Te socorreré; pero di me: 

Me escuchaba sin perder un movimiento de 
mis labios . Yo proseguí: 
—¿No sabes hablar español?... 
—iVow— deploró. 

—Pues, ¿cómo me has entendido?... 
—¡Oh! Je comprends bien, monsieur\ mais je 
ne parle pas... ¿Parles voiis chipicalli?.., 

¡Chipie alia.., ¿Quién habla eso? La lengua 
universal de los gitanos es algo cabalístico y 
arbitrario, superior a toda curiosidad filológi- 
ca. ¿Quién habla chipicalli? ¿Hay gramáticas 
y diccionarios dignos de crédito? ¿Hay intér- 
pretes?... Yo no lo sé... Tal vez mi amigo el 
poeta López de Saa, que es hombre enterado 
de estas cosas, lo sepa. 

154 



L O Q U ñ 3 E POR M t 

—Hablaremos en francés, si te place— pro- 
puse a la gitanilla. 

—C'est charmant. . . 

Adivinaba yo en los ojos de la cañiun deseo 
de confesar sus tribulaciones, sus andanzas 
dolorosas en un éxodo cruel. Danzó en mi 
pereg^rina fantasía la tentadora gitanilla de 
Nuestra Señora de París. Para aliviar sus des- 
confianzas, puse en sus manos unas monedas; 
y desde aquel instante fuimos amigos. 

-Vamos a ver, dime: ¿De dónde eres, dónde 
vas, qué haces?.. . 

— jAy, señor! respondióme con triste acen- 
to—. ¿De dónde soy?... De mi tribu. Mi tribu es 
de todas partes. Yo nací en un camino de la 
Alsacia y me abrieron los ojos en la frontera. 
Lloré en Francia por primera vez. Seguimos 
caminando. Luego he vuelto a llorar muchas 
veces en París, en Orleans, en Tolosa, en Mar- 
sella, en Burdeos... Para llorar, cualquier país 
es bueno, ¿verdad?... 

—Y para reír. . . 

—Lo mismo, señor. Pero yo no quiero acor- 
darme de dónde se reiría mejor, porque al ver- 
me tan lejos, lloraría más. 

—España, entonces, no es el país de la 
risa. 

—¿Qué importa el país?... Son las circuns- 

155 



^L^ CABALLERO A U D A 2 

tancias. La usa y el lloro salen de nosotros 
mismos, ¿verdad?... 

Esta pregunta, opuesta al final de sus razo- 
namientos, me ha descubierto el alma de la 
pequeñuela, su alma gitana. El gitano confía 
en sí tanto como en Dios. Ni reconoce razón 
superior a la suya, ni admite rivales en valor, 
ni cabe en su sospecha el menor fracaso de la 
raza. 

«¿Verdad?...», dice siempre, como podía de- 
cir: «Esto es el Evangelio, no hagas la tonte- 
ría de desmentiilo.» 

—¡Verdad!— tengo que responderle con los 
ojos. 

Y ella sigue, plañidera: 

—España es hermosa para el que no tiene 
hambre, como yo la tengo. En Francia no te- 
nía hambre; me parecía el país magnífico so- 
bre todos. Mire, señor: en Alsacia, donde yo 
nací y he vivido otras veces, los pobres son 
franceses, y los ricos, alemanes. 

—¿Y vosotros?— inquirí . 

—Allí, y en todas partes, gitanos. 

¡Admirable el tesón de estos patriotas sin 
patria!... 

—¿Cómo te llamas, chiquilla? 

— Asunción ; en Francia me llaman Fe- 
tit-sou, 

15'? 



LO Q U B S S POR Mi 

—¿Por qué hai. venido a España?... 

—¿Y dónde íbamos a ir?...— me respondió, 
algo mohina y enojada, porque mi pregunta le 
pareció un reproche . 

—Tiene razón el señor. ¿Por qué he venido a 
España? ¡Apenas podemos tenernos en pie!... 
No nos entiende casi nadie. 

—Y ¿te socorren poco?. .. 

— Algunos señores; muy pocos. Y es que nos- 
otros no sabemos pedir: cambiamos. En Fran- 
cia decíamos la buenaventura, adivinanzas y 
cuentos... Yo lo adivino todo. ¿Quiere usted?... 

—No, hija mía— la interrumpí, riendo—. Yo 
adivino como tú y sé mi destino, 

—Aquí no podemos. No nos entienden. Mi 
madre y yo sacábanlos en Francia cinco o seis 
francos. Aquí, cinco o seis soiis. Mi hermano y 
su mujer nos ayudaban. 

—¿Dónde está tu hermano?... 

Calló la chicuela. 

— Dime, ¿dónde está?— insistí. 

Pctit-sou volvió la cabeza, mirando a de- 
recha e izquierda con temor, y dijo así, balbu- 
ciendo: 

—Se ha ido a las minas, ¡a trabajar! Ya ve 
usted qué i vergüenza!. .. ¿Verdad?... 

Ingenuamente se sonrojaba, desalentada, Pe- 

tit-SOH, 

157 



^i: CABALLER O AUDAZ 

—¿Hace mucho tiempo que vinisteis? 

—Seis días, señor. Nos ha echado la guerra. 

—¿Por qué?... ¿No hay dinero ya en la noble 
Francia?... 

— ¡Oh, ya lo creo!... Mucho dinero. Ahora, 
para nosotros, más. El día que sahmos de Per- 
pignan, ganamos doce francos. Yo le dije la 
suerte a muchos soldados. Me pagaron bien. 

—Y ¿cuál fué su suerte?... 

—Todos volverán. . . 

—¿Porque les diste la bendición?... 

—Porque si les anuncio la muerte, no me pa- 
gan. ¡Pobres!... ¡Cuántos, alentados por las 
predicaciones de Petitsou^ habrán entrado en 
combate con el fanatismo que da la seguridad 
de salir ilesos en la ñera lucha! Muchos, al 
caer atravesados por el plomo enemigo, se 
habrán acordado de mi engaño. ¡Qué ho- 
rror! . . . 

Petit-sou se llevó las manos a los ojos, como 
torturada por una trágica visión. Yo la consolé, 

—Y qué le has de hacer, si esa es tu vida, 
Pctitsou: engañar. Y no te creas, vivir enga- 
ñado es placentero. 

Sonrió la gitanilla por primera vez, con un 
mohín gallofero. 

—Pero, vamos, explícame: ¿Por qué os echa 
la guerra?... 

158 



LO Q U t S B POR M I 

—Por ser gitanos, señor. Los franceses son 
amigos de todo el mundo; pero cuando no están 
en paz, no se fían de nadie. A nosotros nos die- 
ron billetes para Port-Bou y nos metieron en el 
tren a la fuerza. Yo pregunté a un gendarme 
por qué no nos dejaban allí. Quería quedarme 
en Francia. El gendarme nos registró la ropa y 
no contestó. Decían las gentes que estaríamos 
comprados. Ya ve, señor, ¡qué mala voluntad!... 

—¿Tú no te hubieras vendido a Alemania? 

—¿Yo?. . . Yo soy de mi tribu. 

— Pero podías vivir con tu familia de noticie- 
ro de los germanos. 

— ¡Ah! Eso no es venderme. A mi hermano 
quiso un señor pagarle mucho para que se me-" 
tiera en un cuartel y copiara en el patio unos 
papeles. Mi hermano dijo que sí; pero no pudo 
hacerlo, porque no sabe escribir, y aquel señor 
no quería que le ayudara nadie. 

— Es natural. Pero, ¿a vosotros os daban 
paso a los cuarteles?... 

—A mi hermano, sí; porque sabe curar los 
males y lo llamaban los soldados. 

—¿Has dejado familia en Francia? 

—No, señor. Pero... 

Se entristeció Petií-sou con una añoranza. En 
sus ojos apasionados estuvo a punto de saltar 
el llanto. 

159 



C L CABALLERO AUDAZ 

—Allí se ha quedado mi canario. No me de- 
jaron tomar nada. ¡Pobrecillo! ¡Con lo que can- 
taba al verme! 

Y suspiró la gitanilla con la pesadumbre que 
se recuerda un amor perdido. 

—¿Quieres contarme tu viaje?... 

— ¡Bahl Un viaje muy duro. En Port Bou 
compramos los billetes hasta Barcelona. Allí 
anduvimos tres días, rodando por las calles y 
el puerto. No nos socorrían. Dos veces nos 
encerraron en un barí acón. Queríamos ir a 
Granada, pero nos faltaba dinero. Tomamos 
billete para... para... No sé. En ese pueblo nos 
apeamos, y en dos días hemos llegado aquí, 
por la carretera. Mi hermano y su mujer se 
marcharon. Habían vendido un burro y pudie- 
ron llegar a las minas. 

—Pero, ¿traíais un burro?... 

— Sí, desde ese pueblo que no sé cómo se 
llama... Se lo encontró mi hermano en el ca- 
mino. 

A los labios exangties de Petit-sou volvió a 
asomar una picara sonrisa. 

—Y ahora, ¿cuál es tu aspiración?... 

—Que me devuelvan mi canario, mi PirtiUn. 
Después, ir a Granada. Allí tengo familia. 
¿Cuesta mucho ir a Granada?. . . 

La respuesta hubiera sido un trallazo para 

160 I 



L _0 ^ U ff S B P O f.* ^ / 

la esperanza de PcLií-áoii. Todo cuesta rau^ho 
cuando no se tiene dinero. 

— Yo te traeré mañana los billetes. ¿Estarás 
por aquí?... 

—Sí, sí— gritó más que repuso la alegría de 
la rapaza—. Señor, ¡qué gran país es España! 
¿Cómo diría yo para que comprendan cuando 
pido? Si me comprenden, me darán dinero, 
¿verdad?... 

A mi memoria acudieron en tropel las frases 
típicas de nuestros hampones: «Déme usted un 
centimito para a3''uda de un panecillo.» «Ca- 
ballero: una limosnita, que Dios se lo pagará.» 
«Almas piadosas, almas caritativas: ¡acordaos 
de este pobre ciego!» Al fin encontré la más 
clásica, breve, expresiva, con un poquito de 
poesía y de fe. 

Petit-son la repitió conmigo, sin vencer por 
completo los escollos de la pronunciación. 

Y continué mi camino. La gitanilla grácil 
me siguió con sus ojos febriles, acaso envián- 
dome con el espíritu un beso de gratitud, quizá 
repasando en su mente los gorjeos de Piriilin. 
Por su lado pasó un nuevo paseante, y el aire 
me trajo un eco de la vocecilla plañidera: 

«¡Una limosna, pog el amog de Dió!.,,^ 



U-v luí 



^ EL CONDE DE GÜELL % 

ik ( ( '"'^. V - - — -^^ 1'-. Á 



Aquella tarde, Manen, Casas y yo fuimos al 
Turó Park. Era domingo. Un domingo ardien- 
te y luminoso. En el gran recreo, superior, 
desde luego, al Luna Park, de París, había 
unas doce mil personas, dispersadas en gran- 
des grupos por los distintos y variados entre- 
tenimientos. Allí se mezclaba, sin gazmoñería, 
el gran público de las carreras de caballos con 
el del Paralelo. Era pintoresco el espectáculo, 
Vimos bailar, con una unción casi sagrada, la 
sardana. Después nos acercamos al globo, que 
se revolvía y se agitaba ya bajo las melenas de 
humo. Agrupada en derredor esperaba la gen- 
te el momento emocionante de la partida. De 
súbito sonó una corneta, y el globo, como si en 
sus entrañas de humo hubiese sentido la orden, 
comenzó a elevarse lenta y majestuosamente, 
coa contoneo de procer. ., Colgaba» del aerós- 



EL CABALLERO AUDAZ 

tato unas anillas, y ele las anillas un hümbre, 
prisionero el cuerpo en unas viejas mallas co- 
lor rosa. Este pobre suicida, empujado segu- 
ramente por el hambre hasta tan bárbaro e m- 
fructuoso alarde de valor, al estar a cien me- 
tros sobre nosotros principió a hacer planchas, 
flexiones y piruetas, como si debajo esperase 
su caída el más mullido colchón. Parecía un 
pelele o un guiñapo movido por el aire. La 
gente aplaudía la serenidad del, seguramente, 
desesperado. Y, mientras, seguía elevándose, 
elevándose, hasta que se perdió en el blanco 
laberinto de una nube. . . 

-¿Cuánto ganará este bárbaro por hacer 
esto?... —preguntamos allí. 

— Pchs...— nos informaron-. Seguramente, 
unos cinco duros, 

Sentimos una angustia suprema. Por cinco 
duros e^^oner un hombre robusto, musculoso, 
lleno de salud, su vida. ¡Es horrible!... Daban i 
ganas de llorar. Después de visitar todos los 
recreos, abandonamos el parque. Era tempra- 
no. Me reuní con Campúa y nos dirigimos a 
casa del Conde de Güell... Venir a Barcelona y 
no visitar a este ilustre hidalgo lleno de oro, 
de entendimiento y de corazón, es algo absur- 
do. De público dominguero, que paseaba re- 
posadamente, estaban llenas las amplias y pm. 



LO Q U B se P o Q Mi 

torescas Ramblas... Llegamos a la calle del 
Conde del Asalto, a un magnífico palacio cuyo 
aspecto monumental tiene la suntuosa y sere- 
na apariencia de un convento . Un portero ga- 
loneado salió a nuestro encuentro. 

—¿El señor Conde de Güell?— le pregun- 
tamos. 

—No sé si está —repuso. 

Le entregamos nuestras tarjetas. A poco 
volvió, más risueño y afectuoso, franqueándo- 
nos las puertas de la amplísima y alfombrada 
escalera. Nosotros nos encontramos un poco 
amilanados en medio de la grandeza espléndi- 
da de aquella riquísima mansión. Pasamos a 
una sala-despacho castellano del piso princi- 
pal... El Conde, vestido de negro, con la altivez 
de un príncipe, nos esperaba. . . 

—Señores— exclamó, tendiéndonos su mano 
cariñosamente. 

—Perdone, señor Conde, esta inesperada vi- 
sita; pero no queríamos marcharnos de Barce- 
lona sin visitar a usted— le expusimos. 

—Agradezco mucho esta gentil atención; y 
lo que quisiera es ser joven para poder corres- 
ponder a ella acompañando a ustedes a visitar 
todo lo interesante que aquí tenemos. . . 

En seguida el Conde tuvo unas lisonjas llenas 
de amabilidad para nuestra labor... La Esfera 

165 



EL CABALLERO AUDAZ 

era uno de sus periódicos predilectos, y, claro, 
había convivido espiritualmente muchos ratos 
con nosotros. 

El Conde de Giiell es un anciano lleno de au- 
gusta majestad. Alto, arrogante. Por sus lar- 
gas barbas blancas, su nivea corona rizada de 
franciscano y la placidez de su rostro, parece 
un profeta o un apóstol . . . Tal vez nos haya 
recordado a San Pablo, tal y como le hallamos 
en los Evangelios; cuando se cala su ancho 
chambergo negro, entonces es un poeta napo- 
litano . 

—Estoy muy viejo— nos ha dicho—, muy in- 
capaz; el reuma ha matado todas mis acti- 
vidades, y resulta una insoportable camisa 
de fuerza que no me deja vivir... Desde que 
me dio el último ataque, me paso la vida en 
el parque. ¿Conocen ustedes el parque de 
Güell?... 

—Sí, señor, magnífico. ¿Todo él ha sido obra 
de usted? . . . 

—En efecto... En mi deseo de adecentar y 
urbanizar aquella parte de Barcelona, compré 
una extensa cantidad de tierra hace diez años, 
y he hecho ese parque, que creo beneficia a la 
ciudad. 

—Ya lo creo. ¡Se habrá usted gastado en esa 
obra un dineral!... 

166 



LO Q U B S B POR MI 

—¡Oh, sí!... Todo lo que ha hecho falta... 
Muchos millones de pesetas. Pero, ¿en qué me- 
jor?... 

—¿Qué me dice usted de la guerra?... 

— Amigo mío, ruégele que me releve de con- 
testar esa pregunta; soy muy viejo y ttmo no 
acertar en la respuesta... En lo que tal vez es- 
temos todos de acuerdo es en considerarla 
una perdición y en desear que se termine lo 
antes posible, porque no sé adonde vamos a 
parar... 

—¿Usted no tiene afición a la política?... 

—¡Oh, no! Me gusta más la vida de negocios. 
Claro que por eso no dejo de prestar mi apoyo 
a todo lo que yo entienda que beneficia a Bar- 
celona. Mis hijos tampoco tienen gran afición 
a la política. . . Uno lo tengo allá, en la colonia, 
dirigiendo todo aquello, que, como usted sabe, 
es un pueblo que de mis trabajadores y sus fa- 
milias he formado yo... Por cierto que le voy a 
contar a usted un caso interesante que ha ocu- 
rrido allí . Hace algún tiempo un obrero se cayó 
a una caldera llena de tinte hirviendo. Lo sa- 
camos con vida, pero las piernas se le habían 
achicharrado... ün solo remedio encontraba 
el médico para arrancarlo de las garras de la 
muerte: injertarle piel humana; pero esto era 
muy difícil, porque se necesitaba para cubrirle 

lí>7 



EL C4BALICP0 AUDAZ 

las llagas una cantidad enorme... ¿Cómo llevar 
a cabo esto?... Al saber mis hijos la solución, 
ofrecieron los tres su piel para salvar al mori- 
bundo: el sacerdote de la casa también siguió 
el ejemplo; pero, sin embargo, no había bas- 
tante. Enterados de esto los obreros de la fá- 
brica, se sumaron casi todos al ofrecimiento de 
mis hijos, y con la piel de diez, entre los que es- 
taban mis hijos, salvamos a ese pobre obrero, 
que ya, gracias a sus compañeros, está tan bue- 
no y tan sano. ¿Eh?... ¡Bonito caso de amor al 
prójimo! 

Y al viejo procer, lleno de hombría y de no- 
ble altivez, le brillaban los ojos, velados por 
lágrimas, al contar con orgullo esta noble 
hazaña de los suyos. Después nos fué ense- 
ñando bondadosamente las maravillas de su 
palacio. Un poco triste. Parece un monas- 
terio... 



Adiós, Barcelona... Volveré pronto a au- 
mentar la colección de mis visitas con tus hi- 
jos gloriosos que no he podido ver ahora; 
pero, mientras tanto, quiero ahogar una le- 
yenda. .. 

Quiero decir, para que todo el mundo se en- 

168 



A o Q U ñ S B POR M ¡ 

tere, que los castellanos somos tratados en Bar- 
celona como hermanos... 

Y que el encanto de los días que he pasado 
entre catalanes no se desvanecerá jamás de mi 
espíritu. 

¡Viva Barcelona!... 



169 




■^■t^ÉMmflv 



LA ARTISTA 
DE LA MACARENA 



^i^ « ix». . .% I II 



''■>^-^ 



—Ande usted, Amalia; cante unas coplitas. 

— Con mucho gusto , hombre ; no farta- 
ba ma... 

Y volviéndose al joven maestro Font, que 
con su aspecto de estudiante de ciencias con- 
versaba con Luis Gabaldón, le dijo graciosa- 
mente, poniéndose las manos en la cintura: 

— Vamo, maestro. ¿Quiere usté toca una co- 
silla? 

— Una saeta, Amalia— pidió Gabaldón. 
—Vengan saetas, maestro— replicó amable 

la artista—. Si cantando saetas me echo a llora, 
no hagan ustés caso. Pero yo no puedo cantar- 
le al Cristo del Gran Podé sin que se me salten 
las lágrimas. . . 

El maestro Font ya se había sentado junto 
al piano y con sus manos ágiles nos recordaba 

171 



e L C A ñ A L l ñ Tf o AUDAZ 

maj^istralmente la procesión sevillana. El re- 
doble lento de los tambores; las notas plañide- 
ras de los clarines; el paso de las cofradías. 
Era todo un eco de la fiesta religioíia. 

—Estaque voy a canta —nos explicó Ama- 
lia—es la copla que toitos los años, sin fartá 
uno, le canto al Zeñó del Gran Podé en cuanti- 
to que sale.. . Ya base muchos años que esta 
saeta mía es la primera que oye el probetico 
Jezú... 

Hubo una 'pausa breve; todos los ojos esta- 
ban pendientes de la artista menuda, gentil y 
esbelta. Al fin, su voz dulce, llena de senti- 
miento y de armonía, cantó esta saeta: 

¿Dónde va, hermoso clavé? 
¿Dónde va tú, buen Jezu, 
que tan cargado te ve 
con esa pesada Cru 
siendo tú el Gran Podé? 

¿Qué secreto tenía la voz de la artista que a 
todos nos había conmovido?... Aplaudimos. 
Ella volvió a explicarnos con su lengua anda- 
lucísima. 

—Ahora, la que siempre le canto a la Vir- 
gen de la Esperansa de mi barrio. .. Escuchen 
ustés: 

172 



L O Q U ñ 6 B P O A* _'V__/ 

Mirarla por donde viene, 
tan hermosa y tan serena, 
la Virgen de la Bsperansa, 
honra de la Macarena. 

Volvemos a aplaudir con entusiasmo. Ella 
exclamó: 

—Es tan bonita y tan gitana la Virgen de la 
Esperansa, que yo, cuando estoy delante de 
ella y le canto saetas, me dan ganas de salirle 
por bulerías. En cambio, viendo el Gran Podé, 
casi no puedo cantarle porque rompo a llora. 
También a la Esperansa de Triana le canto. A 
esa le digo yo. 

Y Amalia volvió a entonarse: 

Madre mía déla Esperansa, 
no llores ni tengas penas, 
que tu cara es más bonita 
que la de la Macarena. 

—Y si cuando canto esta saeta me toca algún 
macareno al lao, en seguida me grita: «;Ver- 
dá, Amalia, que tú no sientes eso? ¿Verdá, chi- 
quilla?» Y yo le contesto: «Pero, hombre, ¿no 
ve qué cara tan presiosa y tan triste trae la 
probé?... Hay que consolarla.» 

—Entonces, ¿usted es macarena?— le pre- 
gunté . 

173 



EL C A B A L L ERO AUD AZ 

— ¡Vaya! Zi, zeñó. Allí mismito he nasío. 

Y Amalia, para que habláramos con más co- 
modidad, vino a mi lado... Los dos tomamos 
asiento en un sofá. 

—¿Alguno de sus padres era artista?... 

—No, zeñó; Mi madre era cigarrera y mi pa- 
dre lampistero. Na ma que mi madre era mu 
popula en el barrio porque en toas las fiestas 
corraleras cantaba y bailaba. . . De ella apren- 
dí los primeros aires flamencos. 

—¿Tenía usted mucha afición? 

Hizo un gesto con el cual hubiese querido 
abarcar todo el mundo . . . 

—Calle usté. Una afisión loca. Como que no 
había una juerga en la Macarena en donde yo 
no me hallase bailando ma que un peón. 

—¿La llevaba a usted su madre? 

Los ojos, muy negros y muy grandes, ojos 
árabes, de la artista, se entristecieron, y mur- 
muró amargamente: 

— Quiá; si yo me quedé huérfana mu peque- 
ñita y sin recursos ningunos. . . Me quedé con 
mi chacha Matilde, que es con quien vivo en la 
actualidad... 

—¿Y qué edad tenía usted entonces? 

— Unos siete años mal cumplios. 

—¿Y qué hizo usted?.. . 

—Pue en vista de lo apaña que yo era pa too 

174 



LO QUE SE P O !^ MI 

lo flamenco, me fui a la academia de Joselito 
Castillo, el bailarín famoso, y a él me enco- 
mendé y él me enseñó a baila. Después se en- 
cargó de mi enseñansa Pericé. 

—¿Y era usted muy traviesa? 

— ¡Digo!— exclamó riendo. 

—¿Dónde trabajó usted ya como artista por 
primera vez? 

—Allí, en Sevilla, dan unos bailes los Sába- 
dos de Gloria que las gentes les llaman «bailes 
de ingleses»... Estos bailes los da el maestro 
Otero en la calle Trajano. Este maestro Otero 
era un amigo de casa, y pa favoreserme me 
sacó en un baile de ingleses. Por lo que se ve, 
gusté mucho, y al poquito tiempo me contrata- 
ron en el Salón de Novedades de Sevilla, que 
es... ¡canela pura!..., el más clásico de Es- 
paña... 

—¿Como estrella?... 

—¡Vamos! . . . ¡Qué cosas tie usté!— murmuró 
asombrada— .Me contrataron pa formar par- 
te de un cuadro de baile y con tre pesetas de 
sueldo... En esto llegó una cupletista de los 
madriles que ganaba veinte pesetas de sueldo 
por hasé cuatro pamemas, y entonces po me 
dije: «Po si por hasé eso en Madrí se gana vein- 
te pesetas, yo me voy a Madrí.» Y dicho y he- 
cho. Al viejesito Reyes, que era el maestro de 



^ ^ C A B A i. L B í^ o A U n A 7 . 

piano, le encargue que me insLrumenLase los 
tientos de El i^énevo ínfimo y unas soleares, y 
con lo poquillo que yo sabía baila cogí el peta- 
te y i a Madrí!.. . 
—¿Qué ropa traía usted?... 
Rió miingenuidad... 

—Venía casi desnuda. Por too lujo traía 
una falda rosa mu probesita, pero mu gra- 
siosa . 
—Pues ¿qué tenía?. . . 

—Qué sé yo... Muchos volantes mu airosos... 
Además, traía un mantón blanco de Manila 
que, a seis reales diarios, había mercao en Se- 
villa. Primero, lo compré; luego, lo empeñé, y 
luego lo fui sacando poco a poco. iUna combi- 
nasionsilla! 

Amalia hace una pausa, y tras ella, consen- 
timiento, exclama: 

—¡Mi probé mantón de mi arma!.. . ¡Cuánto 
lo quiero!.. . Pa mí es el rey de toos los manto- 
nes, porque con él sobre los hombros resibí los 
primeros aplausos. .. Porque él fué testigo en 
todos mis quebrantos. 
—¿Le recordará a usted muchos buenos ra-l 

tos?... . ; 

—Y la artista exclamó con lágrimas en los( 

ojos: I 

-¡La ma de hambre me recuerda! . . . Pero ycj 

176 



L_ O Q U ñ SE P O f^ M I 

lo quiero con toa mi arma. Ya lo tengo jubila- 
do sobre la chimenea de mi dormitorio y le 
i>3so su pensión.. . 

—¿Cómo su pensión?. .. 

—Una alcansía que tiene él suya y en la 
cual 3^0 todos los días echo algún dinerillo.. . 
Cuando se llena la rompo y compro otro man- 
tón, que le llamo «el mantón-hijo>. .. 

—¿Cuántos hijos tiene ya? . . . 

— Cinco . . . Pero ninguno es tan zeñó 
como el padre. En las grandes solemnida- 
des y en mis beneíicios lo saco pa que no se 
enfade. 

Todo esto, dicho en un andaluz muy 
cerrado y muy pastoso, tenía una gracia 
enorme. 

— Bueno— continuamos-; ¿y llegó usted a 
Madrid?... 

f — Zí, zeñó. Con una sola recomendasión . . . 

—¿De quién y para quién?, . . 

—Del Zeñó del Gran Podé— dijo Amalia muy 
seria— para el Cristo de San Ginés. . . ¡Una ton- 
tería! . . . 

Reímos. Ella prosiguió: 

—Llegué a Madrí el mismito día de San Isi- 
dro y fui a para al número quinse de la calle de 
la Aduana. ¿Qué casualidá, verdá?... 

—En efecto. 

12.V 177 



EL CABALLEJO AUDAZ 

-A la mañana siguiente de llega salí de casa 
en busca del Salón de Actualidades, del cual 
me habían hablado... Sin sabe por dónde anda- 
ba, llegué a la Puerta del Sol y allí tomé un co- 
che, con profundo dolor de mi corazón, pues no 
tenía más que siete pesetas pa toa mi vida... 
«A Actualidades*, le dije... Dio el coche la 
vuelta y a los dos segundos paraba en la puer- 
ta del Salón de varietés... ¡Como que estaba 
allí mismito! «So malange, le dije al cochero, 
bien podía usté haberme dicho que estaba tan 
serca.» Yo iba con mi trensita colgando y Mon- 
tesinos me dijo: «Oye, chequetilla, pa trabaja 
aquí lo primero que tienes que hasé es subirte 
eso...» Después me of resió dié pesetas y me 
anunciaron con unas letras mu grandes. Y me 
salí al escenario con mis cosas flamencas, y en 
luga de caerle malamente al público le caí mu 
bien. Y es que en España gusta mucho el cante 
grande. 

—De todas las canciones de su repertorio, 
¿cuáles son sus preferidas? 

- - A mí lo que má me gusta es la canción an- 
dalusa, canta finamente. 

—Dígame usted algunas de las letras de sus 
coplas predilectas. 

—Tengo muchas. En soleares, las que má me 
gustan son estas: j 

178 i 



LO QUE S £ POR M f 

Dijo a la lengua el suspiro: 
Vete inventando palabras 
que digan lo que yo digo. 



No me llames por María, 
llámam.e por Soleá, 
porque de raare no nase 
María tan desgrasiá. 

Y Amalia, sin darse cuenta, sugestionada 
por las coplas, me las iba cantando en voz ba- 
jita. 

—En petenera tengo una mu bonita. Escu- 
che usté: 

Es tanto lo que te quiero, 
que a golpes el corasón 
en la paré de mi pecho 
el nombre tuyo grabó . 



Dices que no la quieres 
ni vas averia. 
Pero la veredita no cría hierba. 

Era una delicia oír a esta chiquilla cantar 
flamenco. Nada más g^itano, ni más artístico, ni 

179 



B L CABALLERO AUDAZ 

más sentido. Era Andalucía, Sevilla con sus 
claveles dobles y su aroma de jazmines. 

—¿Cuál ha sido su maestro de canto fla- 
menco?... 

—¡Chacón!... Es el que más me gusta. Yo 
lloro oyendo canta a Chacón. |uan Breva tam- 
bién se traía lo suyo . A mí el flamenco me gus- 
ta cantarlo al piano . . . ¡Qué sé yo!. . . A la gui- 
tarra me huele a aguardiente, y en orquesta, a 
champagne , 

—¿Cuál es el recuerdo más agradable que 
guarda usted de su vida artística? 

—Mi debuten la Habana; no se me olvidará 
nunca. Al canta esas granaínas de Adió Gra- 
nada, ¡Granada mía!, el público se puso de pie 
loco de entusiasmo y creí que me comían. Josú 
qué locura... Toos aplaudiendo, la música to- 
cando la Marcha Rea, gritos ensordecedores de 
¡Viva España!... ¡Viva la madre patria!... 
¡Viva Cuba española!... Y yo allí, en medio del 
escenario, llorando como una pasma... ¡Qué 
día, Dios mío! 

—¿Entonces ese es el día más feliz de su 

vida? 

—No, zeñó. El má feliz fué la primera vez 
que me vi en la portada de Nuevo Mundo. ¡Creí 
que me daba argo! Le hice una fiesta al retrato 
y too. Zí, de verdá; empecé a tocarle las pal 

180 



L O Q U B S B POR Af / 

mas y a decirle ¡ole tu mare!,.. «¿I'ero esUi zoy 
yo?», gritaba loca de alegría. «Oye, chacha, 
fíjate, ¿zoy yo?...» 

— ;Tiene usted ya mucho dinero?. . . 

—Un poquillo... Lo suficiente pa haser un 
sanatorio en San Sebastián, adonde vayan a 
veranearlos asilaos de Pastora Imperio... El 
otro día, cuando leí lo que desía a usté Pastora 
sobre hasé un asilo, se me ocurrió esta idea. . . 
Ahora, que el presupuesto mío es mayó, por- 
que a mi no me regalan el sola, lo compro yo 
también. Los pobres van a está la mar de bien 
con nosotras... 

Y Amalia decía esto entre risas burlonas. 
—Qué malitas son ustedes— murmuré yo. 

— Ca, no lo crea usté. Yo soy una artista 
que jamás he regañao con mis compañeras. . . 
La probé de Foniarina y yo nos llevábamos 
como hermanas. . . ¡Probesilla! 

Y la artista tuvo que callar, porque la con- 
goja del llanto no la dejaba seguir hablando. . . 
Y lloró uñ rato. Después exclamó: 

—Nada, que no puedo hablar de Consuelo... 
En seguía me ahogo en llanto... Y a propósi- 
to, ¿qué podría yo hacer por su memoria?... 

Se me ocurrió una idea un poco romántica. 

—Podrían ustedes, todas las que fueron sus 
compañeras, dar una función de teatro en re- 

181 



n L CABALLERO AUDAZ 

cuerdo a ella y a beneficio del Asilo de las La- 
vanderas, y en los entreactos salir al público a 
pedir, y el producto del guante invertirlo en 
flores para rociar la sepultura de Consuelo... 
Los claveles rojos creo que eran su flor predi- 
lecta... 

—Muy bien, muy bien...— exclamó Amalia 
llena de júbilo—, Pero ¿y teatro? 

— ¡Oh, eso es fácil!... Cadenas mismo cedería 
muy gustoso para esta fiesta su Reina Victo- 
ria, rNo, Luisito Gabaldón? 



182 




Cuando llegamos a casa del maestro llueve 
furiosamcnie^ y el viento zumba como en los 
mejores días del invierno. Los viandantes se 
guarecen en los portales, acógense al refugio 
de los tranvías, o, más valientes algunos, des- 
afían las iras del agua corriendo calle arriba. 
Serrano vive frente al Hospicio. Pero ni en la 
vecina arboleda trinan los pájaros ni sobre los 
muros del viejo asilo provincial saltan las vo- 
ces infantiles que otras veces han puesto un 
rayo de luz en esta calle de la Beneficencia. Sin 
embargo, es tarde de abril. El almanaque nos 
lo dice; pero el almanaque es un viejo burlón 
que desgrana sus enredos en una tertulia de 
bobalicones. 

No conocemos a Serrano . El Caballero An- 
das no ha sentido nunca la debilidad de escri- 



183 



EL CABALLERO AUDAZ 

bir zarzuelas. Es de los pocos españoles que no 
se han creído con derecho a hilvanar unas 
cuantas escenas, confiando a la música, al pin- 
tor y al sastre la esperanza de una recauda- 
ción fabulosa. Quiere hablar al maestro como 
un amigo desinteresado, y espera recoger sus 
palabras para ofrecérselas al numeroso públi- 
co de Ln Esfera. 

Nos recibe un chiquillo gentil y desenvuelto. 
Es Lohengrin, el mayor de los hijos de Se- 
rrano. 

— Papá sale en seguida— nos dice. 

Y quedamos esperando en el salón de mú- 
sica. 

Esta artística habitación es un tributo del 
maestro a su noble profesión. Cubren las pare- 
des unos portieres airosos, bordados con pen- 
tagramas y trozos de La reina mora, de La 
majorca roja. Los estores del balcón destacan 
las notas del brioso pasodoble de El motete. La 
mesa es un piano vertical, sobre cuyos tableros 
todos los bibclots recuerdan algún instrumento 
musical. Las butacas parecen auténticos tim- 
bales; los taburetes son tamboriles; el reloj, un 
pandero húngaro; las librerías, dos enormes 
panderetas con grandes sonajas; en los res- 
paldos de todas las sillas un artífice hábil talló 
una pauta y una clave de sol. Pende del techo 

184 



LO Q U e 3 B P O R M i 

una gran lámpara, cuyos brazos son trompas, 
cuyos globos son redoblantes, con un timbal 
en el centro. Las escupideras, las papeleras, 
los ceniceros, simulan tambores de cuerdas, 
violines... Junto a uno de los balcones, un pia- 
no de cola soberbio y un autopianista. Y, te- 
miendo el engaño, hemos alzado la tapa en 
busca de sorpresas... Pero, no. El piano y la 
pianola son verdaderos. 

Pepe Serrano acoge nuestra visita con ama- 
bles saludos. Es nervioso, fino, casi alto. Su 
rostro, pálido y anguloso, es simpático. Los 
cabellos, largos, sin afectación, sin melenas; 
el bigote, erguido, y los ojos, pequeños, vivos, 
enérgicos, le dan un gesto de capitán de Flan- 
des. Habla sencillamente, con abundancia de 
palabras, pero sin tonos de presunción. 

—Usted es de Valencia, ¿verdad, maestro? 
—empezamos preguntándole, entre sorbo y 
sorbo de café . 

—De la provincia. Nací en Sueca el 14 de oc- 
tubre del 73, día de San Calixto. iMire usted 
que llamarme José Calixto!... 

Reímos. Él prosiguió: 

—Mi padre dirigía la banda municipal de 
Sueca, y con él estudié mis primeros años de 
solfeo. Mi aspiración era eclipsar la fama de 
Sarasate como concertista de violín. A los sie- 

185 



EL CABALLERO A U n A Z 

te años locaba este instrumento muy bien, se- 
gún decían. Poco después mi padre, no estando 
seguro de mi entusiasmo musical, me puso de 
mancebo en una botica. Según he^abido des- 
pués, quería contrastar mi vocación, y todo su 
empeño estaba en alejarme de la música... 
¡Empeño inútil!... Yo, en la rebotica, entre li- 
monadas y pildoras, intercalaba unas notas de 
violín, ¡Qué horror le tomé ala farmacia!... 
Aun me duran mis rencores para las medici- 
nas... No he tomado jamás ninguna, pues de 
aquella botica saqué el convencimiento de que 
todas las drogas no sirven más que para una 
cosa: ¡para enfermar al más sano! Bueno; pues 
convencido mi padre de que yo no quería ser 
más que músico, me matriculó en el Conserva- 
torio de Valencia, y allí estudié el solfeo, la 
armonía y la composición con don Salvador 
Giner. 

—¿Y el piano?. .. 

—Mi padre quiso que lo aprendiera. Cuando 
fué a Valencia para oírme en el examen, tuve 
que confesarle que había vendido los libros al 
conserje del Conservatorio. Algunas veces me 
ha pesado; pero mi instrumento favorito era y 
es todavía el violín. 

—¿Qué hizo usted en Madrid antes de ser co- 
nocido?— preguntamos con interés. 



LO Q U B SE POR MI 

Senaiiü liaot; un geslo de horror; después 
exclama: 

—¡No me lo recuerde usted, Cahallcyo Atidaz! 
Si hoy me volvieran a Sueca, y, a condición de 
pasar lo pasado, me ofrecieran la gloria de 
AVagner, yo le aseguro a usted que renunciaba 
a ella y me quedaba en mi pueblo, Verá usted 
qué prólogo. En el verano mi padre me dejaba 
encargado de la banda. Un año, en esta época, 
fué de visita al pueblo don Simón Vila Ven - 
drell, amigo y paisano nuestro y persona de 
algún relieve entonces en la vida política. A la 
sazón era nuestro visitante director general 
de Hacienda en el Ministerio de Ultramar, y, 
claro, tanto por su prestigio político como por 
la amistad que tenía con mi padre, yo acudí con 
mis huestes a obsequiarle con una serenata. 
Satisfecho nuestro huésped de mi atención, 
después de interesarse por mis aficiones, me 
encareció la necesidad de presentarme en Ma- 
drid para conseguirme una pensión de gracia 
en el Conservatorio. ¿Para qué quise yo más?... 
Con más alegría que unas castañuelas, tomé el 
tren y ¡a Madrid!... Al llegar aquí, lo primero 
que hice fué visitar al que iba a ser mi protec- 
tor... Sí, sí... Cuando, después de mil paseos, 
conseguí verlo, me dijo con indiferencia que él 
no conocía a los señores del Tribunal.., ¡Excu- 

187 



EL CABALLERO AUDAZ 

so decirle a usted!... ¿Que hacía yo en Madrid, 
donde no conocía a nadie?... Lloré de dolor por 
mi fracaso. Alg"uien que conocía mi situación 
consiguió que don Emilio Serrano, presidente 
del Tribunal, conociera mis trabajos, y Serra- 
no me ofreció apoyo. Efectivamente: logré una 
pensión de las mejores: tres mil reales. Pero 
ahora verá usted. A los dos meses, don Alber- 
to Rosch pidió en el Congreso que estas ridicu- 
las pensiones fueran sustituidas por otras de 
cinco, seis y ocho mil reales... Lo autoriza- 
ron..., y empezó por suprimir las de dos y tres 
mil reales, y.. . ¡hasta ho}'^! Las otras no se han 
creado todavía. 

—¡Estupendo!— comentamos. 

—Yo, decidido a trabajar en Madrid, contes- 
tando a los consejos que me daba mi padre de 
tornar al pueblo, le escribí mi promesa de no 
verle mientras no tuviera en mi bolsillo cinco 
billetes de mil pesetas. .. Y así fué... A los cin- 
co años de estar aquí conseguí mi empeño. 

—¿Cómo se valió usted para que los Quintero 
le confiaran la música de El motete?. . . 

—No puedo contárselo, amigo Audas. Sí 
debo decirle que los Quintero, aun mejores que 
como autores, son como caballeros. A mí se 
me había hecho una infamia en el teatro de 
la Zarzuela, y Serafín y Joaquín, indigna- 

18S 



LO Q U B 5/? POR Mi 

dos, se propusieron reparar agravios de los 
demás... 

Callamos un instante. Yo rompí el silencio. 

—¿Cuáles han sido las obras de más dinero 
entre las de su repertorio?. . . 

—Es cuestión de edad . La majorca roja me 
lleva dados, hasta ahora, unos doce mil duros . 
Cuando Alma de Dios y La mala sombra, por 
ejemplo, tengan los mismos años que hoy cuen- 
ta La masorca es probable que lleguen a más. 

—¿V cuáles son las predilectas de usted?. . . 

Serrano sonríe, un poco esceptico. 

— Probablemente, las que menos me han 
aplaudido. 

Y luego añade vivamente: 

—Menos en Valencia. 

—¿Cuántas tiene usted estrenadas? 

—Treinta y ocho . 

—¿Ha terminado usted ya La venta de los 
gatos? 

—Sólo me falta instrumentarla. Es una ópe- 
ra andaluza desde la primera nota hasta la últi- 
ma. Consta de dos actos largos. El libro, ya 
lo sabe usted, está inspirado en Bécquer . 

—¿Dónde se estrenará?. .. 

—No lo sé . Es seguro que un teatro exclusi- 
vamente español, como la Zarzuela. Pero su 
estructura es tal, que lo mismo puede ejecutar- 

189 



B L CABALLERO AUDAZ 

se en el Real que en un teatro de provincias, 
por modesto que sea. 

—Hemos oído decir que va usted a la Argen- 
tina—insinuamos. 

—En efecto: con los hermanos Velasco. Son 
dos amigos de toda la vida; solamente con ellos 
me hubiera aventurado a pasar el Atlántico . 
Me han dicho algunas personas que en Buenos 
Aires sólo gustan los tangos y las matchichas . 
Yo no puedo creerlo, y voy a ver si es verdad . 
Me propongo dar unos conciertos de música 
española. 

—Nuestros compositores no han cultivado 
mucho las piezas de concierto— observamos. 

—No importa. Con la. Fantasía riiorisca y 
Los gnomos de la Alkavibra, de Chapí; con las 
Escenas andaftisas, de Bretón; con los Caritos 
asturianos, de Villa; con los Leoneses, de Vi- 
llar; con algo de Granados, Giner y Larre- 
gla. . . se puede dar una idea de música españo- 
la sin tangos y sin matchichas. ¿No cree us- 
ted? . . . 

Asentimos . Y . . . 

—¿Estrenará usted algo suyo? . . . 

—Llevo cuatro zarzuelas terminadas y dos o 
tres medio escritas. Estrenaré, en primer tér- 
mino, El rey del corral, de López Marín, y una 
zarzuela de Guillermo Fernández Shaw y Fe- 

190 



LO Q U t SE POR MI 

de rico Romero, dos noveles autores, y después, 
otras de Sinesio, Moyrón y varios más. Antes 
de embarcar daré en la Zarzuela El rey de la 
banca y en Apolo El amigo Melquíades, de Ar- 
niches. 

No queríamos salir de la casa de Serrano sin 
hacerle una grave pregunta, grave porque ape- 
lamos a su sinceridad. Nos decidimos. 

—¿Qué opina usted, maestro, de la música y 
de los músicos españoles? . . . 

—De la música, que es la más hermosa del 
mundo. Los cantos populares encierran teso- 
ros de poesía que aun no se han explotado. 
Saint-Saens se admiraba de que en un recinto 
pequeño, como es el de España, pudiera haber 
tan diversos matices y tan varias fuentes de 
inspiración musical. Desde el zortzico vasco a 
la alborada gallega, de la sardana a la jota, 
hay pocos kilómetros; vea usted, sin embargo, 
cómo se diferencian. Andalucía tiene, a mi jui- 
cio, la mayor riqueza de cantos más diversos: 
soleares, seguidillas y malagueñas son andalu- 
zas. ¿Puede darse nada más distinto?... Nues- 
tros compositores, en general, están mal orien- 
tados. Los hay de mucho talento, como Con- 
rado del Campo, Rogelio Villar y Vicente 
Arregui; pero se han afiliado a la escuela de 
Debussy, Dukas y Vicent d'lndy, en vez de re- 

191 



EL CABALLERO AUDAZ 

coger en nuestros cantos la base de sus compo- 
siciones, en vez de estudiar a Chapí, nuestro 
jfran músico. La escuela francesa no se pre- 
ocupa más que de la técnica... Es decir, no 
alardea más que de técnica, haciendo gala de 
su desprecio por la melodía. En realidad, esto 
no es más que una postura de conveniencia; 
cuando se les ocurre una melodía, la toman con 
tal cariño que la agotan en fuerza de repetirla 
en todos los tonos y con todas las distribucio- 
nes. Tal ocurre con El aprendis de brujOy de 
Dukas. ¿Qué duda cabe de que sin técnica no 
puede haber música en los tiempos actuales?... 
Pero la técnica debe ser, a mi juicio, el arte de 
armonizar la melodía, no el artificio con que se 
disimula la ausencia de línea melódica. De 
Massenet, de Saint-Saens acá, ¿qué ópera ni 
qué opereta ha salido de Francia? ¿Cuál se re- 
presenta en Francia siquiera?... Ninguna; por- 
que ningún músico francés de la moderna es- 
cuela tiene personalidad: todos son iguales. 
¿No es una pena que nuestros músicos se orien- 
ten hacia esa escuela fría, incolora, inexpresi- 
va, y desprecien la verdadera música española? 
Hemos oído a Serrano con verdadero gusto, 
con entusiasmo. Nos interrumpe un tropel de 
chicos que, produciendo gran alboroto, entra 
en la habitación. . . Con inocente curiosidad nos 

192 



I o QUE 65 P O Q M I 

liscalizan, y un poco amilanados por nuestra 
presencia, se acogen alrededor del maestro. 
Uno se le sube por las piernas, otro se le aga- 
rra al cuello, otro le coge las orejas; el más 
pequeño llora en brazos de la niñera, envidio- 
so del correteo de los demás. 

--Ha lleg'ado del colegio mi geiilr ineiinda 
—nos dice el maesi.ro. 

—fY cuántos son? Porque como se mueven 
tanto, no puedo contarlos. 

-Ocho... 

— ¡Ocho! — comentamos nosotros, compa- 
sivos. 

—Sí, señor; y a mí me parecen pocos. ¡Qui- 
siera tener tantos hijos como obras teatrales!... 
¡Qué caramba!... 

Nos dice Serrano esio con tal convencimien- 
to, con tal sinceridad, que empezamos a envi- 
diar la dicha del que tiene doce retoñitos. Aun 
le buscamos el lado malo en la noble profesión 
del maestro, preguntándole: 

— ¿Y le dejan a usted trabajar?.. . 

—Sí, señor. Yo hago música de madrugada; 
desde la media noche en adelante. Ellos, como 
están acostumbrados desde que nacen a oír el 
piano de noche, no se despiertan jamás... 

—Y los vecinos, {no se quejan? 

-■-No, señor; al contrario: en. uno de los pisos 

l^v 193 



EL CABALLERO AUDAZ 

vive un médico que cuando estoy algún día sin 
tocar me lo reprocha. 

—Lo acusan a usted de trabajar poco. 

—Trabajo bastante; lo que hago es no apro- 
vechar más que lo que me satisface plenamen- 
te, y no escribir música más que cuando estoy 
inspirado. 

Y no hablamos más. 

Nosotros habíamos sentido, oyendo algunas 
de las partituras de este joven maestro, el or- 
gullo de ser españoles, de haber nacido en un 
país donde el alma fuerte de la raza vibra en 
canciones de pujanza varonil o de queja honda, 
sentida, del corazón. 

Y en esta tarde, abrileña por su nombre, in- 
verniza por su cariz, hablando de España con 
el autor de La reina mora, hemos sentido llegar 
a nuestro espíritu un rayo de sol . 

La música también hace patria, tanto como 
la pintura y las letras. 



:94 




1 KRn "^ 



EL CABALLERO 
>| DEL SOMBRERO DF PAJA ^ 



Abriéndose paso entre la numerosa multitud 
que le rodeaba, el inquietante hombre del som- 
brero de paja llegó resueltamente hasta la 
mesa que nosotros ocupábamos en la terraza 
de Fornos. 

Mi bella amiga, rubia como un ramo de es- 
pigas y blanca como un nardo, se estremeció 
de miedo ante la expresión del desconocido. 
Yola tranquilicé.-. Era un artista: algo ex- 
travagante, pero un artista... 

—Entérense ustedes de las últimas atrocida- 
des que hacen mis enemigos para hundirme 
—nos dijo el caballero del sombrero de paja, 
al mismo tiempo que, con gesto digno y so- 
lemne, ponía en nuestras manos un impreso. 

Y permanecía en pie delante de nosotros... 
En la noche verbenera, plácida y cuajada de 
estrellas, el artista parecía un sonámbulo... 

l<5 



EL C ABAL f. EQO AUPA Z 

Todos ie corioceréi'^. 

No es un tipo vulgar. Su figura seca y casi 
trágica pasea constantemente por los sitios 
más céntricos de Madrid. Su rostro color ocre, 
sus cabellos erizados, su boca flácida, con- 
traída siempre por una mueca de desdén, des- 
pierta interés. Sus ojos, pequeños y oscuros, 
imponen un poco, no se sabe si por la dema- 
siada quietud o por la excesiva expresión... 
Viste un traje gris, menos terroso que su ma- 
cilenta piel . . . Camina siempre con altivez de 
príncipe y lentitud de errante. . . En la mano 
derecha esgrimía, con el mismo orgullo que 
esgrime un rey su cetro, un viejísimo sombre, 
ro de paja que el tiempo había cubierto con 
una pátina bronceada.... 

—¿No me conoce usted?— me preguntó seca- 
mente, con su voz nasal y metálica. 

—Sí, scfíor—afirmé. 

—¿Quién soy?— inquirió. 

—Riego, el popular pintor del sombrero de 
paja. 

Al oír esto, su rostro se llenó de satisfacción. 
Yo proseguí. 

—Pero vamos a ver; siéntese usted al lado 
de esta señorita y charlemos un rato. . . 

Acogió mi invitación con algo de extrañeza; 
pero obedeció . . . 

1^6 



LO QUE SE POP MI 

Un guardia tuvo que resguardarnos de los 
curiosos que nos rodeaban. 

—Díganos usted, Riego, ¿cuántos años hace 
que lleva usted ese sombrero de paja?.,. 

—Sin separarme de él, ni de día ni de noche, 
ni en invierno ni en verano... ¡doce añosl Doce 
años que en mi compañía lleva arrostrando la 
horrible persecución de que vengo siendo víc- 
tima. 

—¿Persecución?— repuse extrañado— . ¿Quién 
le persigue a usted?... 

—Mis inquisidores. ¿Quiénes han de ser?. .. 
Los envidiosos de mi arte y mis adversarios 
políticos, cu3'os dos bandos han formado un 
bloque que no tiene otra misión que hundir- 
me. . . ¡Ah! . . . Pero se equivocan. . . Yo me 
defiendo, y al cabo del tiempo romperé ese blo- 
que ¡o pereceremos todos! . . . 

Los ojos del extraño personaje se animaron 
con fosforescencias felinas... 

— ¿Conque doce años justos hace que lleva 
usted ese sombrero?. . . ¿V cómo lo ha podido 
usted conservar tanto tiempo?. . . 

— Porque, mire usted -- repuso enseñándo- 
melo—, siempre lo estoy componiendo con ta- 
ruguitos de madera y parches de chapa 

En efecto: el sombrero era una obra de arte. 
Sujeto con lañas. 

197 



EL CABALLEPO AUDAZ 

—Y. . . ¿por qué motivo adoptó usted ta re- 
solución de ir siempre con ese sombrero? 

—Mire usted: mis enemigos me perseguían, 
como me persiguen desde que tengo uso de ra- 
zón. Yo estaba solo en el mundo y aterrado 
de que me hicieran desaparecer... «Es necesa- 
rio darme a conocer al público, para que la 
gente sepa lo que como pintor valgo y me 
defienda >, pensaba. Entonces, un verano que 
no pude comprarme otro sombrero, retuve el 
de paja hasta bien entrado el frío; y noté que 
llamaba la atención; y entonces vi en el som- 
brero de paja un medio de popularizarme y ex- 
teriorizar las injusticias que se hacen conmi- 
go. ¡Me quieren aniquilar! 

— ¿La gente se meterá con usted? 

— ¡Oh, no! Al contrario. Todo el mundo me 
respeta como a un rey . . . Muchos dicen que 
estoy chiflado; pero esa infamia la han corrido 
mis enemigos para quitarle fuerza y eficacia 
a mi protesta... Sin embargo, los inquisidores 
no descansan, siguen su campaña contra mí. 
Ahora, ¿se ha enterado usted de lo que se ha 
hecho con mi cuadro en esta última Exposi- 
ción? . . . 

— No; diga usted. . . 

—Se va usted a asombrar... Yo, de los vein- 
te o treinta lienzos que tengo, presenté en esta 

198 



LO QUE se P G f? M / 

Exposición tres. . . No me los quisieron admi- 
tir; pero, al fin, temiendo una protesta del pú- 
blico, admitieron uno titulado «Haciendo y con- 
sumiendo», que no es de los mejores que ten- 
go, pero es una maravilla. . . El cuadro fué un 
éxito enorme. Usted lo sabe. 

—Sí— afirmé. 

—Exclusivamente por ver mi cuadro desfiló 
por la Exposición cuatro veces más público 
que otros años. . . De esto no cabe la menor 
duda, porque los números nos lo dicen... ¿Cuán- 
to ha entrado en taquilla este año en la Expo- 
sición? Cincuenta mil pesetas. . . ¿Y en los an- 
teriores?. . . En la que más, doce mil pesetas. . . 
A la primera Exposición que yo concurro es a 
la de este año. . . ; luego, con un poco de lógi- 
ca, se ve claro como la luz meridional que esas 
cincuenta mil pesetas han ingresado por mí. . . 
¡por mi cuadro, que era lo mejor que había en 
el palacio del Retiro! ¿Verdad? 

— En efecto. 

—Bueno: pues mis enemigos han conseguido 
comprar al Jurado, el cual se comprometió a 
no darme la primera medalla, que era a lo que 
yo aspiraba. . . A mí juzgarme las obras Gar- 
nelo... y otros por el estilo... ¿Hay derecho?.. . 
A su juicio de usted, ¿no pinto 3^0 mejoi que 
Garnelo? 

lUd 



e L C A fí A L L t f? o AUDAZ 

—¡Qué duda cabe!— le contesté con absoluta 
sinceridad . . . 

—Bueno, pues me dejaron sin primera me- 
dalla, y entonces yo me fui al ministro y le 
dije que, en vista del ing-reso que yo le había 
proporcionado al Estado, se creara un premio 
especial para favorecerme. 

—¿De cuánto? 

—De la mitad del ingreso: de veinticinco mil 
pesetas... 

—Y el ministro, ¿qué le dijo?. . . 

—Que volviese..., y cuando volví ya estaba 
comprometido con mis perseguidores para pos- 
tergarme... No perdonan medio... Hace unos 
meses trataron de envenenarme. 

—¿Cómo?... 

—Muy sencillamente: comprando al cama- 
rero y al cocinero del restaurante donde yo iba 
a comer... iOh, verá usted! Un día llegué a co- 
mer, y al fijarme atentamente en el camarero 
que me servía, adiviné sus intenciones avie- 
sas. Me sirvió la sopa; yo noté en ella un sa- 
bor metálico que me aterró; pero seguí co- 
miendo. Cuando salí a la calle advertí los 
síntomas de la intoxicación. Me miré en un 
escaparate: tenía la lengua blanca. Usted sabe 
que los tóxicos atacan a las membranas nasa- 
les. . . Me fui a la Casa de Socorro primero, y 

200 



LO QUE S B P O fí MI 

después a denunciar el hecho ante Méndez 
Alanís. Y todo esto fué precisamente en el pe- 
ríodo de llevarse los cuadros a la Exposición, 
¿eh? ¡Me temían, me temían! 

— ¿Supongo que ya no volverá usted por ese 
restaurante? 

— |Ah! Sí, señor. Continúo yendo, porque 
tenía el pago de dos meses anticipados, y eso 
era muy serio. 

—¿Vive usted de la pintura?. . . 

—Sí, señor; de los encargos que consigo bur- 
lar del conocimiento de mis enemigos. Son po- 
cos, porque ellos me los arrebatan todos; 
si no, sería yo uno de los pintores de más 
dinero de España. Precisamente, no sé si se 
acordará usted de un retrato que le hizo So- 
roUa a una bella dama chilena que estuvo en 
Madrid. 

—Sí, señor; hace unos diez años. 

— ¡Eso es!. . . Bueno; pues ese retrato me lo 
quitaron a mí... La dama me vio trabajaren 
el Museo y trató conmigo el retrato. Como 
siempre tengo puestos espías, éstos fueron con 
el soplo a SoroUa, y SoroUa la catequizó y la 
cobró por el cuadro seis mil pesetas... Yo no 
pensaba llevarle por él más que cinco mil. Sa- 
lió perjudicada. 

Riego habla con una seriedad que descon- 

201 



n L CABALLEJO AUDAZ 

cierta... Jamás ríe, y no pierde la expresión del 
que le escucha. 

—¿Tiene usted novia, Riego?... 

—Novia..., lo que se dice novia, no. Tengo 
muchas chicas que me han pedido relaciones... 
Claro, simpatías... y cosas que nos ocurren a 
los artistas jóvenes...; pero yo no me decido 
por ninguna... 

—¿Vive usted solo? 

—En una casa de huéspedes, en la calle de 
San Lorenzo, 6. 

—¿Tiene usted allí su estudio?... 

Rió amarguísimamente... 

—¡Oh! No, señor. Aquel es mi albergue. Mi 
estudio es la calle y el campo... Yo soy natu- 
ralista... 

—¿Ha vendido usted el cuadro de la Expo- 
sición? 

—No, señor. Quiero por él veinte mil pese- 
tas, por lo menos. 

—Muy bien... ¿Qué pintores son los maes- 
tros de usted? 

—Ninguno. Yo ya pasé de la categoría de 
discípulo. 

— Pero ¿cuáles, a su juicio, son me- 
jores?... 

—Hombre, Sorolla me gusta y creo que está 
a mi altura... 

20'á 



L O Q U B SE POR Mi 

—Y los críticos, ¿qué tal le han tratado a 

usted? 

— I.a crítica está comprada por mis adversa- 
rios... Hasta Silvio Lago, que me parecía el 
más sincero, lia sido dominado por ellos... 

—¿Cuándo piensa usted abandonar el som- 
brero de paja?... 

—Cuando todo el mundo me conozca y me 
compadezca y consigamos arrollar la muralla 
que se pone ante mí; cuando yo, en el arte de 
Velázquez, ocupe el lugar preferentísimo a 
que tengo derecho; cuando pueda comer la co- 
mida que corresponde a un artista trabajador 
y de mérito... Ahora estoy esperando una car- 
ta del Rey contestando a dos que 3^0 le he di- 
rigido pidiéndole justicia en esta ignominia 
de la Exposición. 

—¿No han tratado nunca de quitarle a usted 
el sombrero? 

—Sí, señor; una vez; un carnaval; pero con- 
seguí rescatarlo... Este sombrero en mí es la 
bandera de libertad... ¡Que digan que estoy 
loco!... ¿Que me importa?... Pero yo conse- 
guiré lianar la atención de la gente y sabrá 
todo el mundo que a Riego, al insigne pintor, 
gloria de este siglo, no le han dejado vivir sus 
perseguidores. 

Y poniéndose de pie, continuó lúgubremente: 

203 



EL CABALLERO AUDAZ 

— ¡Cuántos días he pasado sin comer porque 
me sitiaron por hambre! ¡Infames! . . . 

Y Riego, con su rígida altivez de príncipe y 
con su sombrero en la diestra, se alejó de nos- 
otros... 

Mi pobre amiga rubia se había entristecido. 
Sus divinos ojos azules, esmaltados por las lá- 
grimas, brillaban como dos luceros. 

—¿Qué te pasa?— la pregunté. 

—Me da mucha pena de ese hombre.— Y, 
tras de secarse las lágrimas, continuó dulce- 
mente—: Oye... ¿y pinta bien?... 

—Pinta mejor que muchos y es más desgra- 
ciado que todos... Pero 3 a ves: en doce años 
que ese artista lleva arrastrando entre ricos y 
pobres la tragedia de su vida, no hubo todavía 
ningún poderoso que, impulsado por esta sin- 
cera piedad que tú sientes, le redima de la mi- 
seria... Más tristeza que ese infeliz bohemio 
me causa el público imbécil que le sigue en 
plan de mofa. . . y más todavía los pintores es- 
pañoles, que no hacen nada para que vuelva a 
la normalidad social este compañero... Y es 
que no somos buenos... Parándose bien a me- 
ditarlo, El caballero del sombrero de paja pa- 
sea por las calles de la corte hace doce años la 
crueldad española. 



204 




Es un hotelito que está enclavado allá, al 
final del paseo de la Castellana, casi frente a la 
estatua de Doña Isabel la Católica. Tiene su 
cacho de jardín, donde delicadas y pulidas ma- 
nos de uñas esmaltadas de rosa plantan helé- 
chos, palmeras, y cuidan las violetas v los pen- 
samientos. 

Cuando entré, el sol, un sol mañanero y ra- 
diante, desde el centro de su bóveda de añil 
transparentísimo se desbordaba a torrentes, 
invadiéndolo todo con raudales de luz 3* ale- 
jaría. La mañana olía a verano }'■ el jardín es- 
taba saturado por el perfume de las violetas, 
unas chicuelas con los cabellos cortados por 
los hombros, como los pajes medievales, corre- 
teaban entre risas, gritos y algazara. 

—Oiga usted, señorita— le dije a una de las 
menos pequeñas, que tenía mirada diabólica, 

205 



EL CABALLERO AUDAZ 

naii¿ respingona y boca fresquísima : ¿está 
doña Melc.hora Herrero? 

—Sí, señor—me respondió vivaracha, al mis- 
mo tiempo que con coquetería se arreg^laba la 
melenita rubia — . Es nuestra profesora de Eco- 
nomía doméstica... Estará en su despacho... 
Pase usted. 

Mientras, las demás compañeritas habían in- 
terrumpido el juego y, dirigiendo la vista hacia 
nosotros, cuchicheaban sonrientes. Seguí a mi 
angelical guía. Subimos la escalinata y pene- 
tramos en una amplia habitación. En el centro 
de ésta había una mesa de despacho; en uno de 
los ángulos, un gran aparato cinematográfico, 
y de las paredes pendían tres retratos a tama- 
ño natural: D. Alfonso XTII, D. Julio Burell 
y D. Amalio Gimeno. 

—Voy a avisar a doña Melchora— me dijo 
la niña. 

—Muy bien, chiquita. 

Y fué a salir como un rayo. Yo la detuve un 
instante. 

—¿Quién va usted a decir que está aquí?... 

Dudó la angelical criatura y, después de ha- 
ber pensado durante unos segundos, me con- 
testó resuelta: 

—Le diré que un caballero muy alto. 

Reí la infantil ingenuidad. 

206 



L O QUE S B P O n M ¡ 

—Está bien; con eso basta. 

Marchó rápida, y a los pocos momentos vol- 
vió acompañada cíe mi buena amigfa doña Mel- 
chora Herrero. 

Doña Melchora, como mujer, es una rosa de 
té algo marchita. ¿Marchita por los años? ¿Mar- 
chita por los sufrimientos?... Aun le queda alg^o 
de fragancia, y todavía en sus ojos, color de 
acero, centellea el deseo; pero es ¡una rosa de 
té!... Habla mucho, su charla está llena de in- 
cisos que os desconciertan, y es sumamente 
expresiva .. Adolece del mismo defecto que 
todas las mujeres que invaden -para honor 
nuestro— el campo literario. Se desposeen del 
delicioso perfume femenino y se nos muestran 
como un amigo. P^ Colomhine, a Vicente^ a 
Violeta, a Gloria de la Prada y a nuestra com- 
pañera Rosalinda, les ocurre otro tanto. 

—Sólo por usted he venido hoy a dar clase, 
porque, como le decía en mi carta, llevo unos 
días enferma— me dijo amablemente. 

—Mil gracias. Dígam.e usted: ¿qué enseñan- 
zas se cursan en e^ta escuela?... 

Tres grupos principales, divididos en Ense- 
ñanzas generales, Enseñanzas del hogar y En- 
señanzas profesionales. 

—¿Cuál es el que está a cargo de usted? 

—Enseñanza del hogar, que abarca todos los 

207 



K L CABALLERO AUPA Z 

conocimientos pi adieos de la vida doméstica. 
Esta comprende dos grupos: uno de Hig"iene, 
Puericultura, Remedios caseros y Asistencia 
de enfermos, y otro de Economía, Contabilidad 
doméstica, Confección y entretenimiento de 
ropas de uso diario, Arte culinario, etc. etc. . . 

—Caramba, tiene usted un g^rupo que nos in- 
teresa mucho a los hombres, y, sobre todo, a 
los que tenemos poco dinero. ¡No es nada! 
¡Economía del hogar!... 

— ¡Ah! Pues le advierto a usted que casi to- 
das mis discípulas le hacen a usted un menú^ 
corTdimentación y todo, por dos reales... 

— -;Por dos reales?... Vamos a verlas... Quie- 
ro hablar con ellas y tal vez cometa alguna 
audacia. 

—En este momento están en la cocina, dan- 
do la lección práctica. Si quiere usted, iremos 
allá... 

—Encantado... 

Me precedió doña Melchora; atravesamos un 
pasillo y entramos en la cocina. Allí quedé 
agradablemente sorprendido por el cuadro la 
borioso y encantador que se ofrecía a nuestra 
vista. Al lado de la mesa, tosca, una muchachi 
ta de diez y seis a diez y ocho años, rubia de 
pelo, de ojos g"arzos y transparentísima piel, 
sazonada con algunas pecas color oro, batía 

LOS 



L O Q U S, S B pon MI 

unas yemas de huevo en un tazón. Las manos, 
largas, señoriles, aristocráticas, eran blanc ; s, 
3" sus uñas parecían hechas con pétalos de 
rosa. A su alrededor, cinco o seis compañeras 
más, también muy lindas, la ayudaban en la 
íaena culinaria: una, midiendo azúcar; otra, ex- 
primiendo una naranja; otra, machacando cane- 
la. Aquellas eran las esposas de mañana, estu- 
diando, como ángeles del hogar, la manera de 
saber condimentar, bien y económicamente, un 
pollo, un cocido, un bizcocho. Mi presencia las 
alarmó uu poco, y quedó paralizada la faena 
durante unos minutos. Todas contestaron a mi 
saludo y todas bajaron la cabeza ruborosamen- 
te, o tal vez indignadas de que aquel claustro 
culinario lo hubiese traspasado un caballero. 

—¿Qué estaban ustedes haciendo?— les pre- 
guntó dulcemente doña Melchora. 

—El flan de naranja— contestó con timidez la 
de los ojos garzos. 

— Debe ser un flan muy rico -comenté yo; y 
después, dirigiéndome a la que había contesta- 
do, le pregunté—: ¿Cómo se llama usted, se- 
ñorita? . . . 

Primero se puso roja como una amapola, 
después miró a la bondadosa maestra, y, al ñn, 
contestó c6n una vocecita casi ahogada por el 
rubor: 

14-v 209 



B L CABALLERO AUDAZ 

—Gloria Estany . 

—¿Lleva usted mucho tiempo en Economía 
doméstica? . . . 

—Un año. 

—¿Y sabe usted hacer mucho de cocina?... 

—Sí, señor; sé bastante. 

—¿Sabrá usted cómo se hacen unos ríñones 
al jerez? 

—Sí, señor; y a la broche, y fritos, y rellenos. 

—¿Y unas croquetas?. . . 

—Sí, señor; de gallina, de jamón y de ba- 
calao. 

— ¿No hay que decir que sabrá usted prepa- 
rar un pollo? . . . 

—Ya lo creo: de mil maneras— contestó, ino- 
centona. 

Las compañeras, más maliciosas, soltaron 
una carcajada . Gloria se puso más roja y no 
sabía qué hacer con el batidor. 

—¿Qué se está guisando ahí?- -pregunté, se- 
ñalando un puchero que hervía en el fogón . 

— Suflés de gallina. 

—Echa buen olorcillo. ¿Y aquello otro que 
hay en el horno?. . . 

—Aquello es bizcocho de roca. 

—Explique usted al señor cómo se hace— in- 
vitó doña Melchora a otra alumna . 

— Se remonta la clara de cuatro huevos, por 

210 



LO QUE SE POR Mr 

ejemplo, hasta que está a «punto de nieve». Se 
le agrega una copa de azúcar, otra de harina, 
pasada por un tamiz, para que no se hagan to- 
londrones; después se le echan las yemas; y, 
todo junto, se menea un poco y en un molde de 
lata se mete en el horno, que debe tener un 
calor moderado . 

—Te olvidas de la manteca— observó la se- 
ñorita de Están}'- . 

— ¡Ah, sí! Que el molde debe estar impreg- 
nado con manteca de cerdo. 

—Usted, señorita Gloria, será una alhaja ca- 
sera. . . Vamos a ver, ¿tiene usted novio?. . . 

— No, señor— musito avergonzada. 

—Y si lo tuviera usted— lo cual no es un pe- 
cado-}^ siendo un buen muchacho, no reunie- 
ra más sueldo que treinta duros mensuales, ¿se 
atrevería usted a casarse con él en la seguri- 
dad de poder vivir decorosamente? . . . Veamos, 
veamos si es verdad eso de la economía do- 
méstica . 

—Haz un presupuesto de cinco pesetas dia- 
rias—le advirtió doña Melchora. 

La muchacha sacó un lápiz y cortando una 
hoja de su cuaderno, se puso a hacer números. 
Al instante me entregó el papel. Decía: «Pre- 
supuesto.— Casa, una peseta; criada, cincuenta 
céntimos; luz, veinte; carbón, treinta; desayu- 

211 



BL CABALLERO AUDAZ 

no de café, leche y pan, tres personas, cuaren- 
ta; una comida: patatas con almejas, sesenta; 
carne, cincuenta; postre, diez; pan, veinticin- 
co; otra comida: judías lentejas o patatas, 
treinta; huevos, treinta y cinco; postre, diez; 
pan, veinticinco; gastos generales: quince.» 
Sumé: eran las cinco pesetas. 

—Muy bien, Gloria; ya está usted en disposi- 
ción de casarse. 

Rieron todas. 

—¿Vamos a otra sección? ... —me preguntó 
doña Melchora . 

—Vamos allá. 

Subimos por una amplia escalera. Entramos 
un instante en el taller de flores, en el de som- 
breros, en el de corte, en el de ropa blanca. 
En todos había más de una veintena de alum- 
ñas laboriosas. Bonitas, muy bonitas. 

En el piso final estaba instalado el estudio de 
pintura y modelado. Más de treinta mucha- 
chas, todas mu}^ bonitas, trabajaban sobre sus 
lienzos, tapices, porcelanas, cartulinas, etc.. 
A nuestro lado, una muy bonita, de rostro en- 
trelargo, de piel rosada, ojos grandes, soñado- 
res y casi negros, boca pequeña, sangrienta 
como una herida endentada, nariz aguileña de 
finísimas aletas, cabellos castaños 5^ cuerpo 
flexible y gentil, modelaba un busto griego. 

212 



QUE 3 B P O ík MI 



Nada tenía que envidiar su cabeza a la griega. 
Yü rae dirigí a ella. 

—Está bien este busto, señorita. 

—¡Quiá!— replicó, sonriendo dulcemente y 
entornando sus ojos seductores—. Es lo prime- 
ro que he hecho. 

—Pues entonces es usted una g'ran artista. 

—Siento una irresistible vocación por la pin- 
tura y por la escultura . Pero en mi casa, mis 
papas no quieren que la cultive. 

—¿Cómo se llama usted? 

—Rosa Chacel. 

—Muy bonito nombre y muy en armonía con 
su fragancia. ¿Qué edad tiene usted? 

— Quince años. 

—Nadie lo diría; representa usted dos más, 
por lo menos. Y en su casa, Rosita, ¿por qué 
motivo no quieren que sea usted artista?... 

—No sé; ¡una manía! Pero esto me tiene des- 
esperada... 

—Pues yo le aconsejo a usted que intente 
convencer a su familia, y si no la convence, 
rebélese usted. 

—Ya lo creo que pienso rebelarme y hasta 
emanciparme si es necesario... Yo no puedo 
vivir sin mi pintura y mi escultura; al fm se 
convencerán mis papas. 

—¿Tiene usted novio? 

213 



ñ L CABALLERO AUDAZ 

Se le puso el rostro seductor encendido como 
la grana; bajó los ojos y sonrió: 

—No, señor...; soy muy joven. 

—De acuerdo; pero la juventud no es obs- 
táculo para el amor. No así la vejez. ¿Pinta us- 
ted también? 

—Sí, señor. 

—Pues le voy a pedir un favor. Le agradece- 
ría mucho me enviara algo pintado por usted, 
en recuerdo de esta visita. ¿Tiene gusto en ello? 

—¡Muchísimo! Se lo prometo. 

Le entregué mi tarjeta y salimos . 

—Hay muchas y muy lindas muchachas en 
esta escuela— le dije a doña Melchora. 

—Sí— me contestó—. Ahora tenemos más de 
trescientas alumnas y abundan las guapas. 

—¿Qué cuesta matricularse aquí? 

—Dos pesetas por grupo o asignatura... Ba- 
ratísimo. 

Llegamos al jardín. Me despedí de mi admi- 
rada amiga doña Melchora. Un grupo nume- 
roso de niñas cantaba dulcemente, con voces 
angelicales y plañideras: 

«Pues siendo tan bella 
no encuentras con quién, 
escoge a quien quieras 
que aquí tienes quién.» 

214 



L^ Q U í: S E P O A^ M _■ 

Los áng-eles en el Cielo no serían más felices 
que aquellas muchachas radiantes de salud y 
de alegría sana. 

Y me alejé pensando que no es tan mala la 
vida como muchos dicen... 



215 




Lector: Henos otra vez en Barcelona, bajo su 
sol primaveral y en sus amplias vías de ciudad 
cosmopolita. Hace algunos meses, al final de 
una crónica, decía yo que no tardaríamos mu- 
cho tiempo en volver a la bella capital orgullo 
de España... Así ha sido... El recuerdo, el gra- 
tísimo recuerdo que dejó en nuestro espíritu la 
anterior visita, nos arrastra al fin a Barcelona. 
Llegamos en una mañana de luz maravillosa. 
En Madrid habíamos dejado a los bomberos y 
a las máscaras liados a brazo partido con la 
nieve, y aquí, en Barcelona, nos estorbaba el 
abrigo y tomábamos los aperitivos en la terra- 
za de la Maison Dorée. Este contraste os ha- 
blará con más elocuencia que mi pluma de 
la transparencia de su cielo, de las caricias 
de su sol y de la dulce temperatura de estos 
días. . . 



217 



EL CABALLERO AUPA 

A Campüay a mí los barceloneses nos aco- 
gieron como a unos antiguos camaradas... ¿Y 
quién dijo que ios catalanes son huraños, adus- 
tos e incomunicativos?. .. Nada de eso. Lo que 
ocurre es que el catalán, que por regla general 
es un gran psicólogo, sabe seleccionar los es- 
píritus en quienes confiarse... Por esto mismo 
sus afectos tienen más valor. 

Nuestro «corro* de la Maison Dorée antes de 
las comidas era numerosísimo... Escritores, 
artistas, comerciantes y políticos que fraterni- 
zaban con nosotros. Allí nos encontrábamos 
tan a gusto como entre nuestros amigos de 
Madrid o de vSevilla o de Málaga. Ser catalán 
en Cataluña, aragonés en Aragón y andaluz 
en Andalucía, no es una virtud: es casi una 
obligación de todo buen español. Aquí y allá 
todo es patria. ¿Qué más da?... 

Contemplaba yo la cabeza de Ignacio Igle- 
sias, y al fin, sin poder callar mi impresión, le 
dije: 

—Estas cabezas tan artísticas, tan bellas, 
sólo existen en Barcelona... ■ 

Iglesias, sentado frente a mí en su modesto 
pisito del paseo de San Juan, al oír esto sonrió 
satisfecho y replicó: 

—Mire, es posible que lleve usted razón. Ro- 

Ql«? 



LO QUE 3 ñ P O ¡^ Mí 

din, el gran escultor francés, cuando estuvo 
aquí hizo la misma observación. 

La cabeza de Ignacio Iglesias, como la de 
Rusiñol, como la de Pompe\'o Gener, parece 
la de un profeta... Sus largos cabellos negros 
3'a comienzan a ser invadidos por hilos platea- 
dos... La expresión de su rostro largo y de tez 
cetrina, poblado de barba negra, es dulce y no- 
ble. Como es muy alto, cuando habla se encor- 
va un poco, como si fuese a tender la mano a 
un niño o a un desvalido. Se expresa con vehe- 
mencia, con apasionamiento. Pronuncia con 
firmeza y su voz es un poco nasal... La prime- 
ra impresión que me produjo Ignacio Iglesias 
fué desagradable... Su altivez y su indiferen- 
cia me ofendían. A los dos minutos habíamos 
rectificado él y 3'0 y nos unía un nexo de pro- 
funda simpatía... 

—Desde sus primeras palabras— le dije— es- 
toy observando que usted es un hombre raro... 

— íEn qué sentido?... 

—No lo sé todavía... Hasta ahora sólo veo 
que no es usted un espíritu corriente. Al final 
de mi conversación le diré si es usted mejor o 
peor que los demás. ¿Usted qué cree?... 

Iglesias meditó un momento mientras se atu- 
saba su barba puntiaguda. Al fin, con un aire 
de franqueza casi infantil, repuso: 

219 



EL CA B ALLERO AUDAZ 

— Hombre, yo no sé lo que soy; no sé clasi- 
ficarme; yo me siento un hombre de bien y pro- 
curo ir a todas partes con mi bandera, que es 
defender al débil. Yo no he podido jamás vivir 
en el marco estrecho de un partido; me ahogo. 
Por ejemplo: yo soy catalanista; pero no acep- 
to esa teoría absurda y estúpida de que los cas- 
tellanos son unos haraganes, ¿eh? Yo, en todo 
español, veo a mi patria, y en Cataluña veo a 
mi madre. Lo m:\s característico en mi espíri- 
tu es el amor humanitario; lo más saliente, el 
sentimiento de la fraternidad; yo siento la ter- 
nura del hombre fuerte ante la contemplación 
de la vida y quiero resolver todas las cosas en 
amor. El dolor y yo nos hemos encontrado 
¡muchas!, muchas veces, y jamás he vuelto el 
rostro ante él; al contrario: donde he presenti- 
do que estaba, allí he acudido presuroso con 
mis consuelos y, aunque no sienta quejarse a 
nadie, siempre voy adonde él me emplaza. 

—He observado que en Barcelona y, sobre 
todo entre los obreros, es usted muy popular; 
lo consideran casi un patriarca. 

—¡Oh, amigo mío!; no hay nada más popu- 
lar que el dolor, 5^ 5-0 vivo entre el pueblo que 
sufre; por eso mi popularidad. 

—¿Nació usted en Barcelona? 

—Sí, señor. 

220 



LO Q U ñ S ñ POR Mi 

—¿A qué edad comenzó usted a escribir? 

— Casi era un niño. Mi padre estaba en Léri- 
da de jefe de depósitos de máquinas del Norte; 
yo estudiaba el bachillerato. Entre los estu- 
diantes dábamos funciones en las cuales yo 
hacía de director, actor y pintor. Y como tenía 
ocasión de estrenar y tenía público, hice un 
drama en tres actos, que se titulaba LaJ'iierxa 
dtl orgullo. 

—¿Gustó? 

—Claro que sí. 

— ¿Cuáatas obras ha escrito usted? 

—Escribir, muchas; no sé; estrenadas, más 
de cincuenta. 

—¿Cuál es la que le ha dado a usted más glo- 
ria y más dinero? 

—Los viejos... Además, me parece a mí que 
es la que más quiero, porque es muy sentida y 
la hice en plena vida, rodeado de todos los 
personajes y viviéndola mientras la escribía. 

Hizo una pausa; después me preguntó: 

—¿Le viven o le han vivido a usted sus pa- 
dres hasta verlos viejos? 

—Mi padre murió a los setenta y cinco años. 

— iAh! Entonces usted lloraría viendo esa 
obra. A mí lo que más me interesa de la vida 
son los viejos y los niños; por su debilidad, por 
su ternura, sobre todo por su ingenuidad. Yo, 

221 



EL CABALLÉ no AUDAZ 

cuando voy por la calle y me tropiezo con un 
ancianito pobre que tiembla mucho y que no 
puede casi arrastrar los pies, siento deseos de 
abrazarle, cogerle en brazos y llevarle adonde 
vaya... Aquí, en Bxircelona, en los viejos pa- 
dres de esta generación mía, se ven cosas di- 
vinas. ¡Qué placidez patriarcal, qué inmensa 
poesía tienen esos rostros rugosos y curtidos; 
qué soberana honradez respiran!... A mí me 
han ocurrido cosas interesantes con los viejos 
del pueblo... Ellos acuden a mi casa en todas 
sus tribulaciones y dudas. 

— ¿Siempre escribió usted eñ catalán?.. . 

—Siempre en catalán. En castellano no me 
atrevo, porque no sabría hacerlo. 

—¿Y ha estudiado usted alguna carrera? 

—No, señor. Mi padre quería que estudiase 
para médico o para ingeniero; pero mi afición 
principal era la pintura, y después, el teatro. 

—Luego entonces, ¿pintaba usted también?... 

—Mucho; pero como los éxitos del teatro son 
más ruidosos y repercuten más que los de la 
pintura, se apoderaron poco a poco de mi va- 
nidad y de mi espíritu. 

—¿Cuál fué la primera obra seria que es- 
trené?... 

—El ángel de barro, que fué un alboroto, y 
a los pocos años, El escuerzo. 

222 



LO Q U t SE POR MI 

— Yo encuentro alg'o de semejanza entre el 
teatro de Dicenta y el de usted. 

—No; yo no veo esto. Aquí, en mayo, cuan- 
do para celebrar la Fiesta del Trabajo se pone 
fiian José, a mí me revienta. Juan José es un 
drama pasional y romántico; pero jamás socia- 
lista. Yo no hago mitin en el teatro. Las cues- 
tiones sociales que toco, procuro resolverlas 
con el amor, jamás con los tiros. A mí me gus- 
ta hacer un teatro heroico, pero en el sentido 
de fortalecer las almas de los hombres para 
luchar y para cantar la vida. Ahora bien: hay 
que tener en cuenta que el escenario no es el 
libro; en el libro se puede decir lo que se quie- 
ra; cuando se escribe para el teatro hay que 
pensar en que aquello lo han de ver los niños. 
El arte teatral es como una mesa bien servida , 
que todos comen según su apetito; quiero de- 
cir, según su cultura. La misión del dramatur- 
go yo entiendo que es: recoger elementos de la 
vida, pasarlos por el crisol de su espíritu y de- 
volverlos al pueblo, haciendo resaltar el bien 
y el mal. Hay algo de misticismo en eso, ¿ver- 
dad?... 

—Verdad—asentí—. ¿Le produce a usted mu- 
cho el teatro?..- 

—Muy poco... ¡No ve usted que no tenemos 
artistas para el teatro catalán! Esto ha venido 

223 



B L CABALLERO AUDAZ 

hasta ahora siendo una especie de conservato- 
rio del teatro castellano. Nuestras obras hacen 
artistas, y estos artistas después nos aban- 
donan. 

—¿Cuántas obras tiene usted traducidas al 
castellano? 

—Seis o siete que me aplaudieron mucho; 
pero no me han pedido ninguna más: se cono- 
ce que no intereso. 

—Del teatro castellano, ¿cuáles son sus obras 
preferidas? 

—El abuelo, Voluntad y Los condeítados. . . 
Me parecen la cúspide teatral... Zos condena- 
dos Xa. he traducido yo al catalán con un entu- 
siasmo, con un cariño, con un amor, como si 
fuera una cosa mía. 

—¿Cuáles son los autores castellanos más 
aplaudidos en Cataluña? 

— hntre los profesionales, entre la gente 
culta, que escribe y que piensa, Bena vente, y 
entre el público en general, el público de cine, 
los Quintero. Yo un día vi un solo acto de Las 
de Cahiy y le digo a usted que me retiré indig- 
nado; yo no comprendo cómo un artista con 
aquellos elementos ha podido hacer un saine- 
te. Vamos, ¡no lo comprendo!... Si aquello es 
una tragedia espantosa. Aquel padre que se 
gana la vida traduciendo, aquel hogar, aque- 

224 



LO QUE SE POR M , 

líos niños... ¡Qué impiedad! El teatro castella- 
no es un poco cruel. Es muy triste ver a un 
público regocijarse durante tres horas con las 
miserias de un hogar y las vicisitudes de un 
semejante, como ocurre con Las de Caín. El 
comediógrafo debe ser escultor de almas, ja- 
más caricaturista de miserias. 

—¿De qué vive usted, Iglesias?... 

—De lo poco que gano en el teatro y de mi 
propia modestia; yo vivo muy modestamente; 
pero no necesito más dinero para mis necesi- 
dades, y jamás escribo con los ojos puestos en 
la taquilla. Yo prefiero que me protesten una 
obra que yo crea buena, a que me aplaudan una 
que sea mala porque la gente crea que es 
buena. 

La sinceridad de Iglesias, su ingenuidad casi 
infantil, su transparencia espiritual, se habían 
ya adueñado de nuestra alma... Caía la tarde 
y salimos a dar un paseo en auto. Por donde 
pasaba el maestro catalán, dejaba un murmu- 
llo de simpatía y de admiración. 



15-v 225 



^ PASTOR 5g[ 



— No, no es herida precisamente— nos expli- 
caba Pastor—: es un bulto enorme que me tie- 
ne frito; la carne se ha roto hasta el mismo 
hueso, por debajo de la piel, que está intacta. 
Es lo que vulgarmente se llama una herida so- 
bre sano; pero que me ha fastidiado bastante. 

—¿Cuántas corridas le ha hecho perder? 

— De Valencia, dos..., y cuatro o cinco más. 

— ¿Usted ha sido poco castigado por los 
toros? 

—Regular..., regular... 

—¿Cuántos percances ha tenido usted? 

—Volteretas, achuchones y palizas me han 
dado infinidad. . . Cogidas de importancia, sólo 
he tenido cuatro, y sobre todo una me ha he- 
cho sufrir por quinientas... ¡Qué barbaridad! 

Y el rostro absurdo y anguloso del simpático 
matador de toros se contraía nerviosamente 

227 



EL CABALLERO AUDAZ 

al rememorar los sufrimientos de aquel per- 
cance . 

Estábamos en el despacho de su casa de la 
calle de Embajadores. . . Presididos por la ca- 
beza imponente de un toro, como ocurre en 
todos los despachos de los astros taurinos. 

Vicente, en mang'as de camisa, nos hablaba 
con una fluidez que antes de tratarlo no creí- 
mos que poseyese. . . Su conversación es agra- 
dable y correcta. Durante ella no comete nin- 
gún barbarismo de esos que se les atribuyen a 
los toreros. . . 

Continuamos: 

—Es que ahora esta gente joven hace que se 
exponga más y que se toree más cerca. ¿No es 
cierto, Vicente? 

— Sí, señor. No son éstos de ahora. Ya cuan- 
do Bombita y Machaco se principió el toreo de 
exposición. Y en los terrenos que se torea hoy 
no se ha toreado nunca. Dígalo usted conmigo. 
¡Nunca! Yo no sé los que vengan detrás de 
nosotros dónde van a torear para oscurecer a 
los lidiadores de hoy... No lo sé. 

— De sus compañeros de ahora, ¿cuál es el 
que le gusta a usted más?... 

— Hombre, cada uno tiene su cosa. Belmon- 
te, la tarde que dice «¡A acercarse!», parece 
que está fabricando el toro; Gallito sabe más y 

228 



LO QUE S t P O Q Mi 

tiene más facultades que ha tenido nadie. Ni 
Guerra ni ninguno supo lo que sabe y hace 
Gallito. Y el Gallo mayor,.. Bueno, cuando 
Rafael sale con el vértigo de lo superior, no 
hay quien le iguale. Entonces a mí me gusta 
más que ninguno. Yo es con el torero que he 
toreado más. Tomamos la alternativa con ocho 
días de diferencia, y, ¡claro!, los dos nos hemos 
colocado al mismo tiempo. 

—Y de los pasados, ¿cuál era su preferido? 

—De los antiguos, Frascuelo era mi hombre, 
y de mis tiempos, Reverte. Yo era revertista. 
No se me ocultaba que Giierrita era más largo 
y sabía un rato más de toros; ¡pero Reverte!... 
Para mí era una sugestión; yo no sé si mi ad- 
miración la producía el torero o el hombre; el 
caso es que yo era capaz de matarme por Re- 
verte. La tan'e que él toreaba yo me colaba 
en la plaza, fuese como fuese. Eso, seguro. Y 
una de mis mayores satisfacciones la recibí 
el día que me presentaron a él. Después estu- 
vimos juntos dos temporadas en el abono . 

—Y Bombita, ¿qué le parecía a usted? 

— ¡Ah! Bombita era valiente como un perro. 

Hubo una pausa, durante la cual encendimos 
un cigarro. Hasta allí llegaba el ruido del fo- 
nógrafo del café de Cascorro. Proseguí pregun- 
tándole: 

2'29 



EL CABALLERO AUDAZ 

—¿Usted nació en estos barrios? 

—Aquí al lado, en la calle de Santiago el 
Verde. 

— -Y esta casa, ¿es de su. propiedad? 

—¡Ojalá! Si le oye a usted el casero, le mata... 
Esos son cuentos... 

—Desde pequeñín, ¿sentía usted afición por 
el toreo? 

— Quiá, no, señor. Yo me crié sin saber lo 
que era eso. Mi oficio era guarnecedor de co- 
ches. Yo ya me vestía un coche a todo lujo... 

Le interrumpí: 

—¿Y le g^ustaba a usted el oficio?... 

— Me gustaba..., hasta que encontré esto, 
que fué mi locura... 

— ¿Y cómo fué encontrarlo? 
, -Verá: por casualidad. Yo tenía los quince 
años cumplidos, y no había visto ninguna co- 
rrida. Un domingo, en vez de ir al colegio de 
las Peñuelas, hice novillos, y me fui a la ba- 
randilla del Prado, que entonces era un sitio 
de juerga para los chicos . Estando yo allí pasó 
el coche de los toreros, y se me ocurrió subir- 
me en el estribo. Así llegué a la plaza. Ya allí, 
sentí muchos deseos de entrar y ver lo que pa- 
saba dentro y por qué gritaba la gente; pero 
¿cómo?... Yo no tenía una gorda. Resolví el 
conflicto subiéndome a una ventana, y ¡a la 

230 



,. o QUE SE POR Mi 

plaza!... Quedé maravillado del espectáculo, y 
en aquel momento me entró la fiebre del toreo. 
Cuando echaron los embolados, yo era el pri- 
mer voluntario que había en el anillo. Allí, 
con mi blusa de trabajo, hice locuras ante los 
embolados. Todo lo que se me ocurría. Y el 
público aplaudiéndome. Recuerdo que aquella 
semana la pasé loco, deseando que llegara el 
domingo para volver. Y así fué. Ese día lle- 
vaba mi capote debajo de la blusa de traba- 
jar... La gente ya me conocía, y pedía que 
me dejasen solo con los toros. Quitaron este 
número de los embolados y lo sustituyeron con 
un becerro que mataría el popular Chico de la 
Blusa. Ese era yo. A todo esto, en mi casa no 
sabían nada de mis aventuras taurinas.,., y, 
claro, no sabían que aquel Chico de la Blusa 
que estaba anunciado en los carteles era el 
chaval de la familia... ¡Cuando se enteraron 
hubo las consiguientes palizas! Mi padre, que 
no era manco, me puso negro. 

— ¿Y cómo quedó usted en aquel becerro? 

—No llegué a matarlo; salió ya de noche. 

—Pero ¿vistió usted el traje de luces? 

—Eso sí; desde por la mañana. El empresa- 
rio me había dicho a mí: «¿Tú eres capaz de 
entendértelas este domingo con un becerro?» 
^¿Con un becerro?— le contesté yo—, jY con 

231 



t L CABALLERO AUDAZ 

un toro!» Conformes en esto, me llevaron a 
una casa de empeño, y allí alquilamos un traje 
de luces que me hacía más pliegues que un 
globo sin aire. 

—¿Cuánto le dieron a usted por esa corrida? 

—Como de propina, quince pesetas. Des- 
pués, el 15 de mayo del 95, o sea a los pocos 
días de esto, tomé parte en una corrida para 
librar a Llavetito de quintas. 

— ¿Y quedó usted bien? 

— Para mí, bastante bien. Al año siguiente 
toreé ya en Madrid con las niñas toreras. 

— ¿Y dejó usted el oficio? 

— No, no. El oficio no lo dejé hasta que pude 
torear aquí formalmente. Yo fui torerillo y 
guarnecedor al mismo tiempo. Toreaba los do- 
mingos, y el lunes, a las ocho, estaba en mi 
taller. Claro que allí era la risión de todos. El 
maleta arriba, el maleta abajo. Todo lo que 
iba ganando en las becerradas y novilladas lo> 
apartaba para librarme de quintas. 

Callamos y encendimos otro cigarro. 

Pastor no había reído en todo el tiempo. 

Contaba las cosas más pintorescas sin ape- 
nas darle importancia; con la misma indiferen- 
cia que da su soberbio pase con la izquierda. 

—¿Cuál es el día de más satisfacción que ha 
tenido usted en el toreo? 

232 



LO QUE SE POR Mi 

—El día de la oreja aquí, en Madrid; y que 
fué con un to^^o de Concha y Sierra. Sin em- 
bargo, le diré a usted que yo ya había tenido 
un día más grande y de mayor satisfacción en 
Barcelona, en una corrida donde me dieron la 
oreja de un toro y las dos del otro. De ahí vino 
esa modita de las dos orejas... Y ya no sé qué 
nos van a dar. 

— Y el día más amargo, ¿cuál ha sido? 

— ¡Uf! He tenido muchos. 

— ¿Le han echado a usted algún toro al 
corral? 

—No; pero han estado próximos, 

— ¿Dónde le gusta a usted más torear? 

— Hombre, aquí, en Madrid... Aquí resulta 
que estoy como en mi casa. 

—¿Y menos? 

— ¡Zaragoza!...— hizo un guiño de terror—. 
A mí no se me olvida que allí le dieron uña 
ovación a un toro que m,e echó mano, y 
cuando vieron que no me había calado, me 
armaron la bronca padre; como si yo hubie- 
ra tenido la culpa de que la cosa no hubiese 
sido grave. Sintieron que no me hubiese des- 
hecho. 

—¿Con qué compañeros le agrada a usted 
más torear?... 

— Con los que veo más seguros. 

235 



JS L CABALLERO AUDAZ 

—Durante la lidia, ¿cuál es para usted el 
momento de más emoción, de más miedo? 

—Miedo se tiene todo el tiempo. Para mí, el 
de matar, «lleg'ando bien>, es el de más cuida- 
do. Yo, desde que sale mi toro, no me pre- 
ocupo más que del momento de matar. Toda 
la lidia me la paso preparándolo y corrigién- 
dole defectos para que llegue suave a la muer- 
te, y, sobre todo, no achuche por el lado de- 
recho . 

—¿Cuántos toros lleva usted matados? 

—Mire usted: llevo una apuntación de todos 
los toros y de todas las corridas, y todavía no 
he hecho la suma, y hasta que termine no pien- 
so hacerla. El día que diga: «Vaya, esto se 
acabó», entonces me enteraré de cuántas fue- 
ron mis víctimas . 

— ¿Y cuándo piensa usted retirarse? 

— ¡Uf! Todavía no se me ha ocurrido esa 
idea. Yo creo que eso no lo sabemos ninguno. 
Eso surge cuando menos se piensa; un mal día, 
un disgusto, cualquier cosa, le decide a uno. 

—¿Cuánto dinero lleva usted ganado? 

—Más de un millón de pesetas. 

Hizo una pausa; después se lamentó: 

—Ahora que ese maldito Tejada, el del Cré- 
dito, me ha puesto en el aire más de noventa y 
cinco mil duros. Veremos si el Crédito se con- 

234 



LO QUE S ñ í> O Q MI 

vence de que a mí el que me ha robado en su 
despacho es el que era apoderado general de 
la casa, y me los paga. 

— ¿Y de casarse, Vicente? 

— De eso no hay nada. El casarse depende 
de «la mar» de cosas. Lo primero es que uno 
se enamore, y yo no lo estoy. De torero, desde 
luego, no me casaré, y si me sintiera enamo- 
rado, me cortaría la coleta en seguida. 

—¿En qué va usted a ocupar el tiempo cuan- 
do se retire? 

—Eso es lo que estoy pensando... ¡Que me 
voy a aburrir «un rato»!... 

—Después de los toros, ¿cuál es su afición 
favorita? 

—El billar me entretiene. 

— Los toros, ¿de qué ganadería le gustan a 
usted más? 

— Ese es un problema difícil . Los hay que 
tienen fama de rosquillas, y son chacales. No 
sé..., no sé. 

—¿Es usted supersticioso? 

—¡Oh! No. A mí me importan poco todas 
esas cosas... 

Nos pusimos de pie. Y... 

-Una última pregunta, Vicente. Se dice por 
ahí que en la próxima temporada le veremos 
en Madrid torear. ¿Es cierto? 

235 



e L CABALLEJO AUDAZ 

—Yo no sé nada. A mí no me han dicho pa- 
labra. Yo estoy donde estaba, y por muy gran- 
des que sean mis deseos de torear en Madrid, 
no me moveré de mi sitio. Si a mí se dirige di- 
rectamente la Empresa, ya sabe que me en- 
cuentra... Y nada más. 



236 



índice 



índice 



Páginas 

Pastora, la apasionada 7 

Manuel Linares Rivas 19 

María Gámcz 29 

José' Francés 39 

Los curas pobres 51 

Eduardo Marquina 65 

Los remeros vascos 75 

Erncsio Vilches 89 

El maestro Morera 99 

El demonio en Montserrat 107 

Eduardo Zamacois 119 

La guerra vista por nuestros estrategas. Un 

general incógnito 131 

Pompeyo Gencr 143 

Peíit-sou 153 

El Conde de Güell 163 

La artista de la Macarena 171 

El maestro Serrano 183 

El caballero del sombrero de paja 195 

La Escuela del Hogar 205 

Ignacio Iglesias 217 

Vicente Pastor 227 



LO QUE SÉ POR MI 

(CONFESIONES DEL SIGLO) 

ÍNDICE DE LOS- TOMOS PUBLICADOJ" 



índice de la primera serie. 



Pérez Galdós. 

La infanta Isabel. 

Maura. 

Cavia. 

Pepito Arrióla. 

Don Jaime de Borbón. 

María Guerrero y Fernando 

Díaz de Mendoza. 
Dicenta. 
Palacio Valdés. 



Borras. 

Unamuno. 

Condesa de Pardo^Bazán. 

Manolo Bueno. 

«Azorín». 

Vives. 

Pío Baroja . 

Duquesa de Canalejas. 

En el barrio Cañi. 

Bombita. 



índice de la segunda serie. 



Bcnavcntc. 

LaXirgu. 

Valle-lnclán. 

Tallaví. 

Los príncipes de Kapurlala. 



Quimera. 

Luca de Tena. 

El sultán Muley Haffid. 

La Pérez de Vargas. 

Blasco Ibáñez. 



Uatmr, el multimillona- 
rio. 
Ricardo León. 
Onofroff, el fascinador. 



García Alvareí 

Anselmi. 

En el hogar de la locura 

Belmonte. 



Índice de la tercera serie. 



Echegaray. 

Hermanos Quintero. 

Tórtola Valencia. 

E! ex sultán Abd el-Azís. 

Felipe Trigo. 

Francisco Morano. 

La reina de los gitanos ru- 
sos. 

El maestro Bretón. 

Su majestad <^E\ rey de los 
ladrones>. 



Nieves Suárez. 
La Biblioteca Nacional. 
Enrique Gómez Carrillo. 
Carlos Arniches. 
Ramón Peña. 

Consuelito, la fascinadora. 
Don José Francos Rodríguez. 
E! Rdo. P. Zacarías Martí- 
nez. 
Los liliputienses. 
Gaona. 



Índice de la cuarta serie. 



María Palou. 
Emilio Tiiuiilier. 
Eugenio Sclle's. 
Ochoa, el luchador. 
Santiago Rusiñol. 
«La Argeniinita». 
Emilio Carrere. 
Raquel Meller. 
Méndez Alanís. 
Loreto Prado y Enrique Chi- 
cote. 



Antonio de Hoyos y Vinenl. 

Rafaela Abadía. 

Gregorio Martínez Sierra. 

Huertas, el ex presidente. 

Juan Manen. 

Entre héroes inválidos. 

Un ladrón de guante blanco. 

Jacinto Octavio Picón. 

«El Caballero Audaz> y José 

María Carretero. 
Joselito. 



índice da la quinta serie. 



Pastora, la apasionada. 

Linares Rlvas. 

María Gám?z. 

José Francés. 

Los curas pobres. 

Eduardo Marquina. 

Los peineros vascos. 

Ernesto Vilches. 

El maestro Morera. 

El demonio en Montserrat. 

Eduardo Zamacois. 

La guerra vista por nuestros 



estrategas. (Un general in- 
cógnito.) 

Pompeyo Gener. 

Peiii sou. 

El Conde de GUelI. 

La artista de la Macarena. 

El maestro Serrano. 

El caballero del sombrero de 
paia. 

La Escuela del Hogar. 

Ignacio iglesias. 

Vicente Pastor. 



índice de la sexta serie. 



julita Fons. 

La remonta militar de Jabal- 
quinto. 

Ortega Munilla. 

La Goya. 

La caridad madrileña. 

Torres-Quevedo. 

Rosario Pino. 

Pérez Zúñiga, 

El gigante Vendécn y el ena- 
no «Don Paquito». 



El maestro Vilb. 

«Gioconda>. 

Antonio Zozaya. 

Natalio Rivas. 

Emérita Esparza. 

El dolor de la Infancia. 

Los pasos de un baila- 
rín o la danza de la 
muerte. 

El joven «Süvela». 

Gallo. 



índice de la séptima serie. 



María Barricnios. 
El maestro Arbós. 
José Santiago. 



ConaucU) Hidalgo. 

El barón de San M<ilflto 

El doctor Slocker. 



María Esparza . 
Alejandro Lerroux. 
Rosa Rodrigo. 
Don Tomás Luccno. 
Matilde Moreno. 
Jaime Pahissa. 
Guyta Real. 



Eugenio d'Ors. 
Ramón Pe'rez de Ayala. 
El presidente caído. 
Pepe Moncayo. 
Cambó. 
Carpió. 



índice de la octava serie. 



Pablo Iglesias 

María Fernanda Ladrón de 

Guevara. 
El Marqués de Cabriñana. 
Adela Carboné. 
Antonio Casero. 
Titta Ruffo. 
Sofía Casanova. 
Salvador Rueda. 
Tilto Schipa. 



Irene López Hercdia. 

Felipe Sassone. 

Alfonso Costa. 

Carmcncifa Jiménez. 

El Marqués de Villaviciosa 

de Asturias. 
Pedro Muñoz Seca. 
Amalia Isaura. 
José R. Carracido. 
«La Argentinita». 



índice de la novena serie. 



Genoveva Vix. 

Indalecio Prieto. 

Anita Martos. 

Arturo Rubinstein 

Concha Espina. 

Casimiro Ortas. 

Martínez Anido. 

Ángel Lancho. 

Rafaelita Haro. 

El actor Bonafé. 

Julián Besteiro. 

Un rey negro muy civilizado 



Carmencha Moragas. 
Una visita al Hospital Pro- 
vincial. 
El doctor Recasens. 
El formidable Jak Johnson. 
El maestro Pérez Casas. 
Apeles Mestres. 
Dionisio Pérez. 
El doctor Navarro Cánovas 
Don Manuel Saralegui. 
Miguel Otamendi. 
¡¡Los pobres vergonzantes!. 



índice de la décima y última serie. 



Prólogo: Las cosas que un 

español audaz ha oído. 
Sara Bernhardt. 
Antonio Fernández Bordas. 
Esperanza Iris. 
Luis de Tapia. 
Luisa Pucliol. 
El maestro Luna. 
Pedro Mata. 
Angelita Vilar. 
El pianista Saüer. 



«La Goya>. 

El anarquista Malheu. 

El coronel Castro Girona, 
heroico soldado de España 

Don Eduardo Maristany. 

Los dos mosqueteros.— Pri- 
mera parle: GómezCarrillo 

Los dos mosqueteros.— Se- 
gunda parle: Benigno Vá- 
rela. 

Don Santiago RamónyCajal. 



OBRAS 

DE 

"EL CABALLERO AUDAZ" 

EDITADAS POR «MUNDO LATINO» 



Desamor (novela). 

La virgen desnuda (novela). 

La bien pagada (novela). 

La sin ventura (novela). 

Hombre de amor (novela). 

Un hombre extraño (novela). 

En carne viva (novela). 

El divino pecado (novela). 

Con el pie en el corazón (novela). 

De pecado en pecado (novelas). 

Lo que sé por mí (diez series de interviús, en diez 

volúmenes). 
El libro de los toreros. 
El pozo de las pasiones (cuentos). 
Emocionario.— Almas y paisajes. 

Pi^ÓXlMAS A PUBLICARSE 

El jefe político (novela). 

La Dolorosa de todos los pecados (novela). 

Horas de la Corte. (Ambientes. Con ilustraciones 

de Ribas, Penagos, Ochoa 3' Riquer. 
Vírgenes y cortesanas (novelas). 









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